Lo que ocurre con las reseñas compradas es que no son sinceras, y yo buscaba la mentira más falsa posible para hacerme con unas monedas que nunca vería en mi mano. A cambio de una lectura diagonal, en mi cuenta aparecería un crédito que iría directo al plástico que pasar en el comercio que acabaría por quedárselo. Por suerte, se me propuso un trato diferente, y se me regaló un libro.

Kokoschka

   «Otra vez que no me pagan por trabajar» pensé, aceptando el libro con la curiosidad de quien está interesado en todo, sin darme cuenta de que era precisamente eso lo que contenía el libro en forma de laberinto. Y era sencillo. Leer un libro regalado a cambio de una reseña sincera, dejando aparte un dinero que de todos modos iba a pasar lejos de mis manos. De manera que lo acepté del modo en que se acepta el mundo últimamente, con la esperanza de que el día siguiente no será este, y que quizá este trabajo, por pequeño que fuese, llamaría a otro trabajo.

   Hoy, finalizado el libro, echo las manos a la cabeza y tiemblo de vértigo cuando me da por pensar en un pasado alternativo en que nunca acepté el trabajo de leer la Muñeca de Kokoschka, como ocurre con esa sensación que dan aquellos que ya se han ido en los primeros segundos del día, esos segundos en los que percibes que no volverás a dirigirles la palabra. La imposibilidad de hacer algo, como es el hablar con quien ya no está para escucharte, le llena a uno de miedo hasta arriba, como se llena este libro de historias de historias. El pensar que pude haber perdido la oportunidad de disfrutar de su lectura, de que hay un universo en el que no he aprendido con él, me aterroriza. Tal es la calidad del escrito.

   Supongo que hay varios modos de escribir reseñas y uno, inexperto como es, tiende al modo analítico que mide longitud, estructura o tema. Pero es difícil de medir dimensiones que lo abarcan todo y, en este sentido, La muñeca de Kokoschka parece abarcarlo todo. De modo que ahí estaba el inicio de una reseña diferente sorprendiéndome la mañana siguiente a la conclusión de un libro que en realidad no acaba nunca, apenas horas después de haber sido prestado.

   La muñeca de Kokoschka no es un libro ordinario, e incluirlo en una reseña de tales características es más absurdo aún que un insulto o una falta de respeto. Es un sinsentido, como los pájaros dentro de las jaulas en una ciudad con toneladas de bombas cayendo sobre sus cabezas. Así, al menos, empieza el libro que no tiene final, lleno de metáforas, impregnado de religión que no resulta atosigante en la fe que portan personajes que ha sido perfectamente cosidos a las hojas, y que puedes ser tocados con las yemas de los dedos como si de puntadas reales se tratasen. Dudas incluidas.

   Cubismo, guerra, nacismo, religión y humanos encerrados en jaulas para pájaros que ellos mismos han logrado construir a su alrededor con un gran esfuerzo personal. La muñeca Kokoschka es una caja himitsu-bako que se empeña en permanecer cerrada incluso unas horas después de haber terminado su lectura, momento en que se despliega en forma de puzzle matrioska. En el fondo, dentro de la muñeca que no se abre, se encuentran todos los pájaros del señor Vogel, personaje por el que empieza la historia que, en realidad, no tiene un principio definido.

   El libro arranca contando lo que ocurre a Bonifaz Vogel en el día a día de una guerra absurda, como lo son todas las guerras. Pero la historia del libro no trata de eso, como no trata de casi nada de lo que aparece en el libro. La historia tras este volumen es demasiado amplia para sus páginas, y tiende a escaparse de la jaula de la que los pájaros no quieren salir, aun a pesar de una enorme puerta abierta en la portada. ¿Quién quiere salir de su propia prisión, verdad? Bonifaz Vogel es tan solo la excusa para poder contar algo mucho más amplio.

   Reconozco que, en mi ignorancia e incomprensión, los dibujos que aparecen en el texto desentonan y entorpecen una lectura fluida y vivaz, de las que consumen las páginas y antes de que comprendas lo que ha ocurrido te encuentras asido a la tapa trasera del libro preguntando cómo ha podido pasar. Cómo se ha podido llegar al final de un modo tan abrupto y sin señales de que aquello iba a ocurrir.

   El autor escribe por olas, cada una llegando un poco más allá que la anterior, marcando en la arena del significado la historia que trata de no borrarse de la memoria. Así, construye un universo sobre los fragmentos del universo ya mostrado, y cada objeto y persona mencionada constituye un nuevo apoyo para la realidad que desvela. Una que atrapa desde sus primeras líneas.

   Aventuras del día a día de unos personajes que se confunden con las personas y que nos hace preguntarnos si el pasado fue un lugar más ajetreado, quizá acostumbrados a una vida en la que lo tenemos todo y en la que faltan más autores como Alfonso Cruz.

   La Muñeca de Kokoschka es un libro que me ha encantado, por resumir y poner punto final a algo que solo se soluciona, como dice el autor, con una puerta horizontal.

 

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