Fotografía de Melanie Pérez Jiménez

Fotografía de Melanie Pérez Jiménez

   El oxímoron, la contradicción de los términos, las paradojas y, en general, los imposibles, son una fuente inagotable de ingenio para la literatura y el cine. Un hierro de madera, una cúpula cuadrada o un amor inolvidable dan mucho juego en manos de escritores, guionistas y directores. Pero, a veces la paradoja resbala y cae en la llana redundancia sin gracia ni cuidado. En la sinopsis de la afamada serie de ficción Breaking Bad, a cargo de la plataforma de televisión Movistar TV, se afirma que a  Walter White le aguarda “una muerte irreversible”. Y a todos, ¿no? Exceptuando algunas míticas muertes reversibles como la de Lázaro o la del soldado Er que narra Platón en La República, parece ser que el concepto muerte no necesita de ningún adjetivo que asegure su condición de definitiva. También un conocido escritor español tuvo que morder el polvo durante unos cuantos días al haber afirmado en un artículo dominical que un hombre saltó por encima del “cadáver de un gato muerto”.

   En la asombrosa película de 2004 Eternal Sunshine of the Spotless Mind, traducida pobremente como ¡Olvídate de mí! (cuánto más prefiero su traducción literal: El eterno brillo de una mente inmaculada), las parejas de opuestos hacen cabriolas rizando el rizo de un guión premiado con un más que merecido Óscar (yo a ese guión le hubiera dado al menos dos).

 La pareja protagonista, primero ella (Clementine) y después él (Joel), recurre a una extraña empresa especializada en borrar de la mente a aquella persona que o bien no conseguimos olvidar, en el caso de Joel, o junto a la cual nuestra existencia se ha convertido en un remedo de la vida. Con un fabuloso alarde de imaginación e ingeniosos efectos especiales, la marca de la casa del director Michel Gondry y el guionista Charlie Kaufman, mis locos favoritos en esto del cine loco, cada uno de los personajes comienza a sufrir/gozar de la paulatina desaparición del otro.

   La película tiene uno de los prefacios más largos de la historia del cine, tanto que te preguntas si no será que han olvidado incluir los créditos iniciales. Pero éstos llegan y entonces un conmovedor Jim Carrey solloza y se lamenta de la pérdida de su pareja dando paso a una vorágine de situaciones trufadas de imposibles. Una empinada cuesta abajo más allá de la lógica y hacia lo más profundo de las emociones.

   En el caso de ella, Clementine pide que le borren a su pareja de la mente porque se han convertido en una de esas parejas que dan pena en los restaurantes, porque ambos mastican su cena mirando algún punto incierto sin hablarse: son los muertos cenantes. Ese imposible metafísico (estar muerto y a la vez cenar) que tanto temían, es simplemente el fin.

   La película tiene cierto trasfondo positivo que nos lleva a otro oxímoron: el amor inolvidable. Los protagonistas se han enfrascado en el reto de olvidarse el uno al otro y más allá de una imposibilidad física incurren en una imposibilidad de tipo lógico. Pues, si fue amor, entonces es inolvidable. Pero cabe otra lectura más pesimista: si su amor se había convertido en un cadáver, entonces estaba muerto. Y si estaba muerto, entonces lo estaba de forma irreversible.

Comentarios

comentarios