La piratería, como elemento violento, existe desde hace siglos, y probablemente sea tan vieja como la navegación en alta mar. De todos es conocido el parche, el loro y la pierna de madera. O pata de madera, porque visto que puede valer para una mesa, habrá que darle ambos nombres.

The Pirate Bay

The Pirate Bay

   Pero lo cierto es que la historia de la piratería tiene un principio, un nudo intermedio y un final, el cual, espero, no tenga nunca lugar. Porque la piratería es el extremo de la inventiva, el punto de fuga de las leyes, el golpe de ariete que derriba el pasado y abre las puertas de lo nuevo, dejando lo retrógrado y poco evolucionado detrás, y abriendo puertas que, años antes, parecían no poder existir.

   Cuando la gente piensa en un pirata, piensa en que es cruel y sanguinario, y de hecho la frase «cruel y sanguinario pirata» ha sido usada por todo el universo literario y cinematográfico durante, bueno, durante siempre. Aunque todo tiene otro punto de vista, porque cuando Inglaterra pilló a unos cuantos piratas sobre 1600 y les dijo «ahora trabajáis para mí, majos» ‒parafraseo‒, la piratería se convirtió en un negocio totalmente honrado para Inglaterra.

   Y sobre Inglaterra girará un poco este artículo, porque tiene una historia curiosa contra/pro la piratería, todo siempre en función de la moneda de cambio más valiosa: la moneda. Es por eso que, durante el siglo XV, fueron emitidas las llamadas «patentes de corso», unos documentos que se les daba a los piratas para liberarles de su oficio sin honor y poner su barco y tripulación al servicio de Inglaterra. Y, en ese momento, ya no eran piratas, sino corsarios, que es una cosa muy distinta.

Por ejemplo, un pirata podía ‒o no‒ robar y saquear, pero sin permiso. La patente de corso liberaba al pirata ‒ahora corsario‒ de la carga de no actuar en pro de la ley, y prácticamente le obligaba a robar y saquear. Nótese que el primer robar y saquear y el segundo robar y saquear no se parecen en absoluto, porque una vez otorgadas las patentes de corso, era un robar y saquear legal. Y, ¿de qué dependía entonces que un pirata fuese un pirata? Pues del estado que no lo reconociese como corsario, que eran, en esencia, todos los demás.

   Así, corsarios franceses robaban puertos españoles e ingleses, los ingleses nos robaban a nosotros y a los gabachos y nosotros les robábamos a ambos ‒y a veces a nosotros mismos, Spain was different ya desde entonces‒. Es por eso que eso de pirata puede ser malinterpretado por los intereses de la persona que los envía.

   De hecho, pirata, a partir de determinado siglo, era todo aquél que no perteneciese a un país y ganase dinero. Como, por ejemplo, un comerciante de telas que no rindiese tributo a Francia. Pues pirata él, y toda su tripulación. Y su familia, sus amigos, todo aquél con quien comerciase y hablase, todo el que hubiese comerciado alguna vez y los futuros negociantes. ¿El motivo? Que a los reinos no les gustaba que alguien hiciese las cosas de un modo diferente, y, sobretodo, un modo que no fuese el suyo.

   Lo más curioso es que mientras en Europa nos estábamos  pegando tiros los unos a los otros, al servicio de reyes  y en dictaduras, al otro lado del Océano Atlántico comenzaron a surgir democracias limitadas dentro de los navíos, donde se votaba al capitán, al primer oficial, y se dejaba a ambos elegir al resto de la tripulación. No, por supuesto no todos lo hacían así, pero el llamado Código de conducta pirata sienta las bases de la democracia ‒mucho antes de que en los reinos desde los que habían salido los navíos estuviesen preparados para ello‒. Estos documentos recogían:

  • Derechos: derecho de voto, derecho de propiedad, derecho de descanso, derecho a botín.
  • Obligaciones: obligación de atender a compañeros y a darles sus suministros si no disponen de ellos ‒como comida‒, mantener la pistola limpia, no hacer ruido a partir de cierta hora, obligación de seguir en el barco hasta haber aportado una cantidad acordada al bote ‒monto total, no barco, aunque barco también‒.

