Simulados V. Recuerdos


recuerdos   Abrió la puerta con la esperanza de verle situado tras la ella. Aún no estaba segura de cómo lo hacía, pero su hijo siempre se encontraba tras la puerta. Quizá oyese sus pasos en la escalera, quizá el ruido de las llaves contra la puerta. Lo cierto es que nunca se le escapaba cuándo mamá iba a abrir, y se quedaba aguardando en la oscuridad del pasillo. Siempre acudía, y presentaba la misma cara.

   Algo más alto que los niños de su edad, a Carlos le faltaban dos dientes: un incisivo y un colmillo. Era, a simple vista, lo primero que uno era capaz de observar cuando los grandes dientes de leche que ain le quedaban en la boca brillaban en la penumbra de la entrada de la vivienda.

   ―Hijo, todos los días igual, te vas a quedar ciego.― Enma encendió la luz y el resto del pequeño Carlos apareció.

   Aunque disponía de un armario repleto de ropa, acostumbraba a llevar una holgada camiseta deportiva, gris, que dejaba a la vista el tronco y el cuerpo aún jóven, asexuado y pálido de una niño de cinco años.

   Enma entró a la vivienda y, antes de cerrar la puerta, abrazó a su pequeño como quien lleva una gran temporada sin ver a su hijo. Una vez leí sobre cómo los soldados volvían a casa, bien confusos y desorientados, uraños antes personas escondidos dentro de sí mismos, bien humanos que daban valor a lo importante.

   Enma habría sido de los segundos si hubiese ido a la guera. Lejos de eso, tan solo había estado unas horas fuera. Había repetido el ejercicio de bienvenida de manera idéntica a diario dutante los últimos quince años. Era incapaz de desprenderse de su pequeño.

   Cerró la puerta, cogió a su hijo de la mano y fueron a la cocina. Pasaron las horas cocinando para la cena. Ella le guiaba en todo, consciente de que él sabía los procedimientos y recetas mejor que ella misma. A mitad de tarde ya habían preparado la cena, que reposaba sobre la encimera a la espera de la hora oportuna.

   ―Vamos a prepararte la merienda, o no crecerás.

   ―Pero yo no crezco.

   ―Oh, claro que lo haces, mira.― Enma levantó a su hijo para sentarlo sobre la encimera― ¿Ves? Cada vez me cuesta más.

   De no ser por aquellas pequeñar bromas, supongo que Enma se hubiese derrumbado hacía años. Carlos reía contento cada vez que algo así se repetía día tras día. Daba igual cuántos años hubiesen transcurrido de tiempo real, su mente no iba a madurar nunca. Supongo que por eso era tan fácil tratar con él.

   Laura irrumpió en la vivienda sin usar ninguna puerta. El aire se combó ligeramente tras su aparición. Era la viva imagen de su madre, y ahora lucían exactamente igual con la salvedad de la barriga hinchada de Laura, que anunciaba uno más a la familia. Laura, a diferencia de su madre, conservaba como imagen especular su imagen residual sin una sola modificación. Enma, sin embargo, aparentaba quince años menos de lo que había cumplido durante el tiempo lento.

   Laura cruzó el pasillo hasta el salón y entró de mala gana. Era la tercera vez esta semana que encontraba a su madre en con el pequeño Carlos, y la situación la ponía de los nervios. Aquello no era natural. Acarició la piel sobre su futuro hijo, sobre una persona real.

   Como hija segunda siempre había sentido hacia su persona una falta de cariño acentuada por la imagen

   ―¿Has hablado con papá?―preguntó Laura. Su cuerpo maduro chocaba con el de su hermano mayor, eternamente jóven―. Está preocupado por ti. Mamá, aún te quiere.

   Laura acababa de cumplir 31 años y por fin se había independizado de sus padres. Huído de aquella relación destructiva que pugnaba por tragarse la alegría de su vida y de hundirlos a los tres en un abismo. Aún así, era incapaz de abandonar a sus padres a la suerte que ellos mismos habían elegido.

   ―Hija, si me quisiese tendría que querer a todas mis hijas― Enma puso cara de indignada, la misma que Laura había heredado. Carlos, sin embargo, observaba la discusión atónito. En su juventud, era incapaz de localizar la fuente del problema. Para él, su hermana menor y su madre tan solo se comportaban como solían.

   Carlos observó a su hermana. Recordaba los cambios sufridos a lo largo de los años, pero su mente era incapaz de  focalizar el núcleo de la disparidad de edad. En su eterna juventud, en su mundo, Laura crecía hasta madurar mientras que su madre y él se mantenían estáticos en el tiempo. El mundo era así, y no había por qué cuestionarlo. A fin de cuentas, llevaba siendo así desde que tenía memoria. Nadie cuestiona su entorno si no ha visto nada diferente.

   Carlos recordaba de los otros niños de su edad como un bebé conoce el olor de la papilla. Para él, el mundo estaba formado por su hermana y su madre. El olor del patio de juegos era una eterea reminiscencia pasada, la vivencia onítica del sueño de una vida anterior. Una vida de la cual apenas sí recordaba movimientos fugaces.

   El pequeño sonrió a su hermana menor y ésta pasó sus manos por una de las trenzas. Laura no podía resistirse a jugar con Carlos y a mostrarle cariño. A fin de cuentas, era demasiado real.

   ―Estás igual de guapo que siempre, pequeñajo―miró a su madre―. ¿Verdad que está igual de guapo?―Recalcó las últimas palabras mientras su madre la ignoraba.

   Tras la visita de quince minutos y la discusión que siguió, salió de la simulación. La mano de su padre apretó la suya, y le ayudó a incorporarse y a retirar el halo, que brillaba sobre la cabeza de su hija.

   ―¿Cómo está tu madre?

   Papá vivía en un pequeño apartamento junto al bloque de Enma. Formalmente, no habían roto, ni estaban separados. Tampoco estaban juntos, y habían vivido en este limbo desde la muerte del pequeño Carlos.

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Simulados I. Unidad de detección de delitos en entornos simulados

Simulados II. Los simulados también son personas

Simulados III. …y por eso todos los planetas saben a pollo

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2 Comentarios

  1. Arcady
    13/07/2017 at 1:22 pm — Reply

    Buenos días,

    ¿Habrá más entregas de “Simulados”?

    Me encantan (cada uno a su modo) y hace mucho que no encuentro ninguno nuevo.

    Muchas gracias y un saludo,

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