Joyce virtual

Joyce virtual

   Hace unos días, al hablar de los libros cuya lectura más se abandona, comentaba que el Ulises de Joyce ha sido una de las poquísimas novelas que que he tenido que dejar sin terminar, seguramente porque traté de leerla demasiado pronto y su oscuridad me intimidó tanto que años después aún no he sido capaz de retomarla. No en vano, el libro que es considerado por una buena parte de la crítica como una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX, es también, por muchos motivos, una de las más complejas. O, al menos, así había sido hasta ahora. El cineasta y animador irlandés Eoghan Kidney ha puesto en marcha una campaña de crowdfunding para desarrollar un programa capaz de facilitar la lectura del tan temido e idolatrado Ulises.

   Se trata de un software híbrido de libro y videojuego que, con ayuda de las las gafas Oculus Rift, crea el mundo virtual del libro de Joyce y permite al lector entrar literalmente en él. Según Kidney, el lector podrá convertirse en un personaje más de la novela, moverse por los ambientes del libro, escuchar las conversaciones y los pensamientos de los personajes ‒a través de una locución‒ y detenerse en cualquier momento para desentrañar cualquier pasaje a través de anotaciones, imágenes y enlaces. En definitiva, total libertad, más allá de la linealidad de la lectura tradicional, para explorar el mundo que Joyce creó con palabras.

   De momento solo se ha trabajado con una versión de prueba con un solo capitulo del Ulises, pero Kidney cuenta con que el concepto pueda aplicarse al libro entero y a muchos otros libros, algo que parece que podrá salir adelante, teniendo en cuenta que el crowdfunding acaba en unas horas y Kidney ya ha conseguido los 4.000 euros que se fijó como objetivo.

   Para ir abriendo boca Kidney ha preparado un vídeo como presentación de su campaña. La verdad es que ni el vídeo resulta lo suficientemente esclarecedor ni 4.000 euros parecen suficientes para un objetivo tan ambicioso, pero hay que admitir que la idea de acompañar in situ a Leopold Bloom y a Stephen Dedalus por el Dublín de 1904 no deja de tener su encanto.

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