Hace unos días se cumplió el duodécimo aniversario del 11M, una fecha que muchos madrileños recordamos con emociones que abarcan desde el miedo a la furia, pasando por la incomprensión y el perdón, en un abanico que engloba a todos los que estuvimos en esta ciudad, y a muchos que se encontraban lejos. Es un hecho reciente y, como tal, nos sigue doliendo como si acabase de ocurrir.

   Pero, ¿qué ocurre cuando un acto brutal e inhumano se aleja de nosotros en el tiempo? ¿Por qué se mitiga el dolor hasta desaparecer? ¿Por qué nos despreocupamos cuando algo horrible ha sucedido hace siglos, en lugar de mantener viva su memoria?

la cultura que debemos al dolor

Cómo mengua el dolor con la distancia temporal

   Si nos desplazamos a un hecho repudiable anterior, como pudo ser el comportamiento del ejército nazi para con gran parte de la población de Europa, esa viveza de pasión por aferrarnos a un sentimiento decrece para las generaciones más jóvenes (aquellas que no poseen recuerdos relacionados). Todos, por supuesto, somos conscientes de lo que se hizo mal en aquella época y, aunque no lo hayamos aprendido con la experiencia, en cierto modo la sociedad ha sabido transmitirnos lo que aquella gente sufrió. Sabemos que fue atroz, sabemos que es repudiable. Nuestra cultura nos transmite el deseo porque algo así no vuelva a ocurrir, y tenemos interiorizado que no debemos hacerlo.

   Pero vayamos más lejos aún, al descubrimiento de América. ¿Os acordáis? De esto hace ya más de 500 años. Era una de los pocos temarios que se acababa por tocar en todos y cada uno de los cursos de historia del cole. Ir más lejos suponía siempre alguna barrera cultural y cierto tabú (la misma que nuestros directores de cine se han pasado por ahí, yéndoseles la mano un poco). El descubrimiento de América hoy es recordado como un periodo expansionista europeo e ibérico. Pero en realidad supuso conflictos desproporcionados, matanzas, contaminación de los indígenas por nuestros patógenos, el traslado de nuestras ratas hasta allí, violaciones y raptos. Fue una época convulsa que desató una nueva ola de esclavismo en el mundo. Y, sin embargo, es algo que «ocurrió y ya está» para muchos españoles, mientras que algunos de los nativos americanos aún lo sufren con cierto rencor. Ellos están más cerca de lo que fue.

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   Claro, que esto es ligeramente reciente. El lenguaje aún es capaz de transmitir a través de cinco siglos el dolor de entonces. Somos capaces de entender a las personas que vivieron aquella época. Retrocedamos más. A la época que René Goscinny y Albert Uderzo fueron capaces de recrear con Astérix el Galo. Ocurrió grosso modo entre el 58 a.C y el 51 a.C, y ha sido llamado la «Guerra de las Galias» aun a pesar de que el ejército romano explotó y masacró a lo que hoy conocemos como Francia durante años para imponer su forma de pensar.

   ¿Quién sufre hoy por los galos, convertidos en un cómic satírico? ¿A quién le importan los miles de soldados que murieron en las guerras del Peloponeso? ¿Quién sufre por los esclavos egipcios asesinados durante 5000 años?

   Pues poca gente, no vayamos a engañarnos y a mentir. Lo cierto es que, cuando más tiempo haya pasado de un suceso horrible, menos nos importa, y menos horrible nos parece. Y, en cierto modo, es comprensible: no tenemos ningún primo que haya muerto de inanición esclavizado por la dinastía Badariense (allá por el 4400 a.C.

   A pesar del hecho de que, a día de hoy, siga habiendo gente que llore la muerte de Jesús de la tradición cristiana, podemos decir que porcentualmente es mucha menos que hace 1000 años, y (probablemente) mucha más que dentro de 1000. Algo nos importa solo en la medida en que estamos relacionados con ello, y el tiempo es un claro factor de alejamiento (temporal, claro).

