Imponentes estatuas en la entrada de la Estación Central de Helsinki

Imponentes estatuas en la entrada de la Estación Central de Helsinki

   Cuando se habla de las grandes capitales del modernismo europeo, se suelen nombrar ciudades como Bruselas, Münich o Viena. Existen también otros lugares, más periféricos, en los que este estilo alcanzó un gran desarrollo y difusión, y dio lugar a interesantes obras e imponentes edificios deudores de este arte a caballo entre dos siglos. Finlandia fue uno de ellos y en su capital encontramos cantidad de evidencias que así lo atestiguan.

   El modernismo finés estuvo muy condicionado por la delicada situación política que atravesaba el país en los años en los que se desarrolló. Finlandia en 1809 había pasado del dominio sueco al ruso. La presión ejercida por estas potencias sería condicionante y precursora de la cristalización del movimiento modernista. Mientras que en otros lugares de Europa, el art nouveau, el jugendstil o la sezession, vinieron a ser una expresión del optimismo económico y desarrollista de la Belle Époque, en el país escandinavo, esta corriente artística contó con un fuerte componente nacionalista y se constituyó en una reivindicación de la identidad nacional. Para comprender el fenómeno, analicemos la situación previa a la eclosión modernista.

   La situación de Finlandia durante la mayor parte del siglo XIX, osciló entre la relativa estabilidad y el progresismo, especialmente bajo los zares Alejandro I (1777-1825) y Alejandro II (1818-1881), y las involuciones absolutistas, como la experimentada durante el reinado de Nicolas I (1796-1855). El primer zar de nombre Alejandro, mantuvo importantes privilegios para los habitantes del Gran Ducado de Finlandia, como la tolerancia al credo luterano y el respeto por los antiguos fueros finlandeses. Se podría hablar de un estado dentro de la Rusia imperial, llegando a contar con su propio ejército. Por su parte, Alejandro II, restableció la Dieta Finlandesa anteriormente ignorada, y permitió incluso acuñar moneda nacional, el marco finlandés. Un dato importante que nos da una idea del nivel de autonomía e independencia política de la que se gozaba es el hecho de que el territorio finlandés fuera destino para el exilio de varios disidentes políticos rusos, como Gorki o incluso Lenin. Pero en los últimos años de la centuria, el panorama cambió radicalmente. El auge del paneslavismo y el giro absolutista que la política tomó tras el asesinato de Alejandro II fueron las dos grandes causas de esta transformación.

   Alejandro III (1845-1894) fue marcadamente conservador y algunas de sus medidas supusieron grandes recortes para la autonomía finlandesa. Con Nicolás II (1868-1918), el agresivo proceso de rusificación alcanzó niveles intolerables para la población autóctona. Se abolieron gran parte de los privilegios, el ejército finlandés fue subordinado a Moscú, se multiplicaron los destierros y las detenciones, y el ruso fue declarada lengua de la administración. La situación finlandesa llamó la atención de un gran sector de la intelectualidad europea, y muchas figuras como Émile Zola (1840-1902), Florence Nightingale (1820-1910) o Theodor Mommsen (1817-1903), alzaron la voz en su defensa. El ejecutor de la mayor parte de estas medidas fue el gobernador Nikolai Bobrikov (1839-1904), que hubo de enfrentarse a la resistencia pasiva de una población cada vez más descontenta. Posteriormente, esta resistencia pasó a ser violenta. Bobrikov murió tiroteado el 16 de julio del 1904, a manos de Eugen Schauman (1875-1904), uno de los líderes del movimiento anti-imperialista. Finlandia alcanzó su independencia trece años después, en 1917.

