George Lois junto a Don Draper (interpretado por Jon Hamm)

George Lois junto a Don Draper (interpretado por Jon Hamm)

   Pablo Picasso, «pintor francés nacido en España» –según el diccionario Larousse–, dijo: «La inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando», y, aunque no le faltaba razón, no siempre es así.

   George Lois, ese judío «loco» progenitor del Fire Advertising en el Nueva York retratado, con más o menos acierto, en la serie Mad Men –parece ser que Don Draper está inspirado en él–, cuenta que, en todos los retretes de la primera agencia en la que trabajó, había un lapicerito atado a cada rollo del papel higiénico; como era un tipo listo, no tuvo que preguntar para qué lo habían puesto en un sitio tan inusual –seguro que Quevedo también lo habría pillado al instante–.

   Contaba Gabriel García Márquez, que, tras casi una hora conduciendo con toda la familia para pasar unas semanas de vacaciones, tuvo que dar un volantazo para no atropellar las primeras frases de Cien años de soledad. Evidentemente –¿quién iba a hacer otra cosa?–, dio media vuelta y todos tuvieron que pasar las vacaciones en casa:

   ‒¿ Paro Mamá, qué le has dicho a papá?

   ‒Nada, ya sabes cómo se pone cuando le da por hacerse murmuraciones.

   Semejante obra no le vino dada por un fogonazo creativo, pero sí el germen y parte del ímpetu para convertirlo en una novela.

   A este meteorito, se le conoce como materia incandescente y es el resultado de que nuestro cerebro no deja de trabajar en ningún momento, manteniendo un flujo constante de conexiones entre el pensamiento consciente y subconsciente; porque, a partir de los miles de residuos que han dejado: imágenes, películas, poemas, libros, cómics, spots, juegos, anécdotas, vivencias –nuestras o ajenas–…, se ha ido amontonando una «yesca» que conforma nuestro imaginario personal –consciente y subconsciente–, y cualquier estímulo, en cualquier momento –no voy a citar a Proust–, puede ser la chispa que lo prenda.

Mi breve testamento improvisado con total descargo de culpa

Mi breve testamento improvisado con total descargo de culpa

   Todo creativo ha experimentado la euforia que se desencadena al manosearlo, que equivale a que te premien antes de que hayas hecho algo para merecerlo; porque, por muy fabuloso que sea lo que se te ha ocurrido de repente, aún es sólo «otra buena idea», nada más.

   No quiero que se malinterprete: entre usar de forma cotidiana el último trozo de papel higiénico o emplearlo para anotar una de esas ideas, siempre elijo la menos pedestre de las dos opciones; péseme lo que pese. Eso no quita, que no ignoro cuánto hay que desconfiar de todo proceso en el que esté implicada la euforia –por mucho tiempo que lleves «estreñido»–.

   Siempre hay, claro, quien legitima este estado como la esencia de la creatividad y son capaces de validar algo sólo porque es fiel a la idea original (por origen); casi siempre son los mismos que se olvidan de que las propiedades más útiles e interesantes aparecen justo cuando enfriamos esta materia para, al contrario que ocurre con otros elementos incandescentes, se vuelva maleable y posible.

Comentarios

comentarios