Hace una semana, en concreto el sábado 10 de enero, felicité a mi madre con la mejor felicitación de cumpleaños que he escrito alguna vez. Como todo el mundo, nunca he sabido lo que poner en una tarjeta o en una postal, y sufría cada vez que tenía que pensar rápido delante de un gran grupo de gente. Temía que la felicitación no fuese lo suficientemente buena.

   El sábado 10 de enero de este año, felicité así a mi madre en el chat familiar que compartimos en el WhatsApp. Serían las seis de la mañana, o quizá incluso antes.

Buenos días. Es importante destacar el hecho de que ninguno de nosotros [Unos amigos con los que salía] ha bebido.

Dicho esto: anoche, durante una distendida cena en El Escorial, guarecidos del frío norteño con varias tapas clásicas de cualquier otro lugar de España, alguien propuso: “Oye, ¿y si vamos a Galicia, a la casa de la novia de O. [nombre recortado], y les damos una sorpresa?”.

Por algún extraño motivo que aún es desconocido, ninguno de nosotros encontró en ese momento objeción alguna, y me encuentro a 206 km de A Coruña sin saber del todo cómo es posible que estemos escuchando a Dani Martín. Como músico, me parece horrible, y ni siquiera le conozco como persona.

No os preocupéis, estamos bien y, a pesar de la niebla, conducimos seguros con un bocadillo extra en el estómago. Además, llevo calzoncillos de sobra.

Feliz cumpleaños, mamá.

   Es la felicitación más original (y a la vez estúpida) que he escrito nunca, y me siento muy orgulloso de ella. Creo que nunca he preocupado tanto a mi madre dejándola tan tranquila a la vez. Y hacía ya mucho que no me planteaba hacer locuras de este estilo. Es posible que te preguntes por qué te estoy contando todo esto, a cuento de qué viene que te cuente mi vida.

   Lo hago con la sencilla esperanza de contagiarte un poco de esta locura que nos invadió a mis amigos y a mí. Aunque te parezca una bobada, este tipo de experiencias no planeadas y aparentemente aleatorias son aquellas que recuerdas en las cenas con los amigos. Y son también aquellas que te proveen de material para escribir. Ver, como ejemplo, este artículo y los diez seguidores de twitter que me gané mientras relataba mi aventura durante 41 horas. Porque estuvimos despiertos 41 horas.

   Todo empieza como empiezan las historias que deberían contarse (y como deberían contarse): con un café. Eran las cinco de la tarde del día anterior, el 9 de enero, y me disponía a quedar con dos amigos en un lugar cercano a la vivienda de tres de nosotros. El cuarto miembro (y la segunda chica), vivía un poco más lejos, no quedándole otra que venir en coche al encuentro. No serían ni las seis de la tarde cuando habíamos descartado las propuestas de ir a lugares tan lejanos como Cuenca o Toledo. A fin de cuentas, íbamos a estar demasiado en el coche, y ninguno de nosotros pretendía llegar tarde a casa.

   No estoy muy seguro de cómo ocurrió, pero a las ocho de la tarde, unas horas después, nos encontrábamos visitando el frío El Escorial, un municipio a unos 50 kilómetros de la cafetería. He de destacar que a mi amigo C. [otro nombre recortado] le gusta conducir. Y condujo hasta allí. Fue en la cena el momento decisivo del fin de semana, el fulcro de locura en que todo giró hacia el absurdo, pivotando sobre cualquier tipo de razón. Esa misma tarde, cuatro amigos que no querían ir a Cuenca, decidieron:

   “Oye, ¿y si nos vamos a A Coruña y saludamos a O.? Sería un detallazo, ahora que está en el pueblo de su novia.”

