Ya han empezado a llover mails, e incluso WhatsApps. Desde hace unos días, escribo en mi blog personiprofesional un relato breve y, en ocasiones, no tan breve, sobre ciencia ficción. Y ya me han empezado a llover críticas. Por fortuna, muy buenas hasta la fecha.

   Aunque el grueso de las preguntas tienen relación con cómo consigo esa cantidad de palabras diarias, también hay alguna sobre el entorno que dibujo en mis relatos, el marco sobre el cual subyace la historia. Sobre la civilización y cultura tras el personaje, tan o más presente que los protagonistas de la historia.

   Supongo que, en ocasiones, los escritores podríamos sentirnos culpables con el modo en que obtenemos las palabras que debemos (y el verbo de obligación está siendo usado del modo correcto) encajar en el folio. Cuando me preguntan de dónde obtengo material para tanta historia, trato de ser lo más sincero posible: el material no es mío, lo he copiado. Pero no tengo ni la más remota idea de a quién se lo copio.

   Las escenas, como si de una película se tratasen, aparecen proyectadas en mi cabeza junto con los datos necesarios para conocer al instante todo aquello que está ocurriendo en ese preciso momento…y en cualquier otro lugar y tiempo de esa realidad imaginada.

   Los personajes son capaces de transmitir en qué circunstancias viven o piensan, y existe una línea directa con la historia en cualquier dirección. Con todo lo que ocurre en su universo. De este modo, el control es absoluto en cualquier tiempo y espacio, como si de un holo en tres dimensiones se tratase.

   Irrumpir en cada vida de cada habitante en el momento y lugar deseados da toda la información necesaria para escribir sobre su mundo. Incluso si este es inventado.

   Puedo avanzar hacia delante en sus recuerdos, saber de primera mano lo que le ocurrirá antes de que el personaje sepa siquiera que tendrá un futuro por delante. Junto a cada rostro y objeto de esa realidad alternativa, un puñado de metadatos indizan entre sí el mundo. La navegación por ese panel es absolutamente intuitiva. Solo necesito pensar en lo que quiero saber para que la información aparezca de manera inmediata en mi cerebro. Las personas creen que los autores de ciencia ficción inventan y crean mundos. Bueno, no puedo hablar en nombre de todos ellos, claro. Pero puedo hablar en mi nombre, y decir que soy el creador de algo de lo que escribo no sería correcto.

   Recuerdo la figura del narrador omnisciente de las clases de lengua, años atrás . Pero no podría considerarme tampoco uno de estos narradores, sino que para ser francos yo me encuentro más del lado del cronista o del reportero: yo registro aquello que veo y lo plasmo en un papel. Y eso, como se suele decir, es todo. No creo esa realidad, solo la visualizo y la grabo a través de las palabras.

   Soy un mero revisor de mi propia obra, que se construye ajena a cualquier tipo de voluntad que pudiese tener, con la salvedad del uso de las palabras precisas. Eso es lo único que se me permite modificar, las palabras elegidas para una acción que es la que es, sin posibilidad de intervención. Las historias suceden ellas solas.

   Al principio, estas aparecen como la bruma. Son simples mecanismos dispersos en un espacio entre varios segundos, un lunes cualquiera. Si los focalizo, soy capaz de visualizar los contornos de las historias, relatos dentro de los mismos, personas y sus crónicas. La niebla da pie a formas sólidas cuyas vidas transcurren ajenas a la mía.

   Ese es el secreto tras la robustez del relato: el relato ya ha ocurrido, y yo solo plasmo los hechos sobre un papel.

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