Hildur de Toni Montesinos

Hildur de Toni Montesinos

   Entre tanta novedad editorial se agradece que haya quienes tengan la quijotesca osadía de recuperar buenos libros. Editoriales como Piel de Zapa, que reeditó El silencio de Goethe de Antonio Priante, publicado en 2006 por la extinta Cahoba, y que ahora hace lo propio con Hildur, novela que Toni Montesinos publicara allá por 2009 en la también difunta editorial sevillana Paréntesis. No por casualidad ‒imagino‒ ambos libros comparten una arriesgada y atípica visión de lo novelístico volcada en una prosa densa y exquisita.

   Decir que Hildur es una transposición moderna del mito de Orfeo es solo empezar a rascar en la superficie de la trama. No es ningún secreto que la muchachita que se hace llamar Hildur logra traspasar las fronteras del tiempo y del espacio, cruzando el delicado velo que separa la existencia de la no existencia, en busca de lo que más ama. Tampoco lo es que el amor y la muerte la vida ‒y por contraste la vida‒ están presentes desde la primera a la última página. Al igual que Dante concibiera su infierno como una superposición de nueve circunferencias concéntricas, Toni Montesinos construye su novela con una asombrosa estructura circular que consigue mantener el interés a lo largo de sus más de trescientas páginas.

   Como Orfeo y Eurídice, Hildur y Hans tienen un amor inquebrantable, de esos que nacen casi en la inocencia de la niñez y que tras el apasionamiento de la adolescencia y van madurando con el paso de los años. Con la precisión de un mecanismo de relojería Montesinos va introduciendo alusiones a la perspectiva de que los amantes se mantendrán unidos eternamente, pase lo que pase, pero al mismo tiempo deja caer la sombra de la duda. En todo momento planea una especie de presentimiento funesto, un fatum del que es imposible escapar y del que se dan pistas a través de la ironía dramática, un procedimiento usado, por ejemplo, en el Edipo de Sófocles. Por una parte, Hans siente una especie de fuerza que le empuja a seguir los pasos de su abuelo y de su padre, fallecidos de forma prematura; por otra, Hildur vivirá siempre con el miedo a que todo pueda quebrarse, como si el amor por sí mismo no fuera suficiente para garantizar la inmortalidad. Porque, no nos vayamos a engañar, no es posible concebir una historia de amor descomunal si la muerte no está de por medio.

   Pero Hildur es una novela de regusto clásico en muchos aspectos. El viaje al inframundo no es exclusivo de Orfeo. De hecho, el viaje del héroe o catábasis es una convención de la épica grecolatina que forma lo que se conoce como nekyia. En el canto XI de la Odisea se describe el descenso de su protagonista al Hades; Virgilio también narra cómo Eneas desciende al inframundo y, por influencia de este, lo hace también Dante en La divina comedia. Morir es en esta bajada una manera de seguir adelante y el proceso no culmina hasta que se produce la transformación del héroe, su resurrección. Esto es lo que ocurre con Hildur y con Hans.

   El espacio tenía que desempeñar un papel fundamental, como lo hace en el infierno dantesco. La elección de Islandia como localización no podía ser más acertada. La isla donde el tiempo se trastoca hasta casi anularse, donde el permanente sol de medianoche hace que la realidad y las pesadillas se confundan, donde encontramos la cueva glaciar más grande del mundo, desiertos inhóspitos por los que está prohibido transitar y más de cien volcanes como consecuencia de la dorsal mesoatlántica; la isla donde, en definitiva, Julio Verne ubicó la entrada al centro de la Tierra. Pocos lugares como Islandia, abrasadora y helada al mismo tiempo, serían más acertados no ya para situar en ellos no ya la boca del inframundo sino el propio infierno en la Tierra. Si una odisea a través de este territorio no tiene la capacidad de traer de vuelta a los muertos nada en el mundo lo hará. Además, Hildur no estará sola, sino que contará con la ayuda de un guía, el Pescador, del que no sabemos su nombre ni falta que hace, pero se sospecha que, definido a través de su oficio y singularizado en mayúsculas, el personaje tiene reminiscencias cristianas. Aunque, más que cristiano, el planteamiento es órfico en el sentido religioso de la palabra. Hans se declara ateo, mientras que sus padres son paganos, lo cual deja la puerta abierta a la consideración del orfismo como una creencia religiosa que contempla la purificación del alma.

   Un último puente enlaza los caminos de los personajes de Hildur con los del mito de Orfeo: la música. De Orfeo se decía que el sonido de su lira era capaz de seducir y enternecer no solo a vivos y muertos sino también a objetos inanimados, pudiendo transformar la realidad; el agua de los ríos cambiaba su curso para escucharle, las piedras de las montañas abandonaban su lugar para seguir su cántico. La música en Hildur también será uno de los pilares fundamentales de la historia. No es solo que sus protagonistas sean prestigiosos compositores y virtuosos de la música; ni siquiera es que esta esté muy presente a lo largo de todo el libro, con numerosas referencias que va desde las variaciones Goldberg de Bach a la Gymnopédie nº 1 de Eric Satie y que casi componen una banda sonora para escuchar mientras se lee. Es como si todo el mundo, cuanto les rodea, estuviera cifrado en la música y esta fuera la puerta de acceso a la verdad de las cosas. Hildur misma se da cuenta de que está compuesta de música, de que es una pieza, una partitura, de que su ser puede estar contenido en unas cuantas notas. Así, se entiende la música como una forma de conocimiento. Y también como una forma de escribir. El ritmo y la sintaxis de la prosa de Toni Montesinos tienen una musicalidad en la que no sobra ninguna palabra, como tampoco existen notas desafinadas en una obra maestra.

   Esa concepción del arte como vía de conocimiento no es exclusiva de la música. La literatura es otro de los grandes protagonistas del libro, no como referencias postizas sino como piezas clave. En Tolstói está la llave para comprender y reconstruir a Hans; en determinados momentos la lectura hace que Hildur pierda la noción de la realidad, haciendo que sea incapaz de distinguir entre lo que lee y lo que es, como si transformara en don Quijote; Ovidio será la guía ‒como Virgilio lo fue de Dante‒ que le permitirá seguir adelante. Incluso hay espacio para el propio Toni Montesinos, que no duda en introducirse con una referencia a sí mismo en la narración. Para Hildur la lectura, y sobre todo de clásicos, le dará las pautas de lo que tiene que hacer, del camino que tiene que tomar.

   Porque imagino que eso es, al fin y al cabo, lo que buscamos en la literatura quienes nos acercamos a los libros. Un camino que seguir, una forma de conocer el mundo y de conocernos a nosotros mismos. Solo por eso ya merece la pena leer la novela de Toni Montesinos. Por lo que dice sobre la muerte y sobre la vida. Por lo que alumbra. Porque todos y cada uno de nosotros compartimos el destino de Hildur y de Hans, la finitud, y al leer su historia intuimos que estamos leyendo nuestra propia historia. Porque quien no ha muerto y tenido que bajar al infierno alguna vez no ha llegado a conocer ‒ni a valorar‒ por completo la vida.

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