Solo palabras

Solo palabras

   Solo son palabras, dicen algunos con desdén, quitándoles importancia. Nada más. Como si no fuera suficiente. Las palabras tienen poder: son capaces de crear un mundo y de destrozar una vida.

   Cualquiera que haya leído un poco sabe que en las palabras reside la magia. Dan forma a los hechizos que el escritor va formulando a lo largo de las páginas y te transforman, al menos mientras dura el libro. Palabras hechas de luz y de sombra que dejan cicatrices en los dedos de quienes juegan con ellas, porque la magia se cobra su precio en especie y cada sortilegio es una muesca más en tu alma.

   Un beso alegra el corazón y hay palabras que te besan, te acarician y calientan el frío que la estela de los días deja. Una palabra dicha en el momento adecuado puede salvarte de la oscuridad, de los monstruos de tu mente que, también, han utilizado las palabras para hacerte caer. Otras llegan a deshora, redondas y contundentes como balas de cañón para aplastarte bajo tu peso; o llenas de filos que se van clavando poco a poco, hasta desangrarte.

   También son puñeteras las palabras que acuden a tus labios cuando no las has llamado y traicionan pensamientos que preferirías tener guardados para ti. Otras veces, sin embargo, si necesitas su ayuda, se dejan llevar por la malicia y juegan al escondite, dejándote en ridículo. No puedes fiarte de ellas porque pueden ocultar mucho más de lo que dicen.

   Hay palabras que arrastran a la gente tras de sí. En boca de algunos hombres han guiado ejércitos y levantado a las masas, envilecidas a veces por la falta del armazón del razonamiento pero desaforadamente contagiosas. Pronunciadas por labios más amables se procura el consuelo y se calma al inquieto, o se las llena de astucia para el halago y la manipulación.

   Se enseña con las palabras, para bien o para mal, dando voz al pensamiento y a los hechos con los que pretendemos construirnos. Les ponen zapatillas de andar a las ideas que sobrevuelan, con ellas se plantean preguntas y se dan las respuestas. A ellas acudimos para hacer tangible el mundo que nos rodea. Las necesitamos a modo de gafas que enfocan la visión de lo que, por ser abstracto, tememos que se nos escape.

   Las palabras atrapan, cautivan, esclavizan. Son el barco que nos lleva y la tempestad que nos sacude, un océano en el que nadar o ahogarse. Instrumentos de precisión. Objetos de deseo.

   Solo son palabras, dicen algunos. Nada más. Y nada menos.

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