18H   ¿Podría el canario Piolín apreciar la belleza del gato Silvestre? En tanto que son los animales más cercanos a nosotros, encontramos a nuestras mascotas armoniosas, agraciadas o bellas. Su pelaje, el color de sus ojos y su gracilidad despiertan en nosotros sentimientos estéticos que les individualizan frente al resto de sus congéneres. Para su desgracia y como consecuencia de vivir entre humanos y alejados de su entorno natural, estos humanizados especímenes lucen vistosos collares, esmalte de uñas o lazos que rematan estrafalarios peinados. Así pues, es un hecho que nosotros los humanos estimamos que algunos animales son bellos o tratamos de embellecerlos según canones de dudoso gusto y escaso acierto.

   La estética ha estudiado desde hace siglos la relación del ser humano con lo bello. También ha sido objeto de esta disciplina filosófica la teoría de arte y la experiencia artística, que incluso en el s.XX aceptó la belleza de lo feo y lo grotesco. Pero, ¿y los animales? ¿Son capaces de captar y apreciar las belleza? A medida que pasan los años y conocemos más y mejor a los animales, van cayendo una a una todas las barreras que tradicionalmente nos separaban de ellos, si bien parece que persiste, hasta nuevo aviso, el hecho de la autoconciencia.

   Parece probado que los animales prefieren unos trinos a otros, un plumaje o un olor, y que eligen una performance de cortejo entre las varias ofrecidas. Pero los escollos frente a una posible sensibilidad de los animales respecto a la belleza surgen como piedras que dificultan el camino. La ciencia ha demostrado que los animales perciben un mundo muy distinto del nuestro, pues sus sistemas sensoriales son infinitamente variados y desde luego muy diferentes. Ya Nagel con su célebre artículo de 1974 Cómo es ser un murciélago, demostró que las percepciones de las distintas especies son absolutamente intransferibles y que nunca sabremos qué percibe un murciélago por el simple hecho de que no poseemos nada remotamente parecido a la ecolocalización en nuestro sistema perceptivo.

   Toda mi fantasiosa especulación se vino abajo cuando consulté a un amigo veterinario. Su tesis en contra de la apreciación de la belleza consiste en mantener que la ésta surge gracias a la inutilidad o el desinterés (mi amigo tiene una vis filosófica innegable). Si una hembra de ave fragata prefiere a un macho en vez de a otro no es porque aprecie el bello color rojo de su bolsa gular hinchada, si no porque el pigmento rojo le informa de su bajo grado de parasitación. O ese pavo real que llega a su madurez sexual portando una cola que pesa el doble que él, resulta ser un espécimen fuera de serie que no tendrá problemas para encontrar pareja.

   En definitiva, parece que Piolín no pudo haber visto un lindo gatito sino más bien a un amenazante felino dispuesto al ataque.

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