   Por supuesto que no teníamos ni idea de dónde estaba el pueblo de P. (la novia de O.), pero ni eso ni tener que recorrer 600 kilómetros en plena noche y sin dormir nos apartó de nuestra misión estúpida y sin sentido. Cogimos el coche y…¡mierda! No tenía ni un bote de crema, ni unas lentillas, ni gallumbos de repuesto, ni siquiera un gorro. Es más, iba en camiseta bajo el abrigo dado el calor que hacía a las cinco de la tarde. Pero ya no eran las cinco, sino las doce de la noche, y la rasca era considerable.

   Eso supuso un pequeño desvío de unos cincuenta kilómetros, hacia mi casa. Lugar de donde cogí todo lo anterior más: una linterna (nunca se sabe), tres gorros, una bufanda, un jersey extra para alguien del grupo, una botella de agua, aspirinas y otras drogas de uso cotidiano, un cable para cargar los móviles y, lo más importante, localicé en Facebook el pueblo de P. (la novia de O., a quien íbamos a visitar).

   Cuarenta minutos más tarde pasábamos de nuevo bajo el municipio de El Escorial (que pilla de camino hacia A Coruña), esta vez por el túnel que atraviesa la montaña. Fue en ese momento en el que pensé que era el cumpleaños de mi madre. Eso y que tenía hambre, nos estaban dando las dos de la mañana y de la cena había pasado demasiado. Hora de desayunar.

Amanecer en A Coruña

Amanecer en A Coruña

   Un par de paradas en la oscuridad más tarde amanecimos en A Coruña. En concreto, en el puerto, viendo amanecer justo antes de otro café. Sí, tomamos mucho, alguno de nosotros llevaba despierto desde las seis y media del viernes, 24 horas antes. A esas horas aún no nos habíamos puesto en contacto con O. por ser temprano, pero tras una brevísima visita a la ciudad pusimos rumbo al pueblo de P.

   Iba a ser genial, O. y P. se iban a alegrar muchísimo de vernos. Después de todo, habíamos hecho el viaje (sin dormir) para darles una sorpresa. Pero, claro, irrumpir a las once de la mañana de un sábado a 600 kilómetros de nuestra anterior posición conocida y echando por tierra los planes de aquél día de la (por otro lado) feliz pareja, no era lo que tenían en mente al despertarse. Lo siento, P. Lo siento, O. Pero tenéis que comprender que no estábamos pensando en nada. En serio, no meditamos ni una sola de las decisiones de aquél día.

   Ni dónde aparecimos, ni lo que gastamos, ni lo que comimos, ni los siete u ocho cafés, ni visitar Santiago de Compostela antes de volvernos. Total, solo estábamos a 75 kilómetros, y nos venía bien para volver a Madrid (sin dormir). Por cierto, un lugar encantador. De haber estado más consciente hubiese disfrutado muchísimo de la visita a la catedral, y la lectura de los siglos XIII y XIV de la crónica que hay dentro seguramente que aún permanecería en mi cabeza con detalle. No ha sido así, y solo recuerdo los siglos.

Tiovivo al atardecer en la Catedral de Santiago de Compostela

Tiovivo al atardecer en la Catedral de Santiago de Compostela

   Por suerte, ya caído el sol, tomamos la carretera y nos dispusimos a conducir otras seis horas hacia Madrid. Para nuestra desgracia, fueron alguna más, ya que el estar hablando y discutiendo dentro del coche tiende a distraer la atención sobre los carteles. Por suerte, nos dimos cuenta a 150 km de Oviedo de que no estábamos conduciendo en la dirección correcta.

Un punto cercano a Oviedo, en el que nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido (y que no quedaba mucha gasolina)

Un punto cercano a Oviedo, en el que nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido (y que no quedaba mucha gasolina)

   Desde luego se trató de un fin de semana bastante divertido, que he querido relatar con brevedad para aquellos que pongan en duda que hacer algo diferente te da la vida. La próxima nos iremos a tomar una paella a Valencia. Si alguien de allá lee esto, que nos vaya reservando mesa.

   PD: la próxima vez, igual vamos en autocar. Ahí queda. Sed espontáneos, nunca se sabe de dónde va a venir la inspiración.

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