Combatid leyendo en calma, combatid enseñando en calma

«Desde que el hombre dejó por primera vez su cueva y conoció a otro individuo con distinto idioma y formas diferentes de ver las cosas, la raza humana ha tenido sólo un sueño: matarlo para no tener que aprender su idioma ni su forma de ver las cosas»

Zapp Brannigan

   Entenderse es difícil. Existir juntos, una aparente utopía distópica. Un imposible idílico, un universo en que ninguno tiene razón, terrible para todas las partes, y virtualmente ideal para ambas. Resulta mucho más cómodo aplastar al oponente que tener que debatir, pero ni la mitad de divertido. Y, sin libros, el debate es un absurdo violento. Es una guerra.

   Si yo trato la paz y tú persigues la violencia, comprendernos resulta –como poco– complicado. Casi un absurdo. Si permanezco impasible, acabarás por destrozarme, eliminando todo lo que he sido y borrando huella de mi existencia. Si combato, acabaré por destrozarme, eliminando todo lo que he sido y borrando huella de mi existencia.

   Mierda. Un callejón sin salida.

   Me mantengo sentado, sin hacer nada, a la espera de que me golpees. Y esto ocurre, porque tu fin último es el combate, la destrucción, la falta de civilización. La guerra. Es tu modo de expresarte y tu objetivo. El fin último y el camino en sí.

   Muchas de las supuestas sociedades modernas existen únicamente para traer la desesperación al mundo. Ideologías que fomentan y se nutren del odio, países cuyos objetivos consisten en que otro consiga el suyo, ciudadanos cuya meta es que tú no logres la tuya. Pisotear para no ser pisoteado.

   Qué buena onda todo. ¿No?

   Luchar contra los conflictos armados, sin armas, es un asunto terriblemente complejo que requiere de que toda una parte se niegue a entrar al trapo, que deje las armas y trabaje en un plan alternativo, que logre pacificar corazones revueltos en un odio absurdo e inútil.

   Me despierto en un mundo en que los ciudadanos entre los que convivo no quieren al diferente cerca. Ni lejos. Ni vivo. Matarlo para no tener que aprender su idioma ni su forma de ver las cosas. A quienes penséis así, encended la televisión. Enhorabuena, ya estáis en vuestro paraíso. Salid y festejad, estáis viviendo un sueño de fronteras cerradas y lágrimas de madres sin hijos y de hijos sin madres. Aplaudid una Europa en ruinas que deja a la mayoría del mundo a un lado mientras permite que se hunda poco a poco, esperando no caer después. Disfrutad mientras podáis del espejismo que se derrumbará ante vuestros hijos, cuando la guerra que vuestros gobiernos encienden llegue a vuestras puertas.

   Pedid ayuda entonces. Tratad de combatir en vuestras calles.

   Dejad de ignorar, por favor. La única victoria que podemos lograr es la de comprendernos, y esta viene de la mano de la enseñanza mutua, de la comprensión y del raciocinio. Que las únicas armas sean las bibliotecas móviles de combate, y que olvidemos el significado del odio.

   Combatid leyendo en calma, combatid enseñando en calma.

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