«Porque al ver un millón de lomos, me puedo imaginar un millón de finales alternativos. Resulta que lo hizo todo el mayordomo, o que me acabé casando con Darcy (…), o que remamos a contracorriente en nuestras barcas, o que por la mañana, al despertarnos, nos acompañaba Atticus Finch.» El devorador de libros, Rebecca Makkai (Maeva, 2012)

   Cuenta la mitología griega que Eros y Psique solo podían encontrarse en la noche, en los umbrales del sueño, cuando él llevaba los ojos convenientemente vendados y ella estaba a punto de que su raciocinio se hundiese en la inconsciencia; porque Psique era toda razón y Eros todo sentimiento. De ahí el dicho popular de que el amor es ciego o que los polos opuestos se atraen. Por eso no debería ser una sorpresa que un Lector Recalcitrante (LR en adelante) acabe uniendo su vida a la de un No Lector (NL en adelante) ocasionando los correspondientes desajustes de convivencia diaria. No todas las parejas adolecen de semejante contradicción vital, pero sí que se trata de un caso a menudo corriente y que tiene una idiosincrasia propia tremendamente desconcertante para los que nunca han formado parte de una relación similar.

Calvin y Hobbes

Calvin y Hobbes

   Para otras ocasiones más propicias que este artículo queda el dilucidar cuestiones de comprensión entre ambos miembros de la desigual pareja, o de su más que distinto enfoque de los nudos gordianos del mundo (magníficamente resumidos en un artículo reciente de Josep Oliver en Papel en Blanco(1), 20 problemas que solo entenderás si eres un lector empedernido); o las dificultades que conlleva no tener un territorio común referencial (p.e. Llegas más tarde que el conejo blanco, ¿qué hay del segundo desayuno?, tienes más cuento que Narnia, etc.); porque para ocuparse de todas ellas sería preciso cincuenta tomos de enciclopedias británicas.

   Imagínese al LR leyendo apasionadamente, suspirando, anhelante, las épicas frases troyanas de Marlowe(2):

“Was this the face that launch’d a thousand ships,

And burnt the topless towers of Ilium?

Sweet Helen, make me immortal with a kiss.

Her lips suck forth my soul: see where it flies!

Come, Helen, come, give me my soul again.”

—Cariño, me encuentro fatal ¿Podrías frotarme la espalda con un poquito de Vick VapoRub?

   Sin embargo, hay una cuestión entre LR y NL que constituye, o constituirá en un futuro muy cercano de su relación, la piedra angular de su convivencia: la acumulación de libros en todos y cada uno de los rincones de la casa.

   Es inevitable que cualquier LR que se precie tienda a llenar su casa con centenares de libros. Los acumula a lo largo de los años, con tesón, con fruición, con mimo, con ansia, con amor. Se trata de un hecho repetidamente contrastado, al margen de cualquier estudio de una universidad de prestigio, que a medida que el LR va llenando sus estanterías —a veces en doble o incluso en triple fila, otras echando mano del Kamasutra o de instrucciones del Tetris para encontrar posturas imposibles que los haga encajar— empieza a sufrir el síndrome de Shelves Seeker(3) y, posteriormente, y con agravante alevosía, se descubre poseído del espíritu colonizador decimonónico. En este sentido, el LR estudia las posibilidades de dar espacio a sus incontables ejemplares en el territorio que comparte con su pareja NL, pese a que éste le ha repetido varias veces que tiene un grave problema de almacenamiento literario y que él —pese a su generosidad territorial y paciente respeto de la naturaleza lectora— no tiene por qué sufrirlo en detrimento de su propio espacio. Por eso no es extraño encontrar a los LR elucubrando diferentes estrategias de ocupación de zonas comunes —sextante y brújula en mano—, laboriosamente inclinados sobre un detallado mapa del territorio (Hic sunt dracones).

—Querida, siento decirte que eso de poner libros como motivos de decoración en el salón con la excusa de que se trata de ediciones extraordinarias no cuela. Siempre habías dicho que mi abuelo sabía contar grandes historias y no por ello decidimos exponerlo en la vitrina de casa.

   Inevitablemente los Everest librescos empiezan a erigirse en lugares habituales (mesillas de noche, mesas de comedor, revisteros, recibidores, etc.) y en los más insospechados (bajo la cama, en los cajones de los calcetines, en los taburetes que nadie utiliza por incómodos, incluso en el hueco que queda entre la lavadora y el mármol de la cocina). La paciencia de los NL se pone a prueba.

—Lee en digital, por favor.

—También lo hago.

—Ve a la biblioteca.

—¿Ves esa pila junto a tu cepillo de dientes? Son libros de la biblioteca.

—No vayas más a la biblioteca, por favor.

   A veces, el agobio del NL por una casa abarrotada de libros es tal que propone a su pareja LR pasar fuera el fin de semana, siempre que no coincida con una de las reuniones de su club de lectura o con la presentación de alguna novela que lleva tiempo esperando. Incluso durante un inocente paseo por las calles de su ciudad, lejos de las montañas amenazadoras de libros acechantes desde cualquier rincón de la casa, termina el NL tirando impaciente de la mano del LR para desenganchar su nariz del escaparate de cualquier librería inesperada (la ubicación de tales negocios novelescos la carga el diablo).

   No hay solución alguna para este desencuentro entre LR y NL. Los expertos suspiran cuando se les pregunta cómo llegar a un consenso en cuestiones como la hora de decidir cuándo ha llegado el momento de apagar la luz de la mesilla de noche (señal ineludible de que se ha terminado la lectura por ese día), determinar cuál es el número tope de libros que pueden soportar los cimientos de una casa, o la necesidad de deshacerse de algunos ejemplares para hacer sitio a un nuevo miembro de la familia. De momento, no existe un punto de encuentro, no hay razón humana capaz de reconciliar a un LR con la idea de convivir en paz y sin pretensiones colonizadoras en detrimento de la orfandad de todos esos libros. Por eso, al igual que Eros y Psique, las parejas de LR y NL que desean convivir en la misma casa porque su capacidad de quererse así se lo impele, lo hacen sin más, entre librescos Everest, la adquisición de todo el catálogo especial de Billys de IKEA, peleas ocasionales, y la promesa de hallar incalculables tesoros arqueológicos en los estratos de cada una de sus pilas bibliófilas hogareñas.

   Y es que a los LR, por si quedaba al respecto alguna duda sobre su encanto irresistible, se les ama por encima de cualquier síndrome, incluso el de acumulación literaria.

 

 

(1)    http://www.papelenblanco.com/

(2)    MARLOWE, Christopher: The face that launch’d a thousand ships, Doctor Faustus (1590-1604)

(3)    Síndrome de Shelves Seeker o del buscador de estanterías. Principal motivo del desarrollo del departamento de diseño de IKEA y totalmente fruto de la imaginación de la autora de este artículo.

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