Ernest  Hemingway y Scott Fitzgerald

Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald

   La pareja formada por Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald, los dos niños prodigios de la Generación Perdida, bien podría figurar como una de las más extrañas de la historia de la literatura. Ha dado pie a multitud de artículos y a varios libros, entre los que destacan los de Matthew J. Bruccoli, sobre todo Fitzgerald y Hemingway: una amistad peligrosa de 1994, y el de Scott Donaldson, Hemingway vs Fitzgerald: auge y caída de una amistad literaria del 2001. Gran parte de la versión de los hechos nos ha llegado a través del libro París era una fiesta publicado por Hemingway en 1964.

   Hemingway y Fitzgerald se conocieron en el bar Dingo en París en 1925. En ese momento Fitzgerald, mucho más reconocido, estaba en la cumbre del éxito. Su estreno, en 1920 con su novela A este lado del paraíso, y sus colaboraciones con el Saturday Evening Post le habían convertido en un escritor de renombre. Además, un par de semanas antes de la reunión Fitzgerald acababa de publicar El gran Gatsby, la novela por la que siempre sería recordado. En ese momento Hemingway era mucho menos conocido. Había publicado en diarios y revistas, pero menos importantes, y la mayor parte de su trabajo anterior a 1922 se perdió para siempre en una maleta en la estación de París-Lyon. De hecho, en una nota enviada por Fitzgerald a Maxwell Perkins, su editor en Scribner, se refería al futuro autor de El viejo y el mar como un «joven llamado Ernest Hemingway, que vive en París ‒un americano‒, escribe para la Revista transatlántica y tiene un brillante futuro».

   Ambos escritores llegaron a trabar una íntima amistad en la que Fitzgerald ejerció inicialmente su magisterio. Llegó incluso a sugerir a Hemingway que cambiara el inicio de Fiesta, un consejo que Hemingway, habida cuenta de su orgullo como autor, siguió a regañadientes. Aunque en una carta enviada a Perkins en junio de 1926 Hemingway comenta al editor que los cambios son suyos y que Fitzgerald estaba de acuerdo, cuando en realidad era al revés.

   Sin embargo, después de 1926 la relación entre ambos escritores empezó a enfriarse y tras la publicación de Adiós a las armas en 1929, la novela que consagraría a Hemingway como uno de los más grandes novelistas del momento, los papeles de maestro y discípulo se intercambiaron. Hemingway empezó a verter duras críticas sobre Fitzgerald, achacándole estar más preocupado por la opinión de la crítica que por hacer una obra literaria de calidad, llamándole cobarde o inmaduro o acusando a su esposa Zelda de haber arruinado su talento como escritor.

   Algunas de esas críticas sobrepasaron el terreno de lo privado. En un pasaje de Las nieves del Kilimanjaro el narrador describe de esta manera a los ricos: «Eran aburridos y bebían demasiado, o jugaban al backgammon. Se acordó del pobre Scott Fitzgerald y de su romántico, reverencial respeto por esas gentes». Esto no le hizo mucha gracia a Fitzgerald, que le mandó una carta en la que decía: «Por favor, no hables de mí en tus libros. Si a veces decido escribir de profundis, eso no significa que quiera que los amigos recen en voz alta sobre mi cadáver. Sin duda que tu intención fue buena, pero me costó una noche de insomnio. Y cuando incorpores el relato a un libro, ¿te molestaría quitar mi nombre? Es un bello relato, uno de los mejores que has escrito aunque eso del “pobre Scott Fitzgerald, etc.” más bien me lo haya estropeado». Se sabe que Hemingway contestó a esta carta, pero la respuesta se perdió o fue destruida.

   Los últimos dos encuentros entre Ernest y Scott se produjeron durante el verano de 1937. Fueron breves. Fitzgerald todavía hablaba de su amistad con Ernest, como si existiera, o por lo menos recordaba la intimidad perdida con melancolía. En menor grado, Hemingway también lo hacía, aunque tras su muerte en 1940 aún seguía criticándolo, como si sospechara que la reputación de Fitzgerald corría el riesgo de crecer tras su muerte. «Siempre he tenido un estúpido e infantil sentimiento de superioridad ante Scott, como el de un chico duro y resistente que desprecia a otro, más delicado quizá, pero con talento», escribía Hemingway en una carta fechada en marzo de 1939.

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