Byron en su lecho de muerte, lienzo realizado por Joseph-Denis Odevaere en 1826

Byron en su lecho de muerte, lienzo realizado por Joseph-Denis Odevaere en 1826

   En contra de lo que mucha gente piensa, Lord Byron no murió en plena batalla ni como consecuencia de heridas de guerra. Su final fue mucho más mundano: a causa de unas fiebres, producidas quizá por paludismo o por un ataque epiléptico. Lo que sí está claro es que su muerte, con tan solo 36 años, podría haberse evitado de contar con otros avances médicos. Para extraerle literalmente la fiebre le sometieron a una terrible tortura: después de darle aceite de ricino para provocarle diarrea le colocaron doce sanguijuelas en las sienes que le succionaron más de dos litros de sangre. Su cuerpo no aguantó y murió en menos de veinticuatro horas.

   Lo que pasó a continuación no fue menos surrealista. Antes de morir Byron había dejado por escrito que no quería que mutilasen su cuerpo pero los médicos hicieron caso omiso de su última voluntad y se lanzaron sobre el cadáver como buitres para practicarle una brutal autopsia. Le quitaron el corazón, el cerebro, los pulmones y los intestinos y le llenaron el cuerpo de líquido para embalsamar. Las autoridades griegas eran partidarias de enterrar a Byron, a quien consideraban un héroe nacional en su territorio, pero el gobierno británico insistió de manera inflexible en la repatriación del cadáver. Así que después del desaguisado que habían practicado sobre el cuerpo muerto del poeta lo despacharon a Londres metido en un ataúd junto con varios jarrones que contenían los restos destrozados.

   El cuerpo no llegó a Londres hasta principios de julio, más de dos meses después de la muerte de Byron, y cuando lo hizo se generó una acalorada disputa para decidir dónde enterrarlo. El deán de la Abadía de Westminster consideró que un personaje con una vida tan escandalosa como la de Byron no merecía el honor de ser enterrado en el Rincón de los Poetas, junto a autores como Geoffrey Chaucer o Edmund Spencer, así que al final fue sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena en el panteón familiar de Hucknall Torckard, en el condado de Nottinghamshire, junto a su madre. La cripta solo se volvió a abrir en una ocasión más, en 1852, para dar sepultura a la hija de Byron, la célebre matemática Ada Lovelace.

   O así estuvo, al menos, hasta 1938. Años antes Thomas Gerrad Barber, que era un apasionado admirador de Byron, llegó a ser deán de la iglesia donde estaba enterrado el poeta. Ante la existencia de rumores que decían que el sepulcro de Byron estaba vacío Barber se obsesionó con una idea, abrir la tumba del escritor para exhumar su cadáver ‒incluyendo las vasijas con los restos‒, y no paró hasta que obtuvo los permisos necesarios por parte de la familia de Byron y del Ministerio del Interior. Así que un cálido día de finales de junio, Barber profanó la tumba de Byron con la ayuda de Houldsworth, su mayordomo, y de los hermanos Betteridge.

   Para sorpresa de los profanadores la tumba de Byron ya había sido abierta ‒un atentado atribuido a un ladrón de tumbas del siglo XIX‒, pero por suerte el cuerpo del poeta todavía estaba allí. En su libro Byron y donde está enterrado, Barber describe el momento con las siguientes palabras: «Reverentemente, muy reverentemente, levanté la tapa, y ante mis ojos yacía el cuerpo embalsamado de Byron en perfectas condiciones como cuando fue depositado en el ataúd hace 114 años. Sus facciones y su cabello eran fácilmente reconocibles por los retratos con los cuales estaba tan familiarizado… Tenía los pies y los tobillos descubiertos y pude comprobar que su cojera se localizaba en el pie derecho. Bajé con cuidado la tapa del ataúd y, mientras lo hacía, dije una oración por la paz de su alma». El testimonio de Houldsworth, sin embargo, fue algo más explícito: el pie derecho, el de la cojera, se había desprendido del resto del cuerpo y yacía en el fondo del ataúd y los brazos y las piernas sí mostraban signos de descomposición, lo que se atribuye a un embalsamamiento precipitado e inadecuado. Houldsworth también llamó la atención sobre el hecho de que «su miembro viril estaba anormalmente desarrollado».

   Estaba previsto hacer un registro gráfico del evento, pero por suerte el fotógrafo se negó a tomar fotos por razones morales. Y digo por suerte porque la idea de un Lord Byron con un rostro perfectamente conservado, con una sonrisa serena congelada en el semblante, como el que aparece plasmado en docenas de retratos y grabados, sobre un cuerpo parcialmente descompuesto y un miembro viril hiperdesarrollado parece sacada de una de las pesadillas de Poe. No deja de ser irónico, por cierto, que Lord Byron, que inspiró al primer vampiro de la historia, haya acabado condenado a una especie de inmortalidad tan grotesca.

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