Como consecuencia de visitar la casa de un familiar, me di cuenta de un hecho horrible: el total de la biblioteca disponía de una enorme capa de polvo. Pero una a nivel industrial, estamos hablando de medio dedo de polvo, posado ahí durante lo que considero que han sido décadas de no lectura. Pero, claro, es una biblioteca que ocupa una pared al completo.

donante de libros

   Pensé «Qué desconsideración para con el medio ambiente, qué locura y desperdicio, qué absurdo de posesión». ¿Para qué querría nadie almacenar tal cantidad absurda de libros que no podrá leer nunca más? ¿De qué sirve poseerlos si no es para haber gastado papel?

   Cierto, estoy en un blog donde los bibliómanos somos más que los simples lectores. Tranquilos, la primera crítica va para mí, porque al volver de nuevo a casa con la idea en la cabeza, fui derecho a contar los libros que había en mi cuarto. No, no hablo de la biblioteca familiar en la que en ocasiones guardo los libros que no me caben y que ocupa dos paredes de la habitación más grande de la casa (del suelo al techo, apilados en baldas, en ocasiones con dos o tres fondos). Hablo de mi biblioteca privada.

   Tengo 542 libros en mi cuarto. Y entonces lo vi. Vi una casa atiborrada de libros con cientos de anotaciones sobre ellos forrando las paredes de la vivienda que aún no he comprado. Veo el polvo de los años depositándose sobre libros que nadie leerá, quizá nunca, hasta que los propios libros acaben deteriorados e irreconocibles tras el paso del tiempo. Y me di cuenta de que este familiar al que criticaba era exactamente igual que como soy yo ahora. Por algún motivo, tuve que comprar esos volúmenes en lugar de alquilarlos, de cogerlos de una biblioteca o de descargármelos en una aplicación tipo Kindle.

   Y me di cuenta de que, si no hago algo pronto, ese futuro será espiado por un futuro familiar que aún no ha nacido y pensará «Caray, qué desconsideración para con el medio ambiente, qué locura y desperdicio, qué absurda posesión».

   Me considero, lo he hecho desde hace años, una persona verde y en línea con el medio ambiente. Gasto aquello que necesito para vivir, y poco más, tratando de reducir mi impacto sobre la Tierra. Pero, por algún motivo, los libros y la tala de árboles que le preceden quedaban exentas de la norma de un cuidado planetario.

   De modo que he tomado una decisión. Voy a donar el grueso de mis libros. No tiene ningún sentido poseer tantos volúmenes que nunca volveré a leer. Quizá, así, acaben en la mente de alguien que pueda llegar a disfrutarlos. Yo he elegido esta librería a la que llevarlos porque hace tiempo que la visito. Pero supongo que cada uno podrá hacer lo que estime más conveniente con su propiedad.

   Este no es un artículo convencional. No trata de enseñar algo curioso sobre el mundo de los libros más allá de la opulencia literaria en la que vivimos y que nos rodea. Es un artículo reivindicativo para que te conviertas en donante de libros y ayudes a un planeta al que le cuesta cada vez más respirar.

   Espero no haber ofendido a nadie. Comparte si estás de acuerdo y utiliza la casilla de comentarios si crees que discutir es divertido 😉

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