Pablo Iglesias

Pablo Iglesias

   Actualmente escuchamos el siguiente discurso entre los líderes situados a la izquierda del espectro político en nuestro país: han ganado las fuerzas del cambio, los españoles han votado cambio.

   Los distintos grupos políticos de izquierda tratan de monopolizar la idea-fuerza de «cambio», frente a lo que llaman «inmovilismo político», lugar en que sitúan a la derecha. Por su parte, la derecha política prefiere hablar de progreso, o incluso regeneración democrática.

   Ambos discursos no son novedosos, y encuentran sus raíces en distintos momentos históricos y sociopolíticos. Podemos situar sin muchas complicaciones el origen de la idea de progreso en el movimiento ilustrado, y su deriva económica (también preconizada por la derecha política), en la revolución industrial. Por otra parte, podemos ubicar el concepto de cambio en las ideas de lucha de clase de mediados del siglo XIX.

    Sin embargo, podríamos retrotraernos aún más, centrando en este caso la argumentación en torno a los conceptos de «cambio» e «inmovilismo». Es un tópico en filosofía confrontar las cosmovisiones metafísicas de Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea, cuyos escritos se remontan al siglo VI a.C. En efecto, Heráclito defendía que todo cambia, todo se mueve, el ser o el logos deviene en un juego dialéctico animado por la confrontación de los opuestos. Por su parte, Parménides defendía que todo permanece, todo se mantiene estable y perfecto en sí mismo: el cambio es sólo apariencia.

Parménides

Parménides

   Resultaría anacrónico adscribir una ideología política a dichos pensadores. Sin embargo, es interesante observar cómo conceptos que se empleaban hace más de 2500 años, siguen de alguna manera vigentes hoy en día. Así, conviene reseñar que la obra de Heráclito influye enormemente en Nietzsche, y de ahí en la mayoría de autores de la escuela posestructuralista francesa, esta vez sí, radicalmente de izquierdas.

   Pues un enfoque centrando en el ser, esencialista, que nos indique la auténtica naturaleza de las cosas, o la verdad como un conocimiento a desgranar, conduce inexorablemente no sólo al inmovilismo, sino a un estado político cercano al fascismo, por la escisión entre los que monopolizan la verdad, y los que no están capacitados para acceder a ella (una distribución entre buenas y malas copias, que diría Deleuze).

   Y a la contra, un enfoque centrado en el devenir, fluido, en el que la naturaleza de las cosas depende de la interpretación del observador, donde no hay una verdad absoluta sino múltiples perspectivas, conduce a un estado político más democrático e igualitario, por el mutuo reconocimiento del otro como capaz de construir su propia realidad, su propia compresión de lo verdadero.

   Ahora bien, quizás podríamos preguntarnos si las denominadas «fuerzas del cambio» realmente reflejan un planteamiento pluralista, abierto, y capaz de albergar las distintas interpretaciones de lo real; o si bien nos encontramos ante dos discursos alternativos, uno diciéndose de derechas, otro diciéndose de izquierdas, pero ambos creyéndose legitimados para imponer su concepción de la verdad al otro. En ese caso, y paradójicamente, nos encontraríamos con dos discursos opuestos en la forma, pero idénticos en el fondo, precisamente, dos discursos inmovilistas, es decir, y quizás de manera anacrónica, dos discursos parmenídeos.

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