Desde pequeñitos nos han enseñado que no hay animal como el ser humano. El ser humano es capaz de vivir en cualquier medio por sí mismo usando el cerebro. Es por ello que se ha extendido por todos los continentes y ha modificado cada uno de ellos para vivir.

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Grüner See (Austria) – Fuente NUKLEOblog

   Lo cierto es que esa idea ha arraigado en nosotros desde hace más de dos siglos, desde los que se nos está convenciendo de que este planeta es enteramente nuestro cuando en realidad la mera idea de que esto sea remotamente cierto es de risa. Lo cierto es que tenemos muy poquito control sobre lo que pasa en este planeta.

   Para empezar, siguiendo con el tema de apertura del artículo, el ser humano requiere de unas condiciones especiales que van más allá de la Zona Ricitos de Oro. Esta zona, para los que estéis un poco perdidos, es aquella que sitúa a la Tierra lo suficientemente cerca del Sol como para recibir el calor ideal pero no tanto como para quemarnos. Además el planeta debe ser de un tamaño exacto, al encontrarnos bajo su efecto gravitatorio. En este sentido hemos tenido mucha suerte en evolucionar aquí, de habernos traído de otro sitio no hubiésemos aguantado nada. A esto hay que sumar la composición atmosférica, las placas tectónicas, el muro magnético, y varias decenas más de parámetros que nos permiten estar sobre la superficie del planeta.

   Y ahí está la clave: el ser humano está atrapado en una membrana pequeñísima dentro de este planeta, y no puede vivir más arriba ni por debajo de esta. Por debajo tenemos el nivel del mar ‒variable según el punto del planeta donde nos encontremos‒ por el que solo podemos cruzar con una bombona de oxígeno y durante un ratito. La vida en las profundidades es, a día de hoy, imposible. Cuesta demasiado en equipo como para resultar rentable, pero si es a nivel biológico lo tenemos todavía peor. Probablemente aunque fuésemos capaces de hundir una ciudad acabaríamos gravemente enfermos debido a no poseer la luz solar que necesitamos.

   Esta da con fuerza en las montañas, lugar donde tampoco podemos vivir superada una altura. Y de hecho necesitamos que haya un suelo para alcanzar esas cotas: los pájaros pueden al menos volar hasta allí y cazar allí, al igual que los peces vuelan en su medio. El ser humano no puede volar, se encuentra atrapado a un salto del suelo. Tanto peces como aves tienen un volumen por el que desplazarse libremente ‒de hecho, y debido a esto, si llegan a evolucionar en seres conscientes probablemente sean más listos que nosotros debido a su espacio de juego‒.

Grüner See (Austria) - Fuente Nukleoblog

Grüner See (Austria) – Fuente NUKLEOblog

   El hombre se encuentra, en realidad, en la película invisible que divide a ambos volúmenes, y sin poder entrar plenamente en ellos. Por supuesto que podemos volar, pero no disfrutar del vuelo; y bajar submarinos a las profundidades, pero ni remotamente nadar ahí. No podemos volar en ningún medio, lo único que podemos hacer es erguirnos en este suelo por el que caminamos, en esta lámina de realidad de la que nunca podremos escapar, y desde la que creemos dominar todo lo demás.

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