La romería de San Isidro de Goya

La romería de San Isidro de Goya

   Imposible estar en Europa e ignorar a los fantasmas. Sobre todo lo que asolaban el viejo continente a finales de la década de 1930. El escritor venezolano Mariano Picón-Salas dejó constancia, en su libro Europa-América, preguntas a la esfinge de la cultura, de aquellas sombras y terrores sulfurados por los nacionalismos de entonces. Decir que este libro representa quizás una de las meditaciones más densas de las identidades de la Europa en víspera de la Segunda Guerra Mundial, no representa ningún riesgo.

   En 1937 Picón Salas pasó por Italia, Francia, Alemania, Austria y España; bastaron solos meses para que captase el pandemónium en el tenso silencio del viajero. Al examinar la tierra de Cervantes sometida por el general Francisco Franco a partir de octubre de 1936, el ensayista criollo captó un ruido ensordecedor. Pensó que aquel ruido era un misterioso tambor que venía de muy lejos.

   En unos de sus pasajes, escribe: «“¿Qué estará haciendo, qué debe hacer España?”, nos preguntábamos los que la amamos, y he aquí que el artista ofrecía una respuesta que si no era la más actual, parecía la más profunda: “España está haciendo una gran eliminación de fantasmas”, nos dicen los dibujos de Picasso». El maestro trujillano vio en el trazado surrealista de Pablo Picasso el atajo perfecto para comprender la tensa y distorsionada conciencia de aquella nación.

   En Sueño y mentira de Franco ‒1937‒ se revela el espíritu del ser español en manos del autócrata: la distorsión del personalismo sangriento, la bestialidad del fusil, el tambaleo de las formas, el suplicio de la dignidad humana, el berrinche del toro en la plazoleta sangrienta, la caricatura del gendarme solitario, la huida de la razón, el aterrizaje de la pesadilla. Picasso, según el venezolano, “revela y conjura a la vez”. No podría ser más exacto: es el epigrama de una época desatinada, llena de apariciones y engendros.

   Un siglo antes, Francisco de Goya hizo la misma catarsis: exteriorizar y sublimar los horrores que produjo el choque abismal entre la República y el Ancien Régime. Por un lado los 80 grabados reunidos con el titulo de Los Caprichos ‒1797-1798‒ y, por el otro, las Pinturas Negras ‒1819-1823‒. Goya abona las semillas de la sátira universal, de eso que él denominó en el famoso mensaje «el sueño de la razón produce monstruos». El torbellino de la historia fue conjurado por el madrileño sin desparpajo, provocando frontalmente la ira de la Inquisición.

   Pero he allí el meollo del asunto: el arte debe sublimar, lo mejor y lo peor, sorteando toda moralidad aparente, la crisis del hombre y su circunstancia. Y lo que padecía Goya era el miedo y la tortura, el poder y su garrote, el Júpiter tragándose a su bellaco, el mito confabulándose a sí mismo, el hombre perdido entre los coros de brujas y las consignas de «libertad, igualdad y fraternidad». España, la que apenas se movía en su largo letargo medieval, expurgaba así sus espectros; Goya solo fue el dedo en el gatillo: la conciencia de una edad.

   Intuyo que cada época debe tener sus conjuradores. A veces pienso que sin ellos el destino sería más borroso de lo que es. De cómo España pudo parir a dos hombres como Goya y Picasso son cosas que no vienen al caso. Siguiendo las huellas de Borges, esta relación que por histórica no deja de ser enigmática, tiene un sentido ilusorio. Porque en realidad, ¿no somos nosotros parte de una pesadilla sin freno? ¿Qué es la historia del hombre sino un festín del poder y el deseo? Hoy por hoy, seguimos siendo el miedo y aún no terminamos de aceptarlo.

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