El aplaudidor, litografía de Honoré Daumier

El aplaudidor, litografía de Honoré Daumier

   De origen francés, la RAE define la palabra claque como un «grupo de personas que asisten a un espectáculo con el fin de aplaudir en momentos señalados». Un concepto que se puede aplicar, por ejemplo, al todopoderoso regidor, que levanta el cartel de «APLAUSOS» para que el público de turno palmee en un programa de televisión cualquiera o en una serie en directo. Ahora bien, el concepto es tan antiguo como la necesidad del ser humano de montar espectáculos ante a una multitud. No podía ser de otra forma, teniendo en cuenta que el éxito de estos es medido casi siempre según el grado de intensidad y de entusiasmo con que la gente palmotee. Así, no es concebible que en época clásica, tras el discurso de un emperador, reinara el silencio sepulcral.

   Usada también en las obras teatrales griegas, no es de extrañar que la claque renaciera en el siglo XVI ‒época de tantos renacimientos‒ de la mano del poeta francés Jean Daurat, que compraba una buena cantidad de entradas para sus propias representaciones para regalarlas a continuación con la promesa de aplausos.

   De esta forma, la claque se va profesionalizando hasta llegar a convertirse en el siglo XIX en toda una institución bien estructurada. Nacieron entonces las agencias de aplaudidores, con comisarios que se aprendían de memoria las obras para avisar a los aplaudidores cuándo tenían que empezar a actuar, reidores especializados en momentos cómicos, ruidosas lloronas para las escenas tristes, y biseros que al final de las actuaciones gritaban a pleno pulmón «¡Bis, bis!», para garantizar las repeticiones.

   Teatros y óperas de París, Viena, Londres o Nueva York no dudaban en contratar de forma regular los servicios de aplaudidores para condicionar al público y asegurar el éxito de sus obras. Un caso especialmente memorable es el estreno de Hernani, en el que Victor Hugo decidió sustituir a los aplaudidores oficiales, de cuya lealtad sospechaba, por los suyos propios, reclutados de entre los jóvenes románticos. Hay que tener en cuenta esas mismas agencias que vitoreaban a una obra también empezaron a utilizarse de forma negativa, como medio para extorsionar bajo amenaza de abucheo.

   Con el tiempo el oficio de aplaudidor fue desapareciendo, aunque continúa vivo en sitios puntuales como el ruso Ballet Bolshoi. La aparición de los cines modernos y de la televisión y los cambios de etiqueta producidos en los teatros y óperas en el siglo XX ‒en los que no está bien visto aplaudir en medio de la representación‒ han influido mucho en su decadencia. Quedan, sin embargo, restos residuales, como las risas y aplausos enlatados que escuchamos en algunas series de televisión o el mencionado cartelito de «APLAUSOS». Al fin y al cabo, pese a todo lo que ha cambiado la humanidad a lo largo de la historia, la necesidad de montar espectáculos frente a una multitud y el amor por el aplauso final son impulsos que se mantienen intactos en el corazón humano.

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