   Curiosamente las micro-sociedades dentro de los barcos estaban mucho más organizadas que en el continente del que venían o al que iban, y, por lo menos, acataban las reglas con sus vidas. Durante siglos fueron las democracias más conservadoras, y las únicas que existieron en la Tierra, algo que resulta bastante chocante teniendo en cuenta de dónde venía aquella gente ‒pobreza, cárceles, delincuencia,…‒.

   Hoy en día, puedes comprar a quien quieras en todo el globo, pagando en la moneda del país donde compras, sin que el estado al que sirves tenga ni por qué enterarse, gracias a Internet. Además, cada vez son más los países demócratas en el que los individuos son todos iguales entre sí.

   Una de las siguientes veces que alguien se atribuye la palabra pirata también lo hizo en alta mar, y sobre un barco. Fue la llamada Radio Pirata Inglesa, un barco que atracó durante la prohibición por parte de Inglaterra de enviar más de dos horas de rock and roll por las ondas hertzianas estatales.

   Pero no todas las estaciones de radio estaban tan locas como esta, más de doscientas radios fueron desmanteladas en los años sesenta por toda Inglaterra, detenidos incluidos, por tratar de acallar la demanda de música de los oyentes. Seguro que el tema os suena de algo. Fueron, esencialmente, piratas de las ondas. Personas que arriesgaron todo y dieron su vida por un modelo nuevo en el que creían. Y lucharon durante años por las radios pirata.

   Hoy en día todo aquél que disponga de un ordenador conectado a la red puede emitir su propia radio desde cualquier parte del mundo y, gracias a un proxy, que ni se sepa de dónde viene la señal. Se puede decir lo que quieras, siempre que quieras y alguien esté dispuesto a escuchar.

   Y sobre ordenadores trata el siguiente ejemplo de la piratería, porque todos hemos oído hablar de los hackers, esos malvados piratas informáticos que te roban el dinero sin que tengan que quitarte el bolso, ¿no?

   Pues no, porque eso son los crackers, y son harina de otro costal. Los primeros piratas informáticos no buscaban robar, sino romper las barreras que tenían limitada la tecnología. Los hackers sostenían que los sistemas estaban ahí para comprobar los fallos ‒no para hacerlos fallar, eso es diferente‒, y para jugar con ellos ‒si son tuyos‒. Aunque parezca mentira, todavía hay quien confunde a un hacker con un cracker. Lo cierto es que los hackers han hecho avanzar la ciencia gracias a su curiosidad sin límites y su pasión.

   Cada vez que uses una red comunitaria o un programa de uso libre, tendrás que darles las gracias, así como si usas una sala de chat, juegas al juego de la vida o usas un software libre ‒la mayoría lo usamos durante todo el día‒.

   Por supuesto, para la sociedad de 1970-1990, una persona con conocimiento de la informática tal que era capaz de revolucionarla en unos meses era un problema. De hecho, durante más de dos décadas ‒y aún ahora‒ se controla a los hackers más emblemáticos y con más sabiduría en listas negras de futuros sospechosos en los diferentes cuerpos de policía de todo el mundo.

   Lo más curioso es que, de no haber sido por los hackers, nuestra tecnología se habría desarrollado íntegramente en laboratorios y grandes compañías. El 99% del desarrollo tecnológico en software, ha nacido libre por los internautas. Por los piratas que no se adaptan a las normas establecidas.

   Lo que nos lleva a The Pirate Bay y la caída de su servidor de hace unos días. Algo que ya ocurrió en 2004, 2006, 2008, 2011 y ahora. Por quinta vez, las denuncias por parte de las antiguas productoras de contenido han conseguido tumbar el sitio web, aunque existen numerosas copias caché accesibles y esto no ha logrado que la gente deje de publicar los torrents.

   Para los no-iniciados en los torrents, se trata de archivos que apuntan a determinado contenido ‒una flechita virtual‒. Así, yo hago una película propia y, en vez de enviarte el archivo entero, te mando solo la flecha, que dice dónde está. Y, poco a poco, en función de la velocidad de mi ordenador y el tuyo, se va bajando y recomponiendo en tu ordenador. Y, ¡voilà! Ahora hay dos copias.

