La inmortalidad de Xavier Mellery

La inmortalidad de Xavier Mellery

   La crítica al empirismo de Schopenhauer o la obra de Freud, son algunos de los pilares ideológicos y filosóficos sobre los que asienta el simbolismo. Esta corriente que tuvo su origen en Francia a finales del s. XIX, abundó en la irracionalidad, el subjetivismo, el mundo sobrenatural o lo mistérico. Se pretendía trascender la naturaleza y sus elementos para conectar con otras realidades distintas y ocultas, no demostrables desde las perspectivas cienticifistas tan en boga en aquel tiempo. En el Manifiesto Simbolista, del que reproduzco un breve fragmento, el poeta griego Jean Moréas, ya deja claras las intenciones del movimiento:

   «Así, en este arte, los cuadros de la naturaleza, las acciones de los hombres, todos los fenómenos concretos no sabrían manifestarse ellos mismos: son simples apariencias sensibles destinadas a representar sus afinidades esotéricas con Ideas primordiales. […] Para la traducción exacta de su síntesis, el simbolismo necesita un estilo arquetípico y complejo: limpios vocablos, el período que se apuntala alternando con el período de los desfallecimientos ondulantes, los pleonasmos significativos, las misteriosas elipses, el anacoluto en suspenso, tropo audaz y multiforme».

   El simbolismo surgió como una reacción al realismo imperante, acogiéndose a un nuevo lenguaje, cargado de alegorías y referencias mitológicas, y configurando una nueva estética exuberante, ornamentada y sensual. Se ha propuesto que la obra simbolista es una ventana a través de la cual el espectador se asoma al interior del artista, donde residen sus obsesiones o temores. Entre los tópicos principales del movimiento, no es de extrañar que los más diversos tratamientos del tema de la muerte, encontrasen un lugar preferencial.

Las horas de Xavier Mellery

Las horas de Xavier Mellery

   En numerosas ocasiones, los artistas representaron personificaciones de la muerte. El pintor belga Xavier Mellery fue uno de ellos. Sus obras más intimistas sirvieron de inspiración para el arte críptico y hermético de otro gran pintor simbolista, Fernand Khnopff, pero nosotros en este caso nos centraremos en sus murales alegóricos, La Inmortalidad (sin fecha) y Las horas (sin fecha). En ellos parece hacer hincapié en la vertiente cronológica del fin de la existencia, sin abundar en lo cruento o lo terrorífico. Las horas es un excelente ejemplo gráfico de memento mori finisecular, mientras que La inmortalidad parece ilustrar una suerte de negociación por la vida eterna con la mismísima Parca.

   Arnold Böcklin, nos muestra una visión terrible en La peste (1898) y en los dos cuadros denominados La guerra (1896), en los que encontramos evidentes referencias apocalípticas. Félicien Rops, estrecho colaborador de Baudelaire, en cambio opta por una inquietante representación, cadavérica y femenina al tiempo, en La muerte en el baile (1865-1875). Parece querer evidenciar la impredecibilidad de nuestro fin, que puede acaecer en cualquier momento, incluso en mitad de una celebración.

La muerte de Jacek Malczewski

La muerte de Jacek Malczewski

   Con un estilo y un mensaje radicalmente distintos, el pintor polaco Malczewski, trató ampliamente el tema que nos ocupa en sus cuadros. Sus encarnaciones de la muerte, suelen ser mujeres con guadaña, de contundente belleza eslava, serenas y en ocasiones aladas. En contextos tranquilos e idealizados, parecen consolar o incluso liberar a quienes la reciben, como vemos en los dos cuadros titulados La muerte (1902 y 1911). En otras ocasiones, atraen o esperan al hombre con quien han de unirse, como en Thanatos (1898-99) y Thanatos I (1898). En una linea conceptual similar, encontramos La copa de la muerte (1885) de Elihu Vedder, en la que un ángel – esta vez masculino -, es quien favorece el tránsito. Este artista neoyorquino, ilustró una versión de las Rubayyats de Omar Khayyam. Carlos Schwabe, pintor suizo-alemán bastante ocupado con temas religioso y femeninos, nos ofrece también una muerte bellísima, elegante y mayestática en su obra La muerte del sepulturero (1895-1900).

