Esta mañana he hablado aquí ‒toma auto-promo‒ sobre algunas personas de nuestra historia que, debido a que encontraron limitaciones evidentes a lo largo de su vida, decidieron hacer uso de toda su inteligencia para salvarlas del modo más mortífero posible. Y, si eran capaces, arriesgando y llevándose por delante la vida de sus allegados y amigos cercanos.

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Premios Darwin

   Es por eso que hoy hablaré sobre unos premios que, aunque otorgados de cachondeo, tienen las bases y la seriedad darwinista de su lado. Son, por supuesto, los Premios Darwin.

   Como toda historia friki que se precie, esta nace en una lista de e-mail en 1985. Este es el primer dato que tenemos sobre estos premios, no obstante pueden ser tan antiguos como la primera teoría evolucionista.

   Y, para el que tenga biología de instituto muy ‒pero que muy‒ oxidada, aclararé que un tipo llamado Charles Darwin estableció una relación entre la especialización de los animales en sus entornos a lo largo del tiempo. Este concepto fue llamado evolución años más tarde, y es conocido como la Teoría de la Evolución de Darwin. Básicamente dice que, si durante generaciones tú y tu familia coméis muchas pipas, desarrollaréis a lo largo de generaciones unos paletos especializados en abrir estos frutos secos.

   Es por ello que, en un alarde de pensamiento deductivo, alguien inventó los Premios Darwin en algún momento y, probablemente porque vio un filón, Wendy Northcutt lleva escribiendo tanto en su página web como en varios libros sobre el tema. La premisa de los Premios Darwin es bastante sencilla, y manifiesta una recompensa ‒generalmente post mortem‒ por haber quitado determinado contenido genético del mercado.

   La propia Wendy Northcutt estableció que para poder ganar el premio debían cumplirse una serie de requisitos ‒algo así como las bases del concurso‒, que ella misma escribió. Si las bases del concurso radican en que no puedas empeorar la especie al reproducirte, por lo menos habrás de cumplir los puntos siguientes para ganar el concurso:

   Imposibilidad de reproducción. Lo cierto es que aunque hay un millón de posibilidades para no tener hijos, hemos descubierto a lo largo de la historia la paradoja de que suele tenerlos quien no debería dejar su legado. El primer punto para participar ‒o que te participen, porque uno no suele inscribirse a estos concursos‒ es el de no poder tener hijos. Y, desde luego, el no haberlos tenido en el pasado. Es por eso que fallecidos sin progenie suelen ser tan comunes en este concurso, ya que, una vez muerto, es muy difícil encontrar pareja.

   Excelencia. Cuando pensamos en la excelencia lo hacemos en algo que no puede ser mejor para una situación dada. En este caso se refiere a excelentemente estúpido y falto de juicio. ¿Sabéis este tipo de noticias como «muere al tumbarse en la vía del tren» o «se dispara a la cabeza para saber qué se siente»? Pues, de no haber tenido hijos, estas personas son candidatas ideales ‒y excelentes‒ para los Premios Darwin. Es importante que la imprudencia forme parte de lo que sea que haya hecho esta persona en cuestión para recibir el premio.

   Autoselección. Dado que es necesario no poder reproducirse, el hecho en sí que causó esta imposibilidad ‒y que otorga la candidatura a estos premios‒ ha de ser propio. Por ejemplo, si un amigo en una fiesta te batea la entrepierna ‒haciéndote imposible tener descendencia, así como mear de pie en el caso de que antes pudieses‒ tú no estarías nominado a los premios. No obstante, si tu animado amigo, en un alarde de falta de juicio, decidiese golpearse a sí mismo en su zona corporal destinada a la reproducción hasta perder tal facultad, este sí que sería un perfecto candidato. El premio no se concede a alguien que mate a otra persona o haga que esta quede estéril, a no ser que el responsable esté directamente implicado y haya perdido tal potencialidad.

   Madurez. El nominado no podrá sufrir ningún tipo de limitación o discapacidad intelectual, ha de estar cuerdo y, además, tener edad legal para conducir. Teniendo en cuenta que lo enunció una americana, diremos 16 años o más, edad perfecta para automutilarse y formar parte de este prestigioso premio.

   Veracidad. El acontecimiento debe poder ser verificado. Por ejemplo, con un vídeo. Eso de las leyendas urbanas no vale, porque todos hemos oído relatos fantasiosos de personas que darían el perfil. No obstante, en nuestro presente, siempre hay una cámara cerca, y estos hechos serán registrados con más frecuencia.

   Como cierre pasaré a comentar los ejemplos que Wikipedia, a cuál más divertido:

   2001, Croacia. Un malabarista, en vez de lanzar pelotas al aire, lanzaba granadas de mano. Por algún extraño motivo no solo no las tenía desactivadas, sino que, además, logró reunir a suficiente gente como para morir él y mutilar a seis de los espectadores. Cualquiera de ellos podría haber sido ganador del premio, siendo evidente el poco respeto por su propia integridad física que emanaban.

   1987, EEUU. Un tipo, fotógrafo, estaba tan inmerso en fotografiar a la gente que saltaba en paracaídas del avión en el que iba que saltó con ellos para hacerles fotos durante el descenso. El problema es que él no llevaba el paracaídas puesto, siendo este hecho incompatible con la vida.

   1996, EEUU. Ocurrió que un hombre, para mirar el interior de una pistola de avancarba, utilizó un mechero. Para el que no lo sepa, una pistola de avancarba se carga con pólvora por delante, por el mismo sitio por donde sale la bala, que fue donde puso el ojo y el mechero el protagonista ‒con un resultado esperadísimo‒.

   2003, Brasil. Un joven que se dedicaba ‒imagino que entre otras tareas‒ a limpiar tanques de gasolina utilizó un mechero para comprobar el nivel. Las consecuencias fueron menos severas que en el caso anterior, pero al menos voló cien metros sin matarse, y no como el no-paracaidista.

   2000, Texas. Las pistolas las hay de muchos tipos, y existen unas pistolas geniales que lo que hacen es colocar una bala en la cámara cada vez que aprietas el gatillo ‒aunque el siguiente hueco esté vacío‒. Este fue el tipo de arma que usó un tipo de 19 años justo antes de volarse la cabeza jugando a la ruleta rusa.

   1999, Camboya. Tres tipos, probablemente borrachos, estaban jugando a una especie de ruleta rusa con una antigua mina antipersonas que tenía 25 años. La pasaban por debajo de la mesa y la pisaban para ver quién era el elegido. Lo que no tuvieron en cuenta fue que el radio de acción de una mina antipersonas incluía todo el bar, y ganaron todos.

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