Las puertas del infinito, de Víctor Conde y José Antonio Cotrina

Las puertas del infinito, de Víctor Conde y José Antonio Cotrina

   «Los intelectuales son como los mafiosos: solo te matan si eres uno de ellos», dijo el intelectual Woody Allen. Puede ser por celos, por competencia, por cuestiones privadas, por puro marketing editorial o vete tú a saber por qué, cuando dos escritores se juntan pueden saltar chispas. Desde la pulla sutil al puñetazo despiadado y traicionero. Sin embargo, contrariamente a lo que se piensa, ese tópico que llevó a decir al escritor Rodolfo Ybarra Pinto a decir que «las peleas entre escritores ya se han vuelto un género literario» no siempre se cumple. Aunque es cierto que en el gremio de existe un cierto grado de envidia y desconfianza, cuando dos o más escritores se reúnen a veces pueden salir cosas maravillosas. Las puertas del infinito es uno de esos afortunados ejemplos.

   Fraguada tras una firma en la Feria del Libro de Madrid, la novela cuenta con el respaldo de dos autores más que solventes. Con más de treinta libros y premios como el Minotauro y el Ignotus por sus Crónicas del Multiverso, Víctor Conde es un peso pesado del género fantástico y de ciencia ficción. José Antonio Cotrina, por su parte, tiene también decenas de novelas a sus espaldas, entre las que destaca La canción secreta del mundo, además de haber hecho ya alguna incursión en la enrevesada destreza de escribir a cuatro manos, una experiencia que dio como resultado El fin de los sueños, escrito junto a Gabriella Campbell. Una confluencia, pues, que solo podía augurar cosas buenas, como lo es la novela Las puertas del infinito.

   La trama está compuesta por dos partes bien diferenciadas que se van alternando entre las que transcurren quince años y por capítulos breves y trepidantes que se van alternando  y van cruzando las dos líneas argumentales, la del Londres decimonónico con Logan y Riddly y el delirante mundo de Colapso con Rebeca.

   El primer prejuicio al que tiene que enfrentarse el lector, antes incluso de abrir la cubierta del libro, es el del género. No se trata de la enésima novela juvenil de fantasía. Este es un detalle muy importante porque los lectores que se acercan a una novela con una idea preconcebida de género esperan encontrar determinados clichés. Y aunque en Las puertas del infinito están presentes algunos ‒no todos‒ de los elementos de este género, no se tratan ni se resuelven de la forma que cabría esperar, sin que ello signifique que vaya exclusivamente dirigida a un público adulto.

   Por una parte, está muy influenciada en determinados detalles por el género de la dark fantasy. No es que abunden los ingredientes de terror, pero sí que hay mundos cuya construcción cae en lo delirante y lo onírico ‒recreados con exquisito detalle‒, aberraciones al estilo Clive Barker y horrores cósmicos lovecraftianos. Y, además de todo esto, al no pensar en un público determinado sus autores no se han impuesto cortapisas en la descripción de escenas que podrían resultar un tanto escabrosas ‒o cuanto menos inapropiadas‒ y en el uso de un lenguaje que huye de lo edulcorado y de lo políticamente correcto. Con algunos neologismos inolvidables como nuncanidad o elipsar.

   Pero estos solo son algunos de sus aspectos más superficiales. Lo que aleja a Las puertas del infinito de la típica novela juvenil es su ambigua concepción de la eterna lucha entre el Bien y el Mal. Como dice uno de los personajes, el mundo de los adultos es complicado, no existe lo absolutamente blanco o lo absolutamente negro, sino un sinfín de matices de grises en los que no siempre es fácil encontrar las fronteras entre lo correcto y lo erróneo, entre el altruismo y el egoísmo, donde los personajes que en un principio habíamos etiquetado como buenos o malos acaban quebrando nuestras clasificaciones. Porque precisamente eso son las puertas que aparecen en la novela: modos de cruzar esos límites y mostrar que los conceptos no siempre están bien definidos. Un universo lleno de paradojas, no solo porque los mundos se derramen sobre otros mundos, sino porque salvarlo todo puede ser al mismo tiempo destruirlo y porque los héroes acaban siendo villanos y los villanos héroes. Una auténtica gozada, vamos.

   Y todo ello a pesar de que la historia se levanta sobre los arquetípicos cuentos infantiles en los que el protagonista tiene que realizar una búsqueda, reunir una serie de objetos, atravesar laberintos, recibir la ayuda de un maestro o descender a los mismísimos infiernos para enfrentarse a la prueba final y salir de ella renacido, como un nuevo individuo. Muchos de los componentes de Las puertas del infinito forman parte del universo de los cuentos de hadas pero, como hábiles narradores que son, Conde y Cotrina consiguen sorprender al lector, incluso al más avezado. Un paralelismo que se plantea en varios momentos a las claras, cuando se indica, por ejemplo, que un fantasma ha guiado a Rebeca hasta la espada mágica para que salga de la gruta, o cuando se plantea que ella solo puede limitarse a seguir el cuento, el guion prefijado. Una concepción muy metaliteraria y un tanto irónica. «Una frase cabalística dicha al azar podía ser como un grano de oro en una playa», se dice en algún momento, para remarcar ese poder que tiene la palabra.

   Porque, en un nivel más profundo, lo que hace de Las puertas del infinito una novela inclasificable dentro del género juvenil es su concepción del mundo, de la causalidad y del libre albedrío. No en vano, en muchos momentos se establece la semejanza con una partida de ajedrez. Sin que sepamos de quién es la mano que gobierna la partida o hacia dónde moverá las piezas. La Magia aparece como una suerte de karma, un poder superior que te da cosas a cambio de quitarte otras. Existe, además, una Circularidad que hará las delicias de todos los apasionados a los viajes en el tiempo y que, probablemente, te haga releer la novela una vez la acabes para recopilar elementos que quizá se habían pasado por alto. Eso es lo que más me ha gustado de la novela. Que es un círculo. Nada es gratuito. Ningún detalle queda al azar. Todas las piezas se van encajando para formar un todo. Y cuando el círculo se cierra «causa y efecto se hacen indistingibles». Como puede observarse, la novela maneja una serie de conceptos filosóficos que son tratados desde un punto de vista muy original.

   Una novela a la que hay que reconocerle, además, el estar escrita a cuatro manos con una factura impecable, sin que se le noten en ningún momento las costuras ni los dobladillos. Una historia, en definitiva, a la que merece la pena darle una oportunidad, más allá de etiquetas de género o de edad. Una puerta ‒porque eso son, al fin y al cabo, las novelas, puertas a otros mundos‒ que no te arrepentirás de cruzar.

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