Tales de Mileto

Tales de Mileto

   Hubo un tiempo en el cual, el mundo estaba regido por los dioses. Entidades supranaturales, conformaban, alteraban y –al parecer–, dirigían el cosmos y los designios de los mortales, que alzando la mirada al cielo, no hacían sino tratar de complacerlos. Aquellas antiguas deidades eran honradas con sacrificios y eran consultadas a la hora de comenzar una guerra. En ellas se encontraba la explicación para todo.

   El espíritu de las viejas poleis griegas dormía caliente bajo una compleja estructura mitológica que durante siglos se mantuvo como incuestionable. Superar aquella realidad construida sobre un sólido discurso mítico-literario aceptado por la generalidad no hubo de ser cosa fácil. Las obras de autores del peso de Hesíodo u Homero dieron forma a una maraña que nadie se había cuestionado desenredar. Pero a pesar del tremendo reto que suponía, en Mileto –un antiguo enclave griego del Asia Menor–, al menos tres generaciones de mentes curiosas y corazones valientes empezaron a buscar la explicación a los grandes temas que hasta entonces se habían dejado en manos de los dioses.

   Hacia el final del siglo VII antes de nuestra era, comenzó a gestarse este imprescindible cambio ideológico. Las costas jónicas, área en la que se ubicaba Mileto, gracias a su posición geográfica, se vieron influidas por corrientes de pensamiento distintas de las genuinamente griegas. Tal vez, los contactos con babilonios o egipcios, encendieron una nueva llama en las mentalidades de determinas figuras jónicas. Las dudas referentes al origen y el por qué de la naturaleza, pudieron verse vivificadas por aquellas influencias alóctonas, que aportaban puntos de vista distintos al modo de pensar griego.

   De cualquier modo, el desarrollo de la filosofía presocrática no se debe atribuir en exclusiva al ascendiente foráneo, pues en el sustrato netamente griego, encontramos conceptos que activaron los mecanismos mentales que llevaron a los padres de la filosofía a comenzar a cuestionarse el mundo tal y como lo hicieron. La justicia personificada –diké (Δίκη)– de la que habla Hesíodo o esa ley universal que impregnaba las tragedias de Esquilo son ideas que, matizadas, encontramos en el pensamiento presocrático.

   La proliferación de los cultos mistéricos también hubo de ser determinante para estos primeros filósofos. Es bien conocida la relación de los pitagóricos con los órficos, por ejemplo. Los misterios eleusinos y el culto del Dionisos tracio, probablemente ayudaron a romper con las concepciones del mundo arcaicas y clásicas, abriendo las puertas a otras nuevas interpretaciones, en las que los conceptos como el cosmos, el logos o lo que denominamos alma, adquirieron un peso hasta entonces inédito. La metempsicosis fue una de las cuestiones que más repercusión tuvo en siglos posteriores.

   Es importante señalar que en el proceso de transformación del pensamiento mitológico al proto-científico –se suele definir a aquellos primeros filósofos como «científicos primitivos»–, no se aprecia una ruptura. Las ideas presocráticas fueron una continuación, una especie de evolución racionalizada de las creencias más antiguas. El germen de la filosofía creció en paralelo al orden que surgió del caos y la confrontación de esos dioses elementales originales a los que hacía referencia la tradición literaria.

La filosofía según Klimt

La filosofía según Klimt

    Los presocráticos trataron de buscar explicaciones físicas a lo que les rodeaba. Aún quedaban muchos siglos hasta que se desarrollase el método científico, de modo que tuvieron que valerse de instrumentos como la razón especulativa. Buscaron en la physis, aquello que confiere su ser propio a las cosas, lo que las hace ser lo que son y lo que permanece a pesar del cambio. Y precisamente fijaron su interés en ese cambio, en el devenir, pues fenómenos como la vida y la muerte o el crecimiento y la corrupción, parecían tener su explicación en él. Trataron de encontrar el principio de las cosas en elementos naturales –como el agua o el aire–, imaginaron que la realidad podía ser cuantificada numéricamente, pensaron en que la materia podría estar compuesta por pequeñas partículas indivisibles. Lógicamente, no se puede hablar de ciencia, pero – como precisó Eggers Lan -, sí podemos referir una «filosofía de la ciencia».

   Como era de esperar, en su camino encontraron muchos obstáculos. En ocasiones fueron desacreditados y hubieron de confrontarse con el sentir popular, definitivamente mediatizado por la religión. Algunos de ellos, también encontraron oposición en las clases privilegiadas. Aún así, el pensamiento de Tales, Anaximandro y Anaxímenes saltó de las costas jonias hasta la Magna Grecia, donde nació la escuela pitagórica. Pitágoras y sus discípulos hicieron importantes aportaciones no solo al campo de la filosofía, sino también a otros con el de las matemáticas, la música o la astronomía. Dieron otro paso de gigante al tomar conciencia de que la realidad podía ser definida por números. Junto a ellos, los atomistas, eleáticos o sofistas –el término presocrático ha sido revisado varias veces y los pensadores a él adscritos, varían en función de las distintas interpretaciones/compilaciones– continuaron avanzando a través de la senda filosófica.

   La obra de estos autores nos ha llegado fragmentada, a través de citas de otros posteriores. Hay que analizar las fuentes, por tanto, con el rigor necesario y tratar de adecuar nuestra interpretación a la comprensión e ideología de quien las elaboró, que dista muchos siglos de las nuestras. Tener en cuenta también que el nacimiento de la filosofía en ningún caso supuso una desvinculación radical con la esfera mítico-teológica –durante siglos caminaran cerca y no pocas veces se encontrarán–, sino más bien una alternativa a la misma, basada en criterios menos arbitrarios a la hora de explicar la naturaleza, su origen y sus fenómenos. Fue el primer paso hacia una compresión lógica y científica del mundo.

    Con este post pretendo hacer un pequeño homenaje –si queréis profundizar en el asunto, hay mucha información disponible–, desde la más absoluta admiración a aquellos que fueron los primeros en dudar del pensamiento mítico, en el que los dioses eran el principio, el final y la medida del universo. Elevarse frente a lo irracional y a lo aceptado, no es cosa sencilla ni cómoda –ni siquiera a día de hoy, en el que muchos planteamientos anti-científicos y fanáticos continúan campando a sus anchas–, por sólidos que sean los argumentos que se sostengan o esclarecedoras las ideas que se compartan. Proponer una revolución de este calibre a principios del siglo VI antes de nuestra era, a mi humilde entender, es una auténtica proeza y uno de los principales hitos del pensamiento humano.

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