Romeo + Julieta

Romeo + Julieta

   En su ensayo Por qué leer a los clásicos Italo Calvino define el libro clásico como «lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone». Una definición con la que no podría estar más de acuerdo, porque si por algo se caracterizan este tipo de obras es por su universalidad. Más allá de los detalles particulares en que toman forma en cada libro en concreto, los clásicos son historias que no pierden su vigencia, que se mantienen válidas en todas ‒o casi todas‒ las épocas y culturas. Una muestra de ello es el enorme interés que los dramas de Federico García Lorca despiertan en países orientales como Japón o Corea del Norte. Solo así se explica la permanencia de estos libros en la Historia.

   Aunque si esta fórmula fuera tan sencilla adaptar un clásico a los tiempos modernos no debería ser algo demasiado complicado. Y, sin embargo, el cine ha demostrado una y otra vez que lo es. Versionar un libro clásico modernizándolo es una apuesta muy arriesgada. Por una parte se corre el riesgo de descontentar al público que tiende a medir la calidad de la adaptación basándose exclusivamente en el grado de fidelidad con el libro, algo que es imposible teniendo en cuenta que en el momento en el que una historia se moderniza deja de ser una copia literal de la obra primera. Por otra, está el peligro de traicionar por completo el espíritu del original, dando como resultado un sucedáneo que en el mejor de los casos no tiene nada que ver con la historia en que se basa y en el peor puede convertirse en una especie de burla o de insulto.

   Creo recordar que la primera vez que me encontré con este tipo de adaptaciones fue con Romeo + Julieta del director australiano Baz Luhrmann. En su momento no me gustó nada. Supongo que las excéntricas camisas hawaianas, el exceso de maquillaje drag, los coches, las pistolas y un di Caprio ‒al que tenía manía por aquel entonces‒ en el papel de Romeo no ayudaron precisamente. En cambio, a día de hoy he de decir que me encanta. La idea de combinar una estética moderna con un lenguaje arcaico me parece excelente. Por no hablar de la banda sonora, que es una maravilla. Esa misma idea volvemos a encontrarla en Coriolanus, debut de Ralph Fiennes como director, que es incluso más fiel al texto original de Shakespeare. Y la fórmula no pareció ir del todo mal, porque un año después Joss Whedon vuelve a utilizarla en una magnífica modernización de Mucho ruido y pocas nueces. El resultado es impresionante en todas ellas.

   Y es que, teniendo en cuenta la cantidad de veces que se ha hecho, parece que Shakespeare es el rey de los clásicos modernizados. Existen dos versiones modernizadas de Hamlet ‒una del 2000 y otra del 2012‒, una de MacbethEscocia, PA‒, una de Trabajos de amor perdido ‒dirigida, cómo no, por el shakespeariano Kenneth Branagh‒ o una de La tempestad ‒bastante libre, por cierto‒. Aunque parece que donde Shakespeare funciona especialmente bien ‒se supone‒ es el cine de temática adolescente. Con más pena que gloria encontramos flojas adaptaciones de OteloO‒, El sueño de una noche de veranoAsí es el amor‒ o Noche de ReyesElla es el chico‒. Aunque si entramos en el territorio de las adaptaciones extrañas nos topamos con un Macbeth basado en el Japón feudal ‒Trono de sangre‒, con La tempestad convertida en una película de ciencia ficción ‒¡del año 1956!‒ o con una más que penosa comedia independiente titulada Tromeo y Julieta.

   Esto último, por desgracia, creo que es lo más habitual cuando de modernizar un clásico se trata. El resultado casi siempre tiene tan poco que ver con el original que roza lo absurdo. Lo hemos visto con Drácula 2000, con Fuera de onda ‒adaptación de la Emma de Jane Austen‒, con Los viajes de Gulliver, con 2010: Moby Dick ‒que ha sido considerada por Freddie Moore en The Airship como la peor adaptación que se haya hecho de libro de todos los tiempos‒ o con la reciente Yo, Frankenstein. En todos estos casos no solo ocurre que cualquier parecido con la libro original es pura coincidencia, sino que además, son todas ellas películas rematadamente malas. Aunque, a decir verdad, no siempre es así, como demuestra la arrolladora Apocalypse Now, una modernización de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad ambientada en la Guerra de Vietnam.

   ¿Pero qué ocurre cuando, además de ser modernizado, un clásico de la literatura occidental aterriza en Oriente? Parece que el choque cultural es aquí mayor que en ningún otro caso. Es lo que ocurre en la India con Kandukondain Kandukondain, dirigida en el año 2000 por Rajiv Menon, que interpreta la obra de Jane Austen Sentido y sensibilidad en clave de cine Bollywood. Personalmente no soy demasiado admirador de este tipo de cine, pero hay que decir que como adaptación sigue bastante de cerca la línea argumental del libro de Austen. Cuatro años después se repite la adaptación de Austen con Bodas y prejuicios, de Gurinder Chadha. Esta película cosechó tan buenas críticas que en 2010 Jane Austen volvió a ser adaptada, aunque esta vez con su novela Emma y fuera de la estética Bollywood. Aisha, que así se llamó la adaptación, tuvo una recepción mucho más discreta que su predecesora.

   La lista de películas que utilizan este recurso puede ser interminable, aunque lo importante es, en cualquier caso, juzgarlas no por su grado de fidelidad al libro original sino por su calidad como obra independiente. Es una soberana tontería decir que Desayuno con diamantes, La naranja mecánica o la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton sean malas adaptaciones simplemente porque se tomen algunas ‒o muchas‒ licencias o porque sus directores les hayan impreso su sello inconfundible. Es como decir que Guerra mundial Z es una mala adaptación simplemente porque no sigue el libro al pie de la letra, como si eso pudiera ser posible. Las malas adaptaciones son, ante todo, las pésimas películas.

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