Júpiter y Sémele de Gustave Moreau

Júpiter y Sémele de Gustave Moreau

   Los pintores simbolistas no siempre se valieron de representaciones o personificaciones de la muerte, también trataron la cuestión desde otra perspectiva o como trasfondo de otro tema. Gustave Moreau en sus obras de inconfundible gusto decadente y temática mitológica, como Júpiter y Sémele (1894-1896) o La esfinge (1886), nos ofrece composiciones muy abigarradas y en el que en ocasiones, las anatomías de los finados son parte estructural de la composición. En el primero de los dos cuadros citados, se interpreta un mito clásico según el cual, Sémele – una amante mortal del dios de dioses -, ruega a la deidad que se muestre en todo su esplendor. Las curiosa humana terminará por arder bajo su fuego y sus rayos. Resulta evidente la influencia del arte bizantino y oriental en esta obra. En el otro lienzo, se puede ver un fuerte contraste entre la esfinge, hierática y en reposo, con una mirada un tanto alucinada, frente a los restos de sus víctimas contorsionados y acentuando la verticalidad de la pintura.

   En la inquietante producción de Alfred Kubin, aunque la muerte no es un tema principal – el grueso de su obra orbita en torno la sexualidad y una enrevesada concepción de lo femenino -, si que encontramos algunos ejemplos en los que sirve de siniestro background como en Nuestra madre de todos, la Tierra (1901-1902), donde el siniestro personaje que representa al espíritu del planeta, no deja tras de sí más que calaveras.

La isla de los muertos de Arnold Böcklin

La isla de los muertos de Arnold Böcklin

     El ya nombrado Böcklin, recibió el encargo de una joven viuda de pintar un «cuadro para soñar», tras la muerte de su esposo. La obra, que tuvo hasta cinco versiones, – de las que se conservan cuatro, pues la de 1884 fue destruida durante la 2ª Guerra Mundial -, se denominó en principio Un lugar tranquilo, pero finalmente acabó por ser conocida como La isla de los muertos (1880, 1880, 1883, 1884, 1886). Ferdinand Keller, declarado admirador de la obra de Böcklin, le homenajeó en su obra Tumba de Böcklin (1901-1902), con un estilo deudor del de su maestro. En esta composiciones prima la faceta sagrada y espiritual del paso hacia el Mas Allá. El cortejo fúnebre de Flor cortada, (c. 1896-1902) de Giuseppe Pelliza da Volpedo, nos ofrece una mirada con una curiosa perspectiva en este mismo sentido.

Ophelia de John Everett-Millais

Ophelia de John Everett-Millais

   De particular belleza es la célebre Ophelia (1852) de Everett-Millais, en el que la preciosa muchacha inerte y arrastrada por la corriente, parece que en cualquier momento va a regresar a la vida. De un modo más metafórico y seguramente abierto a otras interpretaciones, el concepto del fin de la existencia, parece relevarse en la imagen otoñal y crepuscular de Hojas de otoño (1856) de este mismo artista. Su amigo, Dante Gabriel Rosetti, quiso dedicar a su difunta amada, Elizabeth Siddal la obra titulada Beata Beatrix (1863), queriendo establecer una analogía entre él y el escritor de la Divina Comedia, cuyo nombre compartía, y su gran amor y el del poeta, Beatrice. En ella, Elizabeth-Beatrice aparece en un estado de trance, recibiendo de un pájaro rojo – al parecer una representación del Espíritu Santo -, la flor de la adormidera. Siddal se suicidó tomando una sobredosis de láudano, un derivado del opio.

   Tras este pequeño recorrido por tan tenebrosos senderos, quitemos un poco hierro al asunto y regalémonos esta pequeña joya de mediados de los 70.

Comentarios

comentarios