Blinkist

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   «Un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee», dijo alguna vez Mark Twain. Y razón no le falta al autor de Las aventuras de Tom Sawyer. Frente a un clásico dos prejuicios contrapuestos entran en cortocircuito en la cabeza de un lector: el miedo culpable a reconocer que no lo hemos leído todo, o al menos todos los libros importantes, y la creencia de que si hablamos de un libro sin haberlo leído estamos mintiendo. Este cóctel da como resultado un discurso cultural que muchas veces es pura impostura y en el que nos movemos como si fuera un campo de minas, temiendo ser pillados en nuestro engaño en cualquier momento.

   Como salida a esta farsa intelectual el profesor francés Pierre Bayard publicó hace algunos años su ensayo Cómo hablar de los libros que no se han leído. Un libro del que paradójicamente he visto hablar a algunas personas sin haberlo leído, solo basándose en su título. Porque en contra de lo que parece, Bayard no ofrece fórmulas mágicas que permitan perpetuar el problema sino que presenta un enfoque novedoso bastante difícil de aceptar para los lectores más puristas. Sí, es posible hablar de un libro sin haberlo leído. Como profesor universitario, Bayard se ha tenido que enfrentar a esta situación en muchas ocasiones y su planteamiento parte más desde una sincera honestidad que desde el interés por causar polémica.

   Como muchos lectores, yo también pensaba antaño que era necesario haber leído un libro para poder hablar de él. Leer a Bayard sirve para curarse, siquiera en parte, de este prejuicio. En el extremo opuesto de esta actitud encontramos Blinkist, una aplicación que bajo el lema «sé más listo en quince minutos» ofrece acceso a miles de resúmenes de libros que permiten a sus usuarios hablar de ellos dando la sensación de haberlos leído.

   No es desde luego la primera aplicación que ofrece este tipo de servicios ni, con toda seguridad, será la última. Uno puede pensar que es sintomático de los tiempos que corren. Que la tecnología ha hecho mucho más que cambiar nuestros hábitos lectores, que nos ha facilitado hasta tal punto el acceso a la información que preferimos una versión precocinada de un libro que su original. Que el postureo egocéntrico al que nos conducen las redes sociales nos obliga a aparentar. O que, por mencionar el catastrofismo de Vargas Llosa, estamos asistiendo al fin de la cultura occidental. Escribe Karl Taro Greenfeld en un artículo en el New York Times: «Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada».

   Sin embargo, este tipo de inventos no son ninguna novedad. El 20 de agosto de 1921 Hemingway publicó un pequeño artículo llamado «Cómo condensar los clásicos» en el The Toronto Star Weekly que decía lo siguiente: «Casi han acabado el trabajo de condensar a los clásicos. Se trata de un pequeño grupo de entusiastas condensadores, supuestamente subvencionados por Andrew Carnagie, que han trabajado durante los últimos cinco años para reducir la literatura mundial a bocados comestibles para consumición del agotado hombre de negocios. Los miserables ha sido reducido a diez páginas. Parece que Don Quijote ocupa una columna y media. Las obras teatrales de Shakespeare no pasan de ochocientas palabras cada una. La Iliada y La Odisea cabrán en el texto de un componedor y medio cada una. Es algo magnífico poner a los clásicos al alcance del hombre de negocios cansado o retirado, aunque estigmatice el intento de colegios y universidades de poner al hombre de negocios al alcance de los clásicos […]».

   Lo más llamativo del iluminado artículo de Hemingway es el tipo de lector al que hace referencia: el hombre de negocios. Porque en aplicaciones como Blinkist o en métodos que te garantizan que aumentarán tu velocidad de lectura ‒como la regla del 10% o la fotolectura‒ parece que se repite una y otra vez el mismo concepto: la productividad. Y es que esta concepción de entender la lectura va dirigida a personas muy ocupadas, para quienes esta actividad supone un lujo porque tienen muy poco tiempo para leer y se ven obligados a rentabilizar esos momentos al máximo y no entienden la literatura como un deleite completamente gratuito. Un tipo de lector que parece que abunda mucho en Estados Unidos, a la vista de que aplicaciones como Blinkist se presentan como la gran panacea para conjugar lectura y falta de tiempo.

   Lo que no tienen en cuenta aplicaciones como Blinkist es que reducir un libro a un argumento fagocitable de quince minutos no solo ya no es la obra original sino que ni siquiera es posible considerar ese resultado como literatura. «El objeto de la obra de arte sólo puede ser expresado adecuadamente dentro y a través de la propia obra, y cualquier paráfrasis o traducción de este objeto fuera de la propia obra implica una pérdida para el objeto, y en este sentido, la destrucción total de la obra», escribió el teórico norteamericano Eliseo Vivas. Los libros son mucho más que argumentos y tratar de glosarlos mutila el sentido original de sus palabras. O, como dije en alguna ocasión, hablar de un libro es destruirlo. Y eso es lo que simbolizan aplicaciones como Blinkist. Son bombas atómicas lanzadas contra la literatura y contra la cultura en general.

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