Hace unos días se clausuró la feria de arte contemporáneo (ARCO) de Madrid, 2016. Podemos tomar este dato como excusa para reflexionar brevemente sobre el sentido del arte en la actualidad, su función social y su dimensión estética.

Aristóteles

Aristóteles

   Recuerdo un profesor que hablando de estos temas, se refería al consumidor novel de arte contemporáneo en los siguientes términos. En primer lugar, dicho consumidor se formulará la pregunta de a qué se enfrenta al contemplar la obra. Una vez que el erudito le explique el sentido de la obra, el novel pasará a un segundo estadio, la pregunta será ahora por el valor estético de la obra, es decir, si realmente eso que contempla puede ser llamado “arte”, con independencia del sentido que se le quiera atribuir.

   De lo cual se pueden extraer varias ideas. Por un lado, da la impresión de que, como ya señalaba Aristóteles en su Poética, intuitivamente buscamos semejanzas, concordancias o correspondencias entre la obra y nuestro caudal conceptual, nos agrada pensar que esto se parece a aquello y aquello se parece a lo de más allá. Y que precisamente una de las notas características del arte contemporáneo es la ruptura con ese esquema de semejanzas, en la línea que inauguró Nietzsche.

   Por otro lado, da la impresión también de que se exige una cierta preparación previa, una suerte de formación básica en teoría del arte, de manera tal que podamos captar el valor estético de las obras que a primera vista, y como consumidores profanos, nos pueden parecer superfluas.

Nietzsche

Nietzsche

   Y así nos vemos envueltos en una contradicción lógica, pues como ya he señalado en otras ocasiones, ese principio de ruptura con el par modelo/copia, o esquema de semejanzas, que de alguna manera enarbola el arte contemporáneo, tiene una deriva política orientada a la democratización del organigrama social, en el sentido de que al no establecer principios fijos o modelos, permite proliferar lo distinto, lo diferente, lo otro. Al romper con un sistema esencialista, se entiende que nadie puede atribuirse el monopolio de esas esencias que por otro lado ya no se contemplan.

   Sin embargo, el dato de que se requiera esa suerte de formación, de conocimiento, para poder abordar, analizar, y comprender la obra de arte, establece de nuevo un sesgo, una distinción social entre el iniciado y el profano, entre el erudito y el novel, entre el que aprecia porque sabe, y el que al no saber no es capaz de apreciar. Si a ello se le suma el flujo de capitales que arrastra la compraventa de las obras, obtenemos una forma de producción artística orientada a las clases elevadas.

   En conclusión, parece que si de una parte el arte contemporáneo nace con la ambición de romper con un modelo de semejanzas que reproducía el orden establecido, de otra parte culmina en un mercado orientado a ciertas élites capaces tanto de entender las obras, como de adquirirlas, de tal manera que, se diría, traza un giro de 360 grados para retornar al punto de origen. Aunque quizás toda esta argumentación no refleje más que las opiniones de un profano.

Comentarios

comentarios