“Desde hace tiempo se cree que el auténtico carácter del hombre puede encontrarse en sus cartas y que quien escribe a un amigo le abre el corazón (…). Pero lo que nos ocultamos a nosotros mismos tampoco lo mostramos a los demás. En efecto, no hay transacciones que ofrezcan más tentación para la falacia y la sofisticación que el intercambio epistolar.” Samuel Johnson, “Vida de Pope”

   Pese a todos los hallazgos arqueológicos acaecidos hasta la fecha, la carta más antigua que se conoce sigue siendo una carta ficticia y aparece en la Ilíada de Homero, fechada en el siglo VIII a.n.e. Cuenta Simon Garfield en su estupendo libro Postdata (1) que se trata de la carta que escribe Proteo vilipendiando a Belerofonte para vengarse de él por haber intentado seducir a su esposa Anteia. Dicha carta debe ser entregada por el propio Belerofonte al padre de Anteia, de manera que es el pobre mensajero quien va al encuentro de su perdición.

   Garfield repasa con mucho sentido del humor y buenas anécdotas la historia de las cartas en occidente pero también el género literario epistolar y, muy especialmente, las magnificencias y miserias de la correspondencia privada de los escritores a lo largo de los siglos. Sorprende, por ejemplo, la brillantez de Oscar Wilde, que una vez finalizadas sus misivas, las metía en un sobre, pegaba el sello, especificaba remitente y receptor, y las tiraba por la ventana de su casa de Chelsea, confiando en que cualquier transeúnte las recogiera y las llevara a correos al ver que iba firmada por él. Lo sorprendente es que le daba resultado y se ahorraba mucho tiempo en sus labores epistolares. Seguramente el lector coincidirá conmigo en que esto solo funciona si eres Oscar Wilde.

   Por muy mal que te caiga Cicerón, las cartas a su amigo Ático (s. I a.n.e) son una verdadera delicia en todos los sentidos, no por nada el recalcitrante abogado romano reconocía que le costaba más trabajo mantener en la boca un comentario ingenioso que un ascua ardiente. Las de Séneca son instructivas y llenas de lecciones vitales (Séneca es el primer escritor de libros epistolares de auto-ayuda de la historia), las de un jovencísimo Marco Aurelio desfallecen de amor y lujuria por su preceptor y las de Plinio el Joven son entretenidas y conmovedoras (sus cartas a su tercera esposa, Calpurnia (2), son las únicas epístolas de amor que se conservan de esa época). Las cartas de Petrarca son estupendas —pero no tanto como él mismo se cree—, y las de William Shakespeare brillan por su ausencia. Es una lástima, pero no se conserva ni una sola misiva personal del bardo.

Imagen 1. Carta Austen

Jane Austen escribe a su sobrina Cassandra (1807). Su manía de escribir en horizontal y vertical sobre la misma página da una idea aproximada del dolor de cabeza que debían producir sus cartas.

   Dejando aparte las geniales frases de los grandes dirigentes históricos (Napoleón, en 1810, después de casarse con María Luisa de Austria, le escribe a Josefina “Me cuentan que te has puesto gorda como una granjera normanda“), resultan sorprendentes las divergencias o las excentricidades de los grandes novelistas y poetas en cuanto a pergeñar cartas privadas se refiere. El caso más notable es, seguramente, el de Jane Austen. Pese a la importancia que tienen las epístolas en la trama y en el argumento de casi todas sus novelas, y a la agudeza, humor e ingenio de sus obras, la correspondencia privada de la escritora es sosa, aburrida e impropia de una señora a la que se supone cierto nivel cultural, intelectual y de clínica observación social. E.M. Forster, enamorado de las novelas de Austen, asegura que sus cartas son un compendio de “trivialidades, salpicadas de mala educación y sentenciosidad“.

   Aunque los expertos en Austen (3) buscan explicaciones diversas para conciliar a la ingeniosa escritora con la aburridísima y pazguata escritora de cartas (hay diversas teorías al respecto), lo cierto es que sigue siendo un misterio la notable discordancia entre ambas versiones de la misma persona. En 1801, Jane Austen escribía a su sobrina Cassandra asegurándole que ya dominaba a la perfección el arte de la escritura de cartas, “que, según siempre nos han dicho, consiste en expresar sobre el papel exactamente lo que querías comunicar a la otra persona de palabra.” Pues, si esto es cierto, querida Jane, conversar contigo debía ser terriblemente soporífero.

   Lejos de ser aburrido o superficial, Ernest Hemingway es capaz de escribir a sus amigos desde España “Quiero más toros, pelear más y mejor, follar más y mejor“. Cartas, por otro lado, que reciben más de una mirada reprobatoria del lector actual cuando reparan en sus comentarios xenófobos, entre otras lindezas. En el polo opuesto están las cartas de Emily Dickinson, que eran tan poéticas, enigmáticas y espirituales como su propia escritura (4). Dickinson estaba convencida de que el correo era un vínculo celestial para las personas y fue una de las primeras precursoras de los clubs de lectura por correspondencia. Victor Hugo tiene el récord de haber escrito la carta más corta de la Historia cuando, preocupado por las ventas de Los miserables en París, escribió a su editor “?“; a lo que el editor, sorprendido por la buena acogida de la obra, respondió “!“.

Imagen2. Invento Carroll

El Wonderland Case for Postage-Stamps inventado por Lewis Carroll en 1888

   De Anthony Trollope se decía que era más cartero que novelista y las malas lenguas de la época —seguramente alentadas por el envidioso de Henry James— decían que sus novelas eran tan aburridas porque sufría going postal (5); síndrome que seguramente inspiró a Herman Melville para su Bartleby (6). Y si Trollope fue un gran entusiasta y promotor de ese gran avance postal que supuso el buzón de correos, Lewis Carroll inventó el Wonderland Case for Postage-Stamps, una pequeña carterita de piel con departamentos para los sellos de diferente valor que además se vendía con dos ilustraciones inéditas de Alice in Wonderland y algunos consejos del autor sobre cómo escribir cartas (lo curioso de este librito de instrucciones postales es que Carroll aconsejaba desde el supuesto de que su lector no había escrito jamás en su vida una carta).

   Excéntricos, aburridos, estetas, enamorados, perfeccionistas, aleccionadores… Los escritores y poetas posan la pluma con la que han estado creando sus obras literarias y hacen un receso para escribir a amigos y familiares; y, en muchos casos, sus cartas son tan o más interesantes que el resto de sus trabajos. Quizás su correspondencia ayude a los lectores de este siglo a comprender mejor el genio detrás del escrito o quizás no contribuya más que a derribar un poquito a algunos ídolos con pies de barro. En todo caso, el libro de Simon Garfield apasionará a los lectores más curiosos.

 

(1) GARFIELD, Simon: “Postdata. Curiosa historia de la correspondencia”. Editorial Taurus, 2015.

(2) “No te imaginas el anhelo de ti que me posee” escribe Plinio a Calpurnia.

(3) Simon Garfield hace referencia a estudiosos de la obra y de la personalidad de Jane Austen como E.M. Forster, David Nokes o John Mullan.

(4) Exceptuando la lujuriosa correspondencia que mantuvo con su cuñada Susie.

(5) El término inglés going postal se popularizó a raíz de que varios carteros, enloquecidos por la monotonía de su trabajo, se volvieron locos y protagonizaron algunos tiroteos en la década de 1880.

(6) Bartleby había sido empleado de la Dead Letter Office de Whashington.

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