Tríptico de la leyenda de Aino (1891) de Gallen-Kallela

Tríptico de la leyenda de Aino (1891) de Gallen-Kallela

   Como hemos visto, la situación en el país escandinavo, en el momento en que se fraguaba la corriente modernista, era bastante tensa y fuertemente condicionada por la política. En la ideología del movimiento, se mezclaban el nacionalismo más o menos radical con la necesidad de recuperar la esencia de lo finlandés. El movimiento denominado carelianismo, ‒al que una parte importante de los artistas modernistas finlandeses se adscribieron‒, surgió con la intención de acabar con ese silencio cultural en el que el país se había visto sumido a causa de la influencia de sus poderosos vecinos durante un largo periodo de tiempo. Etnógrafos, artistas y todo tipo de investigadores viajaron a la región de Carelia, cuna de su cultura ancestral. En sus fríos lagos e impenetrables bosques, buscaron sus raíces y la inspiración para componer sus obras. Aquella salvaje región era la reserva en la que la lengua y las tradiciones finlandesas se habían conservado durante largos años, lejos de las influencias extranjeras. El poema épico de Kalevala, fijado en texto por Elias Lönnrot en 1849, fue la piedra fundacional de esta corriente que abriría paso al modernismo finlandés.

   Si el corazón del movimiento estuvo en Carelia, en Helsinki estuvo su cabeza y fue donde se desarrolló. La ciudad adquirió la capitalidad en 1820 y se convirtió en el centro neurálgico del territorio. A pesar de no ser una de las grandes capitales europeas y de que su proceso de industrialización no fue particularmente rápido, a partir de los primero años del siglo XX, experimentó un gran crecimiento demográfico, cultural y comercial.

   Con respecto a otras expresiones del modernismo en Europa, la corriente finlandesa presentó algunas particularidades. Al igual que ocurrió en Noruega o Nancy, en Finlandia, el patriotismo estuvo muy presente durante la gestación del modernismo. Como hemos visto, la vocación folclorista y nacionalista de sus inicios parecía que podría llegar a chocar con el internacionalismo de otros movimientos similares europeos. Esto, realmente, nunca ocurrió. De hecho el arte finés ‒especialmente su arquitectura‒ acabó por encontrar una gran aceptación en los circuitos europeos. Otra cuestión diferenciadora importante es el uso generalmente comedido de la ornamentación. Mientras que en la escultura o en los edificios del art nouveau francés o del modernismo catalán, la importancia del ornato es muy grande, en el país escandinavo se prefieren las líneas sencillas sin complicados adornos. Incluso en las artes decorativas, los diseños fueron esencialmente sencillos. Por otra parte, asistimos a un fenómeno que personalmente me resulta fascinante, y es la interpretación de un mismo tema por artistas de distintas disciplinas. Partiendo de los mitos clásicos, dramaturgos, pintores, escultores y poetas, compusieron sus obras en un ejercicio de comunicación artística ‒que nos retrotrae a otras épocas‒ realmente interesante. K. J. Sembach en su fantástico libro sobre el modernismo para Taschen así nos lo señala: «Otro rasgo decisivo fue, junto al intenso intercambio entre los artistas, el contacto con tendencias similares. Así pues, una figura de la mitología finlandesa, el cisne de Tuonela, fue interpretada al mismo tiempo en la música de Jean Sibelius, en una pintura de Akseli Gallen-Kallela y en una obra de teatro del poeta lírico Eino Leino». Este hecho nos habla de la gran cohesión existente entre la comunidad artística, así como del común interés por reafirmar su identidad en los orígenes.

Pabellón finlandés en la Exposición Universal de París de 1900

Pabellón finlandés en la Exposición Universal de París de 1900

  La pintura de los carelianistas y los primeros modernistas finlandeses –así como la de otros artistas pertenecientes a otras escuelas‒ empezó a llamar la atención de los países centroeuropeos, algunos años antes del fin du siècle. En Düsseldorf, se organizó en 1896 una exposición llamada «La luz del norte», en referencia al uso diáfano y brillante de la iluminación que aquellos por entonces desconocidos artistas empleaban. La muestra reunió a un grupo importante de pintores escandinavos, entre los que se encontraban el sueco Anders Zorn (1860-1920), el noruego Edvard Munch (1863-1944), o el finés Akseli Gallen-Kallela (1865-1931). Pero sin duda, el gran escaparate para el modernismo finlandés fue la Exposición Universal de París de 1900. En ella, el resto de Europa quedó fascinada con la producción artística del País de los mil lagos. De entre todas las obras, su pabellón, fue una de las más aclamadas.

