Castigo cara a la pared

Castigo cara a la pared

   Hace poco descubrí que todavía existen profesores que emplean castigos como el de poner de cara a la pared a alumnos de seis años.

   Afortunadamente, también hay otros que creen que este tipo de castigos son un recurso adiestrativo más que educativo; por obsoleto y medieval (evoca el cepo en la plaza de cualquier villa de la época).

   Porque, ¿qué puede haber hecho alguien de seis años para tenerlo humillado y aburrido de cara a un rincón? ¿Pegarle a un compañero? ‒En tal caso, lo más seguro es que sea un indicativo de que alguien de su entorno está ejerciendo esa misma violencia contra él y hay que tratar el tema con sus padres. Ya que lo del rincón sólo sirve para minar la autoestima, agravando los problemas y las conductas que se pretende corregir: porque frustra y alimenta la agresividad haciendo que se culpe al resto ‒y a uno mismo‒ del suplicio.

   Esto se lo cuenta, a uno de estos profesores chapados a la antigua, un ‒¿profesor?‒ anónimo (anonimopreocupado1@gmail.com) . Quien por lo visto se pasó la infancia de un rincón a otro en la escuela, o castigado detrás de una puerta de su casa por nimiedades. Y añade lo siguiente en el post más largo:

   Estimado colega:

   Quiero y me gustaría algo diferente para mis hijos y los de cualquiera.

   Cuando un alumno ‒igual que un hijo‒ se porta mal, me siento con él en el espacio de reflexión que debe haber en toda aula (o casa); «la mesa de pensar» o «el rincón de las ideas». Nunca de espaldas al resto de alumnos, para que los demás vean que no se trata de un castigo al uso. Allí le propongo que escriba un cuento de no más de media hoja. Si quiere tema libre, le dejo hacer; para descubrir que su relato delata parte de los problemas preocupaciones o causas que le hacen comportarse así. Si me dice que no sabe sobre qué escribir, le propongo un tema. Por ejemplo, el de un chico que ha insultado a una compañera, interrumpe las actividades, o se niega a recoger (algo relacionado con lo que haya hecho) que se va convirtiendo en burro conejo o en mueble cada vez que hace una picia.

   Rara vez rechazan la oportunidad de expresarse, aunque sea para dar una versión airada o para hacer un chiste; por muy sorprendidos que estén ante el hecho de que no haya gritos, enfados, o castigos que no van más allá del objeto punitivo en sí.

   Los resultados son sorprendentes. Ya el mero hecho de escribir les obliga a pensar, a revisar los hechos, y muchos ‒la mayoría‒ dejan de ser arbitrarios ‒al menos de principio a fin‒. Así es como acaban aceptando que lo han hecho mal, sin darse cuenta; y, muchas veces, también acaban explicando y comprendiendo los porqués y las consecuencias de sus actos para el prójimo.

   Esto es lo que escribió un alumno de ocho años que martirizaba al resto de la clase a diario (los tengo mejores, pero rayan lo inverosímil):

   «Primero me salen las orejas y la cola y todos los de la clase me traen zanahorias, porque saben que a los burros les gusta mucho y quieren que me convierta en uno para poder montarme. Entonces yo se las tiro y les insulto y me salen patas y morro y ya no puedo hablar y les doy patadas de burro, que dice la profe que son coces, y me tiran piedras y me voy de la escuela trotando. Pero afuera todos me quieren hacer trabajar como un burro y me pegan palos para que cargue con mucho peso. Así que vuelvo a la escuela y salto la valla y me acerco a mis compañeros, que me acarician y me dan manzanas, y poco a poco mis orejotas se hacen pequeñas y vuelvo a tener nariz y dejo de tener cola y vuelvo a ser un niño como los demás que no quiere volver a ser un burro».

Más castigos

Más castigos

   No voy a alargarme destripando la cantidad de información que subyace en el texto y con la que se puede trabajar. Sólo añado que le ayudé a corregirlo, le dije lo mucho que me gustaba y si quería leérselo a la clase. Lo hizo y a todos les encantó: sugirieron cambios, ideas, y se animaron a escribir historias (algunos de los agraviados).

   Con todo esto se consigue: refuerzo de la autoestima, seguridad, integración, aceptación colectiva, trabajo con la exposición social, ruptura con la violencia ‒sea física o verbal‒ para el alumno problemático; y: participación colectiva, manejo de conflictos, recursos creativos para solventar problemas, trivialización de los errores ajenos y el fracaso para evitar la estigmatización del otro, para el resto de la clase.

   El «castigo» que propone herramientas para educar siempre antes que el mero suplicio punitivo que sólo sirve para desmotivar (Gianni Rodari ‒ Gramática de la Fantasía / Daniel Pennac ‒ Mal de escuela).

   Buena suerte

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