El papa Formoso y Esteban VI, pintado por Jean-Paul Laurens

El papa Formoso y Esteban VI, pintado por Jean-Paul Laurens

   El siglo IX es una época turbulenta para Roma y para el papado. Con la muerte de Carlomagno, el Imperio carolingio se fue desmoronando en facciones cada vez más pequeñas. Muchos de estos feudos miraban con recelo a Roma y sus riquezas y exigían parte de estas a cambio de protección, lo que no llegó a evitar el saqueo de la ciudad en el año 846 a manos de las tropas sarracenas. La institución eclesiástica, por su parte, también estaba llena de divisiones, de luchas internas en busca de la supremacía, de alianzas, traiciones e intrigas. Solo en este contexto es posible explicar el extravagante suceso que llevó a juicio al cadáver de un papa, Formoso I.

   Formoso fue consagrado obispo de Porto en 864 por el papa Nicolás I, además de actuar como legado pontificio en Bulgaria un par de años después. Con el tiempo Formoso fue aumentando su poder y acercándose cada vez más al papado. En 877 se enfrentó al entonces papa Juan VIII y a la familia Spoleto al apoyar la coronación como rey de Italia de Arnulfo, lo que le valió ser expulsado de su diócesis y excomulgado.

   Pero en 882 Juan VIII muere en extrañas circunstancias ‒todo lo extrañas que pueden ser cuando se intenta envenenar a alguien y después se remata con un martillazo‒, dando comienzo a una cadena de fatídicas muertes de aquellos que ocupan el sillón papal. A Juan VIII le sucede Marino I, que murió envenenado dos años después, aunque antes levantó la excomunión de Formoso y le devolvió su diócesis de Porto. El siguiente papa, Adriano III, apenas duró un año antes de ser asesinado, una suerte muy parecida a la que tendría su sucesor, Esteban V. En 891 por fin llegó el turno de Formoso, que consiguió aguantar en el cargo nada menos que cinco años antes de morir, cómo no, de forma inesperada. Todavía tenía que pasar un pontificado de quince días, el de Bonifacio VI, que murió de gota, para que, por mediación de Lamberto Spoleto, fuera nombrado papa Esteban VI, responsable del macabro juicio.

   Para afianzar su alianza con los Spoleto, Esteban VI preparó la pantomima de llevar a juicio al facellido Formoso en un episodio que se conoce como «Sínodo del cadáver» o «Sínodo del terror». Después de acusar a Formoso de ocupar como papa la diócesis de Roma siendo obispo de otra diócesis, la de Porto ordenó exhumar su cadáver, vestirlo con túnicas papales y sentarlo en un trono en la Basílica constantiniana para que escuchara las acusaciones. Como el acusado no podía defenderse se designó a un diácono para que hablara en su lugar, como si de un ventrílocuo se tratara. Como era de prever, Formoso fue encontrado culpable, declarándose inválida su elección como papa y anulándose todas las ordenaciones de su papado. A continuación se despojó al cadáver de sus vestiduras, se le arrancaron los tres dedos de la mano que usaba para bendecir, luego fue arrastrado por las calles de Roma y depositados en un lugar secreto.

   Los hechos fueron tan brutales que Esteban VI no tardó en ser encarcelado y estrangulado. Su sucesor, Romano, anuló todas las disposiciones de Esteban VI y recuperó el cuerpo de Formoso. Tras veinte días de papado ‒que fue lo que duró‒ Teodoro II restituyó los restos de Formoso a la Basílica de San Pedro.

   Sin embargo, algunos años después, Sergio III, que había participado en el «Sínodo del cadáver», inició un segundo juicio contra el cadáver de Formoso hallándolo de nuevo culpable. Esta vez, el cadáver fue quemado y arrojando al Tíber para que sus restos «desaparecieran de la faz de la tierra». Cuenta una leyenda que un pescador sacó con sus redes lo poco que quedaba de Formoso y lo escondió hasta que finalizó el pontificado de Sergio III, momento en que el cadáver de Formoso fue depositado una vez más en el Vaticano.

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