Este artículo me ha venido a la mente mientras leía un libro (imaginaos lo peligroso que es no saber qué hay tras la siguiente página).

   Cuando la gente piensa en Shakespeare o cuando viaja a Londres, piensa en un magnífico escritor que revolucionó el teatro, la prosa y el verso, piensa en una ciudad encantadora de cultura radiante. Yo pienso en el olor a orín, la peste, las tripas de cerdo por las calles y al populacho lanzando sus desperdicios (sin importar el estado físico en que se encontraban) a la calle.

libro abierto

Libro abierto

   Tanto Londres como su dramaturgo más famoso no me traen recuerdos especialmente buenos, y la culpa la tiene un libro. Ilión y Olimpo (Dan Simmons) tienen un pasaje que explica a la perfección la vida del autor por las calles de un Londres embarrado propenso a los atascos por lluvia. Atascos en que eran necesarias patrullas que limpiasen de heces y tripas las calles, y que arrojaban a un pestilente Támesis todo lo que se encontraba sobre los adoquines.

   Aquél libro consiguió hacerme ver Londres desde una perspectiva completamente nueva y nada frecuente, ya que hoy en día la ciudad es una de las más limpias y cívicas del mundo, pero una que no puede huir de un pasado que es el único que recuerdo por culpa de aquél libro. El problema era lo bien expresado que estaba. Casi podía sentir la fragancia de la pestilencia que reptaba por las calles.

   Del mismo modo, Barcelona es para mí la cuna del miedo a las sombras gracias a otro libro, esta vez de un autor español, que describe a la perfección el miedo y la soledad de algo que no ha ocurrido –a diferencia del Londres shakesperiano– como es una invasión extraterrestre. En Pandora Despierta, Pau Varela (como ya se ha mencionado aquí alguna vez) muestra la cara de un terror encerrado en una ciudad consumida por la sombra de la nave que la cubre parcialmente, vapuleada por la horda de criaturas que vagan por sus calles buscando más humanos a los que masacrar.

   Resulta curioso que acudiese por primera vez a Barcelona unos días antes de empezar a leer la novela, y que la misma me obligase a volver un par de semanas después para acabar leyéndola sentado junto a la Fuente Mágica del Monjuic, en la novela un paisaje desolado y medio derruído cubría mis ojos de la vista real. Barcelona está en ruinas, y es por culpa de un libro.

   Cuando los libros describen paisajes y anécdotas, parte de ellas pasan a interiorizarse casi por completo, haciendo la realidad parte de la fantasía o pasado que narran. La esencia del libro pasa a impregnar una memoria ya bastante manipulada para terminar por alterar la realidad en la que vives.

   Decir que los libros nos cambian es ser sincero, pero he venido a abrirme para decir que los libros redibujan la línea de la vida por la que nos movemos, el sendero que caminamos y que nos lleva al lugar donde acabamos. Cada libro es una bomba de relojería esperando cambiar tu vida, y aunque estos sean la minoría, cada uno de ellos la hará girar un poquito hacia el lugar donde esta acaba. Leer es un riesgo, y un placer, pero hemos de ser conscientes en cómo un libro afecta a nuestro futuro, y en lo poco que podemos hacer nosotros por cambiarlo una vez que hemos leído ese libro, ese que tiene la culpa.

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