Eduardo Salles, La memoria colectiva siempre es de corto plazo

Eduardo Salles, La memoria colectiva siempre es de corto plazo

   En fechas modernas, hacer un cómic cómico-satírico del franquismo o de los campos de exterminación judíos es considerado de muy mal gusto solo por el hecho de que hace poco que pasó. Probablemente, la opinión cambie en el 4000 d.C., y quizá surja algún héroe judío de las manos de un dibujante y guionista de éxito (o el método de arte que se lleve dentro de dos milenios, que a saber).

La creación de la cultura a través del dolor

   Y es de arte de lo que me gustaría hablar hoy. Del arte cuyo nacimiento surge del miedo, el caos y de la guerra. Por desgracia o por fortuna, es gran parte de nuestra historia moderna. Y es que no pensaríamos el cine, las series o los libros modernos (no puedo hablar de otros artes por puro desconocimiento) si Hiroshima y Nagasaki no hubiesen sido bombardeadas en 1945.

   Suena descortés, e incluso preocupantemente insensible. Sin embargo, no deja de ser cierto que debemos la cultura actual a la muerte de unas 246 000 personas directas, y cientos más por las consecuencias radioactivas de Little Boy y Fat Man. Tras las explosiones de estas dos bombas atómicas (por fortuna, los únicos dos ataques nucleares de la historia) la cultura occidental cambió para siempre: se volvió catastrofista.

   Casi todas las películas de fantasía y ciencia ficción en la que ocurren desastres naturales tienen su origen en el lanzamiento de las bombas nucleares, y gran parte de las películas y libros de acción obtienen su base sobre el miedo a un ataque nuclear (o algún otro tipo de explosión). Las catástrofes nucleares se volvieron el pan nuestro de cada película, nacieron los nuevos superhéroes (ahora mutados por la radiación nuclear), e incluso una película de ciencia ficción mostró a la humanidad del futuro como adoradores de la bomba de hidrógeno. Pista: había simios parlantes.

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   Desde entonces, gran parte de las obras literarias han tomado el rumbo de la hecatombe: planetas moribundos, sistemas políticos basados en el miedo y la disuasión nuclear, grandes cataclismos climáticos provocados por gigantescas avaricias modernas.

   No podemos negar que existen más influencias, pero las bombas atómicas han causado no solo la actual narrativa cinematográfica, sino también gobiernos atados de manos por la disuasión nuclear. La narrativa ha salido de la ficción, y estamos atrapados en un equilibrio entre fuerzas políticas con botones rojos, no especialmente interesados en pulsarlos. Lo cierto es que solo disponen de esos botones rojos porque otro los tiene. Lejos de plantear un debate político sobre por qué o por qué no debemos tener armas nucleares, sí quiero recalcar el poder que tuvo hace setenta años el lanzamiento de dos bombas de destrucción masiva como nunca las había conocido el mundo sobre nuestra cultura moderna.

   La estrategia de las armas nucleares, o Destrucción Mutua Asegurada, ha marcado el camino de la cultura para varias generaciones. Pero, si pudieses cambiar las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, ¿lo harías sabiendo que el cine moderno se vería profundamente trastornado? Lo plantearé de otra manera, con más perspectiva: ¿Renunciarías al quijote por eliminar la caballería en los siglos X y XII que dieron lugar a los libros de caballería (XIV-XV) criticados en la obra? ¿Eliminarías la Ilíada de Homero por evitar el asedio de lo que se estima fue Troya? ¿Dejarías en pie los güelfos negros y destruirías la disputa política que puso los textos de Dante en el mapa?

   En otras palabras: ¿Renunciarías a la cultura añeja por las vidas de quienes murieron para crearla? No creo que sea una pregunta sencilla de responder y, por suerte, son de carácter retórico. Especialmente porque cualquiera de ellas es irrealizable, y porque la historia no hay quien la mueva de donde está.

   Para bien o para mal, nuestra cultura se sedimenta y asienta sobre millones de muertes, así como las actuales crearán obras de arte en los siglos y milenios futuros. ¿Injusto? Sí, desde nuestra perspectiva, porque pocos hay a los que la perspectiva de morir por el arte del 3000 d.C. les parezca atractiva. Solo espero que la violencia moderna de como fruto un arte que merezca la pena ser estudiado.

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