Friedrich Wilhelm Murnau

Friedrich Wilhelm Murnau

   Friederich Wilhelm Murnau es uno de esos personajes rodeados de misterio. Su obra está llena de simbolismo y su película Nosferatu lo elevó a los altares, haciendo de él un director conocido y reconocido en todo el mundo. A él le debemos la estética tan peculiar de los vampiros clásicos. Murnau siempre ha estado rodeado de cierto halo de leyenda, no solo por la temática de sus películas, también por las circunstancias que rodearon su muerte.

   Hace poco regresó inesperadamente a la actualidad cuando alguien profanó su tumba y robó su cráneo.

La leyenda de Murnau

   Murnau siempre fue especial. Era rico, muy muy rico, creció rodeado de buena literatura y cuando fue mayor comenzó a dirigir sus primeras obras de teatro en su mansión. También era extraordinariamente alto, alcanzando más de dos metros de estatura. Además, Murnau fue un valiente, durante la Primera Guerra Mundial llegó a ser Comandante de Aviación y fue derribado 8 veces en combate.

   Murnau se formó trabajando en el teatro, siempre a la estela del prestigioso director de teatro Max Reinhardt.

   En el cine comenzó dirigiendo algunas películas que pasaron más o menos despercibidas. Todo cambió tras Nosferatu, una sinfonía del horror en 1922, una obra maestra del cine y precursora del cine de terror. Con Nosferatu, Murnau entraba a formar parte de ese grupo de directores que dieron forma al Expresionismo alemán, su película estaba llena de simbolismo, con fuertes contrastes de luz y oscuridad, como El Gabinete del Doctor Caligari.

   Nosferatu comenzó con mal pie, pues la viuda de Stoker reclamó los derechos de autor sobre Drácula, ya que el film es una adaptación bastante exacta del libro de su fallecido esposo. La viuda ganó y además del dinero exigió que se destruyeran todas las copias de la película, por suerte era un éxito internacional y muchas sobrevivieron hasta nuestros días.

   Cosechó muchos éxitos tras Nosferatu siguiendo con esa estela de cine extraño y lleno de símbolos. Su obra maestra Fausto el abrió las puertas de Hollywood, allí revolucionó el cine moderno con Amanecer, una película que cambió el cine y la visión del cine que se tenía en Estados Unidos, forjando la carrera de directores como Ford.

   En su vida personal no lo tuvo fácil, a su alrededor corrían muchas leyendas y habladurías. No le resultó nada sencillo encajar dentro de la dinámica de la industria del cine, no se sentía cómodo en ella, además, era bisexual lo que en la época suponía una grave condena por parte de la sociedad americana. Murnau murió en un accidente de tráfico, Kenneth Anger, en su libro Hollywood Babilonia, asegura que lo provocó él mismo al hacerle una felación a su criado filipino mientras conducían. A su funeral apenas acudieron una docena de personas, entre ellas Fritz Lang, su más fiel amigo, y Greta Garbo.

   Quizá esto parezca muy triste, pero estoy convencido que a Murnau, esté donde esté, le entristece mucho más saber que de todas sus maravillosas películas solo se conservan la mitad.

La calavera de Murnau

   Como escritor no me cuesta mucho imaginar la situación; un cementerio rural en medio de un espeso y oscuro bosque alemán, alguien (o más de un alguien) cortando la pesada y oxidada cadena que mantiene cerradas las pesadas puertas de hierro del lugar. El corazón latiendo deprisa, algunas miradas furtivas en mitad de la noche y esa sensación extraña, cuando la excitación hace que se te llene la boca de saliva. La cadena salta con un !pling!, otra mirada furtiva y se guardan las tenazas en la mochila. La puerta se abre con un ligero chirrido y varios pies corretean sobre la húmeda hierba del camposanto. No dudan porque saben donde se dirigen, a un lado del cementerio, entre unos grandes árboles, levántadose sobre las humildes lápidas de sus hermanos está el busto en bronce de Murnau.

   Fuera quien fuera el que robó su calavera sabía a lo que iba, cuando la policía llegó al cementerio el sarcófago apenas había sufrido daños, el que robó la calavera fue directo a por ella. No era un juego de niños, no era un grupo de adolescentes jugando a ser satanistas, era alguien que quería la cabeza de Murnau… ¿Para qué? Eso es otro tema.

   La cabeza de Murnau fue privilegiada en vida, de ella nacieron términos cinematográficos que hoy damos por sentados como el travelling, las cámaras subjetivas o los usos expresivos de los encuadres, él se atrevió a rodar en parajes naturales cuando las películas estaban condenadas a rodarse en platós cerrados. Por eso no es de extrañar que alguien quiera tenerla a su lado. No podemos evitar pensar en la fascinación que debe provocar en su dueño.

Insignes calaveras

   Pero el de Murnau no es el primer cráneo en ser sisado por los asaltadores de tumbas, ni mucho menos. Robar el cráneo de los hombres y mujeres ilustres de nuestra historia es una práctica bastante habitual y casi tan vieja como la misma humanidad.

   Entre las calaveras famosas que han sido sustraídas de sus lugares de descanso figuran la de Goya, que se perdió cuando sus restos fueron trasladados de Francia a España. Las de músicos de tanto renombre como Hayden o Mozart que fueron usadas en aquel macabro arte llamado frenología. También la de Descartes sufrió esta suerte, llegando a ser marcada con las iniciales de sus distintos dueños.

   El de Murnau, en el fondo, no pasa de ser un caso más entre todos estos. En la antigüedad estas cabezas ilustres terminaban en las consultas de médicos y psiquiatras que se dedicaban a la frenología, hoy en día nadie sabe a ciencia cierta qué pasa con esos cráneos… ¿Son trofeos? ¿Obras de arte? ¿Mascotas? ¿Se usan en rituales? Poco sabemos del destino final de estos cráneos, aunque en el caso de Murnau es un párrafo más que ayudará a engrosar su ya de por sí misteriosa leyenda.

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