Descanso (y tregua) durante el rodaje de Aguirre, la cólera de Dios (1972)

Descanso (y tregua) durante el rodaje de Aguirre, la cólera de Dios (1972)

   Cuentan que cuando unos de periodistas insensatos le pidieron a Werner Herzog (Múnich, 1942) que expusiese el temario ideal de un cursillo universitario sobre cine impartido por un «director como él», éste les confesó, mientras intentaba alcanzar algo molesto dentro de una de sus fosas nasales, que no pensaba hacer tal cosa. Que en todo caso, abandonaría a sus alumnos en una punta de Europa, sin dinero, ni víveres, sólo con una libreta con «algo» para escribir, y les citaría, mes y medio después, a unos mil quinientos kilómetros, para aprobar sólo a los que llegasen a tiempo con todas las hojas repletas de textos y dibujos; «…porque esa era la mejor lección de cine que pueden aprender».

   Todos los periodistas rieron antes semejante ocurrencia, por lo menos hasta percatarse de que Herzog seguía como si nada, observando en la uña de su índice aquello que había estado importunando sus reflexiones.

   Porque no me estoy refiriendo a otro, que no sea quien encañonó con un revolver a Klaus Kinski (Sopot,1926) ‒fetiche de actores fetiche‒, durante el rodaje de Aguirre, la cólera de Dios, para que entrase en campo mientras el mismo Herzog filmaba con un ojo en cada objetivo: «Vamos, hijo de puta, haz tu parte o te dejo seco».

   Por lo visto, aquel sí fue un rodaje infernal, con mosquitos como camarones. El mismo Klaus Kinski, alguien tan despiadado como la producción en sí, pegaba voces en mitad de la selva porque nadie se había acordado de echarle coñac en su café matutino, mientras el equipo de producción intentaba salvar, en vano, a un cámara con una mordedura de serpiente en los genitales, por orinar descuidadamente en la maleza; de ahí que Herzog tuviese que hacer de cámara y «encañonar» a Kinski el resto del rodaje.

   Hasta que el director amartilló el revolver, Kinski no se puso ese casco, que, en vez de el de un conquistador español, parecía un cascote. «Venga, tienes una toma o te meto una bala en la sesera»; se habían quedado sin rollo por los continuos enfados y sabotajes de Kinski.

   Esa misma noche, se emborracharon sólo Dios sabe con qué, y luego, cuando Kinski descubrió que la pólvora de las balas estaba húmeda, se dieron una paliza monumental hasta quedar tan amigos.

   Casi tanto como lo eran John Huston y Humphrey Bogart. Los únicos del rodaje de La reina de África que no enfermaron por culpa de la disentería; por lo visto, el agua contenida en los bidones de producción empezó a corromperse. Más que nada, porque ambos llevaban semanas sin beber otra cosa que no fuese whisky sin hielo, mientras, entre toma y toma, planeaban escaparse a cazar elefantes.

   Esto evidencia, que toda gran película ha sido concebida a partir de otra, en cuyos planos sólo hay sitio para una toma: «¡Venga o te mato!».

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