Candice Hicks con uno de sus diarios

Candice Hicks con uno de sus diarios

  Hace unas semanas mostraba los soberbios diarios de José Naranja, cuya deslumbrante caligrafía es un alegato luminoso de la escritura a mano. Sobre la misma base del diario como pieza artística única, hecha con paciencia artesanal, Candice Hicks ha confeccionado unos cuadernos que a pesar de presentar un cuidado exquisito en el diseño caligráfico, en apariencia a mano, siguen un método de elaboración completamente distinto al de Naranja. Y es que en los diarios de Hicks, de apariencia un tanto escolar, las hojas no son de papel sino de lona y las palabras no están escritas sino bordadas, un método de composición que utiliza incluso en la cubierta.

   Escribir una página conlleva el laborioso trabajo de bordar cada letra una a una hasta formar todo el texto. «Recreándolo minuciosamente a mano, he encontrado una manera de expresar lo insignificante como potencialmente filosófico», dice Hicks. Y añade: «Del mismo modo que las observaciones de un paisaje o de retrato que hace un pintor le permiten reproducir una versión de la realidad, mi escrutinio de la repetición crea una narrativa que navega por universos de ficción».

   ¿Qué podemos encontrar en esos diarios? En los primeros el contenido no es muy distinto del que solemos encontrar en este tipo de cuadernos. Hicks escribe notas dispersas sobre lo que va leyendo. En las dos páginas de Leaves of a Feather entresaca frases y palabras inusuales que ha encontrado en varios libros. Un ejercicio que le dio pie a la artista a desarrollar toda una teoría sobre las coincidencias y repeticiones del lenguaje que se pueden encontrar en libros dispares, así como su relación con las palabras y el lenguaje, algo que ha desarrollado y bordado en su serie de cuadernos Common Threads. Una hipótesis, en cierto sentido borgiana, que no pretende asignar a estas coincidencias significado alguno más allá de la predisposición de la mente humana para ver patrones incluso cuando en realidad no existe ninguno.

   Una de sus obras maestras dentro de este género es String Theory: Understanding Coincidence in the Multiverse, un intento en tres volúmenes de darle forma a una hipótesis sobre los significados y las reglas que rigen las coincidencias y que esconde una crítica a la facilidad con que asignamos un contenido a los acontecimientos producidos por azar y con que tenemos a espiritualizar lo mundano. A medio camino entre el humor pseudocientífico y el asombro por la complejidad del cosmos, cada página es un estallido que muestra el proceso de escritura y de dibujo, y que finalmente desborda lo caligráfico. El hilo de bordar, que simboliza la conexión entre coincidencias, acaba dando paso a otros elementos como una cremallera, el agujero de gusano que da paso a una dimensión oculta.

   Unos artefactos lúdicos que reivindican con acierto el papel del bordado dentro del arte, una disciplina que ha sido sistemáticamente olvidada por los historiadores de arte, que hasta ahora la habían relegado a un plano secundario por considerarla una actividad menor, propia de mujeres, despojándola de todo valor estético.

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