Jesse Owens

Jesse Owens

   Ocurrió sobre el año 1920. Un tipo normal, con principios sólidos, vegetariano, deportista y amante del arte se volvió completamente loco. Habría pensar en qué puñetas le pasó por aquél entonces para darle por querer conquistar Europa por la fuerza y usar lo que él denominó razas inferiores como motor de arranque de su dictadura. El tipo seguro que os suena de algo, se llamaba Adolf Hitler, y fue el que abrió los juegos Olímpicos en Berlín 1936.

   Hay que destacar que para 1936 todo el mundo sabía de qué pie calzaba Hitler, y su poco aprecio ‒por decir algo‒ a la gente de color. Eso, a Jesse Owens no pareció importarle demasiado, y tras una carrera de éxito en Estados Unidos saltó a Europa con los Juegos Olímpicos. No deja de resultar curioso que un atleta de origen afroamericano fuese tratado mejor en el Tercer Reich que en su país. Durante su estancia en Alemania para los Juegos Jesse disfrutó de las comodidades de cualquier blanco: podía montar en los transportes públicos, coger un taxi, dormir en el mismo hotel que los blancos e incluso comer junto a ellos en los restaurantes. Algo que por aquél entonces no podía hacer en EEUU.

   El caso que nos atañe en este artículo es la reacción muda de Hitler al ver competir a Jesse y a otros corredores con ascendencia africana. Y más aún tener que hacer entrega de las medallas. Era de todos conocido que el canciller no quería negros en su país ‒al menos no libres y con derechos‒ pero se vio obligado al albergar los Juegos, y miles de personas de color llenaron durante unos días Berlín.

   Hay quien dice «¿Pero es que no sabía esta gente el peligro que corrían?». Porque en ese momento Alemania estaba en tensión. Por un lado estaba el gobierno ‒Hitler‒, la autoridad, un régimen que impulsaba el odio racial hacia todo aquél que no fuese de origen germano. Por otro estaba la masa de gente estilo hooligans que, empujados por el gobierno, iban por ahí dando palizas a judíos, negros, gitanos y cualquier tipo que pudiese parecer judío, negro o gitano. Durante los juegos, paradójicamente, el Tercer Reich se encargó de salvaguardar la integridad física de aquellos a los que había señalado previamente al pueblo como personal golpeable. Esto causa confusión en cualquier sistema político, cuando Hitler, iniciador del movimiento racista, mandó proteger a aquellos que deseaba muertos.

   No se sabe muy bien si en América se hablaría mucho de los alemanes a nietos de los esclavos ‒como fue el caso de Owens‒ o si se les tenía el miedo que aquí asolaba Europa. El caso es que si lo tenían les daba exactamente igual, y se presentaron cientos de personas non-gratas a los juegos. Lo más gracioso es que se llevaron muchas medallas y se rieron del dictador en su cara, algo que sin duda no le hizo demasiada gracia al Führer, que incluso llegó a salir prematuramente del estadio para no tener que dar más medallas.

   No puedo dejar de imaginarme a la madre de Jesse Owens al salir de casa, a la que se despedía de su familia, momento en el que la madre seguramente le advertiría que no llamase mucho la atención. «Intenta parecer blanco», le diría. Y pudo decir de un modo justificado lo que muchas madres gritan a sus hijos cuando se ponen a correr: «no corras, hijo, que te vas a matar».

   Por suerte la incongruencia entre el gobierno y el pueblo alemán mantuvo un equilibrio, y los altercados contra los negros no fueron tan graves como se llegaron a esperar de un país infundido de odio. Jesse Owens llegó sano y salvo a su tierra, lugar donde ‒comparándolo con su estancia en la dictadura racista‒ perdió derechos. Si es que nos complicamos nosotros solos.

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