Cuenta Orlando Bloom que apenas había comenzado a rodar algunas escenas de La Comunidad del Anillo(1) cuando Peter Jackson les presentó —a él, a Viggo Mortensen y al resto de elenco élfico de la película— a quien se iba a convertir en los siguientes meses en su instructor de esgrima. Jackson presentó al señor Bob Anderson con la mayor de las deferencias, destacando de su dilatado y honorable currículum que había sido maestro de esgrima del mismísimo Errol Flynn. El, por aquel entonces, jovencísimo Orlando susurró a su compañero Viggo “¿Whoooo?”

   Ni su juventud ni su inexperiencia en la gran pantalla me resultaron excusa suficiente como para que alguien que decía ser actor desconociese quién era Errol Flynn. Y cuando el pipiolo Bloom tuvo a bien protagonizar Piratas del Caribe, la maldición de la Perla Negra (2003), en un papel que claramente bebía del legado seductor y cómico de Flynn, todavía me enfureció más. Tardé unos catorce años en perdonar por semejante blasfemia a Orlando Bloom, exactamente hasta que le estampó un glorioso puñetazo en los morros a Justin Bieber en julio de 2014.

Fotograma de El halcón del mar (1940). Mítica lucha a espada entre Errol Flynn y Henry Daniell

Fotograma de El halcón del mar (1940). Mítica lucha a espada entre Errol Flynn y Henry Daniell

   Errol Leslie Thomson Flynn (Australia, 1909 – Canadá, 1950) fue en la gran pantalla el héroe romántico por excelencia: aventurero, honorable, pícaro, seductor… Protagonista de películas de aventuras clásicas innumerables, como El capitán Blood (1935), La carga de la brigada ligera (1936), Las aventuras de Robin Hood (1938), El halcón del mar (1940), Murieron con las botas puestas (1941) o La isla de los corsarios (1952) entre muchísimas otras, no había actor al que le quedasen mejor los leggins, las camisas con chorreras y el bigotito, que sostuviera con más gracia un intercambio de puyas ingeniosas con el malo mientras bailaba una magnífica coreografía de esgrima, florete en mano, o le guiñaba el ojito a la guapísima heroína de turno antes de besarla apasionadamente.

   No importa la edad que se tenga, cualquier apasionado del cine sabe quién es Errol Flynn porque sigue presente en la sonrisa de cualquier Robin Hood posterior al suyo (¡Oh, lo que me hubiese gustado verlo dándole la réplica a un estupendo Nottingham encarnado por el genial Alan Rickman!), en los bailecitos de esgrima de cualquier peli de piratas que se precie o en la sonrisa traviesa de aventureros y héroes de regusto clásico como Ivanhoe, Indiana Jones, el Zorro, Han Solo, Willow, William Turner, el Rick O’Connell de Brendan Fraser o incluso el Batman de Michael Keaton.

Fotograma de Las aventuras de Robin Hood (1938)

Fotograma de Las aventuras de Robin Hood (1938)

  Algo menos caustico que los personajes de Humphrey Bogart y con más sentido del humor que los de William Holden o Charlton Heston, a Errol Flynn era ponerle una espada en la mano, despeinarle con la brisa de su galeón o con galopes a caballo por sus bosques, con la música de fondo del gran Max Steiner o de Erich W. Korngold(2), y estabas suspirando con la sonrisa puesta por las peripecias de este eterno galán en busca de justicia para los débiles y castigo para los malvados. Porque Flynn hasta de pirata tenía sus principios morales y sus antagonistas malos-malísimos a los que castigar con su florete (que bien le enseñó el maestro Bob Anderson a repartir estoques).

   La semana pasada mi buena amiga Isi —rendida fan de esa gran novela clásica de aventuras que es La princesa prometida— publicaba en su blog una simpatiquísima entrada sobre Cary Elwes, el protagonista de la magnífica adaptación cinematográfica que hizo Willliam Goldman del libro.

Fotografía original de Isi. Puedes visitar la entrada de la autora en castellano o en inglés

   Fue ver la fotografía de la portada del libro de Elwes, en el que comenta anécdotas del rodaje, y me entró una nostalgia terrible de Errol Flynn. Y es que el personaje de Westley encarnado por Elwes —que curiosamente también tuvo al gentleman Bob Anderson como maestro de esgrima y que sería un magnífico Flynn si se rodase un biopic del actor australiano—, valiente, honorable, simpático, ingenioso, hábil con la espada, de mirada pícara y capaz de enamorar con su sonrisa y su arrojo a la bella princesa, es exactamente el tipo de papel que hubiese desempeñado con soltura y toneladas de encanto el héroe romántico por excelencia en la pantalla grande del siglo XX; toma nota, querido Bloom(3): Errol Flynn.

(1) El señor de los anillos. La comunidad del anillo, 2001. Película dirigida por Peter Jackson. Espectacular adaptación cinematográfica de la obra maestra de J.R.R. Tolkien. Orlando Bloom interpretaba a Legolas y Viggo Mortesen a Aragorn.

(2) Max Steiner y Erich Wolfgang Korngold fueron dos reputados compositores de bandas sonoras cinematográficas en el Hollywood de principios y mediados del siglo XX. Para más información, el artículo de Cine en la Sombra de Enrique Dueñas (http://www.elcineenlasombra.com/el-cine-fantastico-de-aventuras-y-la-musica/)

(3) Evidentemente me refiero a Orlando, no a Harold. Harold Bloom me hubiese dicho —con una impecable gramática, eso sí— que el verdadero héroe romántico de todos los tiempos es William Shakespeare, y que Flynn no hubiese quedado del todo bien en las calzas de Hamlet.

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