Marilyn Monroe con Billy Wilder

Marilyn Monroe con Billy Wilder

   Some like it hot (Con faldas y a lo loco, 1959) fue filmada en blanco y negro, pese a que pudo haberse rodado en color, porque así lo quisieron Jack Lemmon y Tony Curtis; temerosos de que la intensidad cromática del maquillaje, con el que debían travestirse, manchase con una nota tan estridente como indeleble el resto de sus carreras interpretativas.

   Billy Wilder, que no pudo hacerles cambiar de opinión (ni a ellos ni a sus managers), tuvo que convencer a Marilyn Monroe de que pasase por alto la cláusula de su contrato (con United Artists) que especificaba que, a partir de ese momento, la actriz sólo actuaría en películas a todo color:

   «…pero si es mucho mejor para ti. ¿Te das cuenta de que el único color que va a ver el público en toda la película es tu rubio fabuloso? Serás la auténtica protagonista: la rubia más famosa de la historia del cine… mundial» –Marilyn dudó–: «¿Pero Bill, cómo demonios van a ver el color de mi pelo si es en blanco y negro? ¿Es que acaso te crees que todas las rubias somos tontas?». «No cariño, el blanco está muy cerca de la luminosidad que tiene tu pelo. El mismo brillo del oro puro o cualquier tiara de diamantes» –Wilder conocía la adicción de la actriz por Tiffany’s–. Eso gustó a Marilyn, que, aun así, tuvo que escuchar: «Nadie verá otro color que no sea el tuyo y, justo por eso, toda la luz estará en ti. Si la película se ve como un terruño ceniciento, o incluso como el cielo encapotado de Chicago, tú serás el Sol que vuelve dorada la hierba en cualquier parte».

   «Oh, Bill, que cosas tan bonitas me dices».

   Billy Wilder –lejos del canon establecido por los galanes de la época como Gary Cooper (antiguo conductor de autobús, en cuya puerta del camerino las chicas hacían cola para encamarse con él, como si fuera la parada del cincuenta y nueve)–, era poco más alto que un jockey interpretado por Mickey Rooney –se daban un aire–. Además, se estaba quedando calvo desde antes de los treinta, y el sol de California nunca quiso a su piel. Sin embargo, tenía algo idóneo para hacer el «otro trabajo» que todo director, que lidie con megaestrellas, debe hacer bien: pico de oro.

   Parte de su brillo, en aquel Hollywood de los cincuenta y sesenta, partía –aunque a veces no lo consiguiera– de: seducir a los actores, torear las exigencias de sus managers, apaciguar a los sponsors, convencer a los productores y hasta de hablar de béisbol con el entonces marido de Marilyn Monroe, Joe DiMaggio (siempre con la mosca detrás de la oreja); todo lo necesario para que le dejasen hacer su trabajo tal y como él necesitaba.

Marilyn Monroe en uno de sus descapotables

Marilyn Monroe en uno de sus descapotables

   Así que, por fin, unas cuantas ráfagas de halagos cuerpo a cuerpo más tarde, Marilyn cedió y empezaron a rodar; lo que no significaba que las cosas fuesen a ponerse más fáciles:

   Al segundo día de rodaje, «la protagonista» ya llegaba dos horas tarde; eso después de haber necesitado casi setenta tomas para decir una frase el primer día.

   «Maldita sea Bill, todo el mundo está listo desde hace horas y esta tipa no aparece» –le dijo su ayudante de dirección–.

   Ocho horas después, todo seguía listo y el mismo ayudante le dijo: «Maldita sea Bill, hasta mi abuela llegaría a punto para el rodaje si le pagasen lo que le pagan a ella». «¿Y quién diablos quiere ver a tu abuela?» –dijo Wilder, que empezaba a estar cabreado; pese a que no era alguien fácil de cabrear–.

   Cuentan que, en ese instante, oyeron el chirrido de los frenos del chrysler blanco descapotable del que bajó Marilyn; casi lo había incrustado en el set de rodaje y estaba visiblemente ebria –solía rellenar la aceituna de los martinis con barbitúricos a la mínima contrariedad–.

   Al verlos, sonrió y dijo algo así: ¡Ups, creo que llego un poco tarde!

   «Maldita sea Bill…».

   «¡Qué te calles!».

   Wilder sabía que era infructuoso discutir con Marilyn.

   Para empezar, porque cuando llevaba medio centenar de tomas y le pedía más atención sin todo el tacto necesario, ésta empezaba a llorar y había que maquillarle de nuevo. Eso, si no se encerraba en alguna parte, obligándoles a estar dos horas más de recaditos con su asistente personal; una mujer controladora posesiva e intratable.

   Pese a todo, Wilder sabía que era muy posible que Marilyn necesitase ochenta tomas, pero que, a la ochenta y una, era capaz de insuflarle ese destello natural y espontáneo que hay en muy pocos interpretes; casi siempre en los menos profesionales.

   Quizá, fue por eso que siempre se abstuvo de someterla a alguna de sus pequeñas torturas psicológicas; como hacía con Cary Grant, cada vez que lo invitaba con su mujer a cenar y el actor le preguntaba por el precio de algo de la casa de Wilder –cosa que no podía evitar porque era muy tacaño–. Entonces Wilder, tras esperar unos segundos, le decía: ¿Esto? y rebajaba un tercio lo que le había costado.

   «Maldita sea Betsy, Bill dice que ha pagado cincuenta dólares menos por el mismo diván que me hiciste comprar la semana pasada».

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