   La arquitectura del jugendstil finés fue probablemente la expresión artística que alcanzó mayor notoriedad. Se erigió en un símbolo de libertad. En ella se aunó el orgullo burgués y el sentido de la forma tradicional. Hallamos edificios monumentales, como la Estación Central de Helsinki (1911), pero también otras construcciones más modestas, en barrios como Kaartinkapunki, donde podemos encontrar cantidad de casas y otras edificaciones de inspiración modernista. Hay unos 600 edificios de este estilo en la capital finesa. En términos generales, podemos hablar de una arquitectura de formas masivas, sencillas y rotundas, con volúmenes claramente delimitados y de liviana ornamentación. La inspiración de las primitivas iglesias y fortalezas carelias, en no pocas ocasiones se deja notar, pero a medida que se fueron recibiendo otras influencias ‒como las del criticismo de Sigurd Frosterus (1876-1956), las del movimiento británico Arts & Crafts o las del Mathildenhöhe de Darmstadt‒, el estilo fue evolucionando hacia formas más depuradas y modernas. El diseño de los interiores se aproxima más a los cánones del modernismo centroeuropeo, siendo J. M. Olbrich (1867-1908) y Peter Behrens (1868-1940) sus principales referentes. Las principales figuras en el ámbito arquitectónico fueron Eliel Saarinen (1873-1950), Herman Gesellius (1874-1916) y Armas Lindgren (1874-1929). Estos tres arquitectos desarrollaron en su estudio los proyectos más importantes de la época. Esta arquitectura, aún siendo clasificada como modernista, también se ha denominado transicional, pues muchos de los elementos característicos del funcionalismo ya se estaban ensayando.

   En la pintura, el ya nombrado Gallen-Kallela fue una de las figuras más destacadas. Se convirtió en uno de los grandes configuradores del alma finlandesa, basándose en los personajes y lugares descritos en el Kalevala. En ocasiones, se le ha definido como un pintor romántico, aunque esta denominación no parece la más oportuna para el caso finlandés. Además de viajar a Carelia y empaparse de esa autenticidad que obsesivamente buscaban tanto él como sus coetáneos, también se dejó influir por la revista Pan y el espíritu y la estética germánica que brillaban con fuerza en el centro del continente.

La sensual Havis Amanda (1906) de Ville Vallgren

La sensual Havis Amanda (1906) de Ville Vallgren

   En el ámbito de la escultura, las figuras femeninas de Ville Vallgren (1855-1940) fueron algunas de las piezas más bellas de las que se produjeron en el país escandinavo y posiblemente en toda la Europa del momento. Este homenaje a la feminidad fue expresado de forma muy clara por el propio artista: «La mujer es mi dios y yo soy su siervo». El belga de padres ingleses Alfred William Finch (1854-1930) fue otra de las figuras más destacadas y las manufacturas de su Taller Iris en Porvoo tuvieron gran aceptación. El vidrio fundido soplado de la fábrica de Nuutajärvi también tuvo gran acogida, al igual que las preciosas piezas de cerámica de la manufactura Arabia. Al igual que ocurriera en Noruega, los tejidos tradicionales fueron revitalizados con nuevos diseños ‒creados entre otros por Armas Lindgren‒, de evidente inspiración modernista.

   Como hemos visto, el modernismo se manifestó con una singular belleza en el País de los mil lagos. Por uno de esos absurdos corsés historiográficos que se empeña en constreñir el arte valiéndose de rígidas etiquetas academicistas y artificiales compartimentaciones, la corriente modernista finesa a menudo ha sido tratada superficialmente y agrupada junto al arte originario de Dinamarca, Noruega y Suecia, bajo la denominación de modernismo escandinavo. Esta tendencia al simplismo nos llevan a negar la originalidad y los matices de cada movimiento, que en cada uno de los territorios se constituyeron en base a unas circunstancias concretas y adquirieron unas características propias.

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