Hace unas semanas pude ver un reportaje sobre el espacio llamado «¿Estamos solos?» que tocaba de forma tangente esas grandes preguntas que se ha hecho la humanidad desde que miró hacia arriba y se puso a pensar. Aunque el reportaje en sí es bastante poco preciso y tiene pinta de casero las cuestiones que se tratan ahí son sin duda inquietantes.

“I like my robohand

   Una de las cuestiones a tratar, junto con la de este artículo, es la de la humanidad como líder, que se puede leer aquí, y que no cabe en este artículo debido a los derroteros que toma. Y es que aquí he venido a hablar sobre las muletas, el sonotone, el bypass gástrico y esas pequeños pasos antes de que los niños nazcan directamente metálicos.

   Hay una verdad en la humanidad que lleva cumpliéndose desde que somos una raza: anhelamos la tecnología, cualquier tipo de tecnología. Somos adictos a ella, y nos transforma mientras la creamos o descubrimos. Cuanta más poseemos, más deseamos y más estaríamos dispuestos a entregar por obtenerla. Aunque el noventa por ciento de los países dejase de investigar bastaría el desarrollo de uno de cada diez para que todos los demás les comprasen tecnología ‒incluso aun estando en su contra‒ porque sin tecnología quedas automáticamente obsoleto.

   Hemos llegado al punto en el que sin tecnología somos menos que los demás, y una falta de ella es similar a la tenencia de lepra en la antigüedad. Ahora quien no tiene un teléfono inteligente queda fuera de los grupos, de la interacción, de los planes ‒intencionadamente o no‒. Pero no solo en el ocio está la tecnología ligada a nuestra vida.

   Yo, por ejemplo, veo el mundo a través de un cristal plástico de menos de un centímetro de espesor ajustado personalmente a la carencia de mis ojos. De no poseer lentillas o gafas no podría enfrentarme al mundo. Hay quien necesita un sonotone para aumentar el sonido, y quien sin un bastón como extensión de sus manos no llegaría muy lejos. Hemos hecho nuestra la tecnología permitiendo vivir a quien de manera natural hubiese muerto de joven. ¿Cómo iba yo a cazar con ocho dioptrías? Sin embargo usando lentillas tengo incluso mejor visión que quien no las usa y tiene menos de una dioptría sin darse cuenta. La tecnología nos ha hecho mejores y nos ha permitido sobrevivir en un entorno difícil.

   Pero no solo como extensión externa de nosotros mismos. Los corazones artificiales, las operaciones de estómago, los bypass gástricos están a la orden del día. Cambiamos a diario miles de piezas orgánicas deterioradas por piezas metálicas o basadas en el petróleo para seguir funcionando: para que la máquina no se pare, para hacernos mejores. Mejores incluso de lo que éramos antes de ser operados.

   La tecnología está entrando en nuestros cuerpos a una velocidad altísima. Pronto, quizá en menos de cien años, consigamos ampliar nuestra vida un largo porcentaje solo haciendo reparaciones y cambios organometálicos. Y muy poco después seremos poco más que circuitos integrados. Lo sé, es duro, pero cuando uno de cada diez humanos viva un 60% más que tú, ¿no querrías ser como ellos? Cuando exista la posibilidad de poder navegar directamente en Internet, ¿no querrás experimentarlo? Cuando se hable de fusiones de mentes a nivel binario, ¿no tendrás curiosidad?

   Gran parte de los humanos modernos leerán este artículo como algo que pasará dentro de miles o más años, o que incluso no pasará. Peor aún, habrá quien no solo no crea que será posible, sino que renegará de la tecnología ‒al menos a la que aparecerá cuando haya muerto‒. Son los amish del futuro, solo que la tecnología que no aceptarán será la que entre en sus cuerpos. A mí, a nivel personal, que me abran en canal.

   La pregunta que realmente importa no es la de los individuos, sino la que plantea el documental comentado: ¿Serán todas las especies tan adictas a la tecnología como lo somos los humanos? Porque de ser así el universo está habitado por circuitos de luz y procesadores basados en el sicilio.

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