Coñac y rosas en la tumba de Poe, dejadas probablemente por un imitador

Coñac y rosas en la tumba de Poe, dejadas probablemente por un imitador

   Edgar Allan Poe está considerado, justamente, como uno de los maestros universales del terror y del misterio. Más allá de su inquietante obra, Poe consiguió convertir en un enigma su propia vida, o más bien el final de ella. En la madrugada del 3 de octubre de 1849 el escritor apareció moribundo en el suelo de una de las calles de Baltimore. Cuatro días más tarde fallecía sin que pudieran esclarecerse las extrañas circunstancias que causaron su muerte, aunque existen numerosas hipótesis para tratar de explicar este oscuro episodio. Pero la muerte no fue suficiente para hacer que el rey de los misterios dejara de generarlos. Y casi 80 años después de su muerte, la tumba de Poe volvió a convertirse en un nuevo misterio.

   Todo empezó en la década de 1930, cuando, según diferentes testimonios, comenzó a verse una intrigante figura oscura, vestida de negro, con un pañuelo blanco, un bastón con punta de plata y un sombrero de ala ancha, visitando la tumba de Poe cada 19 de enero, coincidiendo con el nacimiento del escritor. Parece ser que, aprovechando la oscuridad de la noche, este individuo visitaba la tumba para, después de brindar a la salud del autor, dejar en ella tres rosas y una botella de coñac medio vacía ‒se ha especulado con que las rosas pudieran representar al propio Poe, a su esposa Virginia y su suegra Maria Clemm, todos enterrados originalmente en el sitio y el coñac la afición de Poe hacia la bebida‒. Además, a lo largo de los años el desconocido visitante ha ido dejando puntualmente junto a las rosas y al coñac algunas notas cuyo contenido no han hecho sino acrecentar el misterio.

   Algunas de esas notas eran simples expresiones de devoción, mensajes como «Edgar, no te he olvidado», pero otras tienen una interpretación algo más incierta. En 1993, uno de los mensajes daba a entender que el ritual se había traspasado a otra persona afirmando que «se pasó la antorcha», algo que se confirmaba en 1999 con un nuevo mensaje en el que se declaraba que el visitante original había muerto y que el encargado de continuar la tradición era ahora su hijo. Entre 2001 y 2004 empiezan a aparecer notas con un contenido que está menos relacionado con Poe. En 2001, unos días antes de antes de la final de la Super Bowl entre los Cuervos de Baltimore y los Gigantes de Nueva York, apareció una nota en la que se decía que los primeros serían derrotados, algo que finalmente no se produjo. En una nota del 2004 el mensaje se mostraba crítico con la oposición francesa a la guerra de Irak. Según Jeff Jerome, ex comisario de la Casa Museo de Poe y testigo de todas las visitas desde 1976, estas últimas notas demuestran la falta de interés del hijo ‒o hijos‒ para tomarse la tradición tan en serio como el padre.

   La pregunta es: ¿quién se encuentra detrás del enigmático visitante? Se ha conjeturado que podría tratarse de un admirador de Poe, de uno de sus parientes lejanos, de un miembro de una sociedad secreta en una especie de ritual de iniciación o simplemente de una broma anual.

   Durante mucho tiempo el propio Jerome fue sospechoso, algo que él se empeñó en negar en repetidas ocasiones. Para demostrar que él no era, en 1983 empezó a organizar una discreta vigilancia, que no tenía como objetivo abordar al visitante sino solo constatar su presencia. A partir de ese momento se produjo una curiosa circunstancia: cada 19 de enero una pequeña multitud de curiosos se apostaba alrededor del cementerio para contemplar el ritual.

   En 1990 todo cambió cuando la revista Life publicó una imagen en blanco y negro del visitante y la historia se hizo mundialmente conocida. El número de curiosos no tardó en multiplicarse. Desde los muros, las rejas o el portón de entrada, se amontonaban para ver al misterioso hombre entrar en el cementerio, hacer su homenaje y salir de allí. En principio el respeto estaba por encima de todo y los testigos simplemente observaban: nadie se acercaba al hombre, intentaba hablarle o fotografiarle. Tampoco dejaron de aparecer impostores, así que Jerome, convertido en guardián de la tradición, acordó con el visitante una llamada especial, tras la cual las puertas del cementerio ‒que permanecía cerrado por las noches‒ se abrirían y este podría entrar sin ninguna trabas.

Foto de Life del misterioso visitante

Foto de Life del misterioso visitante

   En 2006, sin embargo, algunos curiosos perdieron las formas y trataron de asaltar al visitante para descubrir su identidad, algo que pudo evitarse gracias a los vigilantes del cementerio. Tras este episodio el final del ritual era solo cuestión de tiempo. Y así fue: la última visita del extraño seguidor de Poe se produjo en 2009, año del bicentenario del nacimiento del escritor.

   Cuando en 2010 nadie se presentó en la tumba Jerome declaró que posiblemente la tradición había finalizado. Al año siguiente se presentaron nada más y nada menos que cuatro visitantes, aunque, como pudo constatar Jerome, no fueron capaces de reproducir la llamada original, por lo que se descubrieron como impostores. Sin duda, la tumba de Poe seguiría teniendo rosas y coñac, pero ya no serían aquellos que durante casi 80 años fueron religiosamente ofrecidos al maestro de los misterios como rendido homenaje.

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