   Esto a Hollywood ‒entre otras‒ no les gusta una pizca. Ellos quieren que sigas comprando una entrada al cine por 10 euros, y no están de acuerdo con que puedas consumir cine en casa ‒aun a pesar de que podrían ganar más de lo que ganan‒. El caso es seguir con la tónica de llamar pirata a todo aquél que no se adapta al sistema preconcebido ‒incluso si cumple la legalidad‒.

   Es el caso de Series.ly, quienes emitieron un comunicado que decía que, para satisfacer la nueva ley LPI del PP, eliminarían todo enlace de su sitio web que no apuntase a una fuente de contenido aprobada por el creador del contenido antes de que la ley salga. Esto será en enero de 2015.

   Curiosamente, ni TPB ni Series.ly violaban la ley, pero esta se ha cambiado una y otra vez para atropellar las nuevas iniciativas, tanto públicas como particulares, de distribución de contenido. Ni una ni otra organización subían o compartían contenido, y la ley se ha cambiado ya tres veces ‒incluida esta‒ para hacer que sean ilegales. De hecho tanto cambia la ley en persecución de nuevas formas de negocio, que The Pirate Bay tuvo que montar un partido político bajo el que escudarse.

   Resulta curioso que la industria de lo audiovisual no sepa usar algo tan simple como YouTube. Hace unos días nos enterábamos que queda menos de un año para el estreno de Star Wars 7, y curiosamente Star Wars España tiene menos de 350.000 reproducciones del trailer, cuando por ahí hay usuarios con varios millones de ellas.

   Aunque 350.000 reproducciones también son un pellizco, uno de unos 700 euros en función del youtuber. La pregunta es, ¿por qué la industria no quiere evolucionar? Es algo que todavía no me entra en la cabeza, sobretodo porque es imparable.

   Dentro de unos años tanto la ley Sinde ‒considerada ya fracasada debido a la reforma actual de la LPI del PP para enero de 2015‒ como la reforma LPI serán estudiadas como «Lo que no hacer en una democracia».

   Resulta curioso que webs como series.ly sea el principal proveedor de vídeo bajo demanda pagado en España, como wuaki.tv, filmin.es, Nubeox.com, Atresplayer.com o Mitele.es. Es decir, que si se elimina Series.ly de la ecuación, los usuarios seguirán consumiendo series de webs como seriesyonkis.sx. ¿Creías que Series Yonkis había desaparecido? No tardó ni una semana en volver a aparecer tras su cierre en marzo, y ha resucitado, precisamente, en el Caribe, lugar de florecimiento de la primera piratería.

   Por supuesto, los dueños de seriesyonkis.com no saben nada del tema. Y puede que sea cierto, porque cualquier persona puede hacer una copia de una web y duplicarla en otro dominio. Ahora esta segunda web es intocable debido a su situación. Han desaparecido los anuncios y ya no hay nada salvo el contenido.

   Es decir, que todas las medidas legales ‒incluso modificar la ley‒ no sirven de nada. Se repite de nuevo el deseo de comerciar, el deseo de escuchar una radio independiente, de ir más allá de lo comercialmente establecido por los rígidos suministradores de software, de contenido audiovisual a precio justo.

   Es por eso que, con el permiso de Alejandro, quisiera repartir como queja cinco ejemplares impresos de mi libro ‒además de los otros seis que regalo por otro lado‒ a las cinco primeras personas que compartan este contenido en twitter y escriban un comentario abajo. La obra les llegará a casa sin ningún tipo de coste, y será de su propiedad hasta que ellos mismos decidan donarla, regalarla o abandonarla a su suerte.

Y… ¡tiempo! ;P

   Debido a la configuración de este blog, es posible que tu artículo no aparezca de inmediato, porque habré de aprobarlo si no eres usuario activo del blog. Ten paciencia, responderé a todos los comentarios, y contactaré en persona con los ganadores. Tendré vuestros emails de los comentarios 😉

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