Siguiendo con una línea de artículos deliberadamente polémicos (C’est moi) hoy vengo a presentar qué ocurrirá cuando mueran las palabras, cuando los libros modernos carezcan de sentido. Cuando nos comuniquemos de un modo diferente: postverbalmente.

la muerte de las palabras futuro postverbal

   Me he planteado muchas veces escribir este artículo. Por unos motivos u otros, nunca he sabido estructurarlo del modo correcto. Lo escribo, lo leo, lo modifico, lo guardo. Es su ciclo de vida. Cuando inicio el texto de un modo, siento que algo está quedando atrás. Cuando empiezo con ese algo noto un abandono del punto anterior.

   Siento la necesidad de transmitirlo tal y como está en mi cabeza, escrito con impulsos electroquímicos en lugar de palabras, pero aún no hay hoja que aguante los pensamientos así expresados. Quizá sea el autor presa de la idea de este propio artículo. Ruego disculpas por la indefinición que provocan las obsoletas palabras.

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   Como escritor, nada me da aterra más que pensar que las palabras que usamos hoy día para comunicar nuestros conceptos llegarán en algún momento a su término. Como persona, espero con impaciencia el día en que esa idea se haga realidad. Como escritor de ciencia ficción, trataré de analizar el hecho lo mejor que pueda, durante el tiempo en que mis palabras sean legibles.

La muerte de la vieja ciencia ficción

   Robots, formulismo matemático y una física incomprensible para el ciudadano medio. Eso es lo que suelen percibir aquellos que aún no han entrado a leer ciencia ficción: algo complicado, como complicado es una ingeniería. Máquinas, tecnología y mundos abocados a la destrucción, todo intrincado con texto en clave científica.

La muerte de la ciencia ficción

   Eso es lo que se ve desde fuera, y me reconozco culpable de esa barrera de acceso a la ficción científica que los escritores hemos provocado. Textos difíciles con necesidad de abstracción. Explicaciones nulas o presupuestas. Necesidad de una segunda leída para exprimir el texto (muy culpable de esto último).

   Y, sin embargo, observo cada vez con mayor frecuencia cómo hay un giro en el foco de los textos del género. Especialmente por los autores jóvenes. Así, un descubrimiento científico no es estudiado como tal, sino como la repercusión resultante del mismo en la sociedad humana. ¿Vienen los extraterrestres? Ya, ya, está visto. Pero, ¿qué piensa de su futuro el joven de 25 años que los ve llegar?

   Aunque el trasfondo de las historias permanece cimentado en los pilares que hicieron nacer y crecer la ciencia ficción, los textos se orientan ahora hacia las reacciones humanas. Hacia su filosofía y hacia su literatura.

   Así, los autores generan universos en los que los cambios que plantean con el nuestro les obligan a definir una sociedad, un pensamiento, una ética. Dibujar una nueva moralidad y comportamiento humanos. ¿Cómo es la literatura de un universo en el que nadie muere? ¿Pasaríamos todos irremediablemente por una etapa de escritor?

   ¿Cómo afectaría a la ética un mundo construido por sensores de todo tipo? ¿Qué ocurre si se lleva la cuenta de cada átomo del planeta? ¿Cómo afecta a la mente humana el saber que uno puede haber sido una copia de alguien que existió? ¿Qué ocurre en una sociedad cuando se descubre que los votos de un partido han sido manipulados mediante cibernética?

   En otras palabras, veo que la ciencia ficción viaja a resolver la pregunta ¿Cómo podría ser el futuro si…?

   Y yo tengo varios ¿y sí…?

La muerte de los jeroglíficos

   Retrocedamos si me permite el lector a hace unos 5.000 años, en el ahora conocido como Egipto. Aún quedan más de dos milenios para que a nadie se le ocurra levantar las pirámides, y el Nilo es un lugar fértil de pueblos tranquilamente en guerra. Por unas o por otras, esa línea del mundo ha sido siembre tremendamente divertida.

la muerte de los jeroglíficos

   Dios, con mayúscula, aún no ha sido inventado tal y como las religiones monoteístas lo conocen, y una decena de dioses menores pululan por el desierto en lo que será Ra. Seis mil kilómetros al norte, Noruega está creando a Odín con bardos. En Asia, Buda aún no ha nacido. Pero las palabras ya nos acompañan, llevan tiempo haciéndolo.

   Las palabas están con nosotros, de una u otra forma, desde que empezamos a gruñir en las cavernas y a marcar las rocas con toscos glifos que hicimos evolucionar con el tiempo. Las palabras se volvieron más precisas, al igual que los tonos de voz que las empuñaban, y se extendieron por el mundo como la pólvora, llevándonos hasta donde estamos.

   Y allí donde caían, eran representadas de diferente forma. A veces, en menos de cien años, cambiaban lo suficiente como para que no hubiese sido posible el entendimiento entre la primera generación y la última. Adaptábamos los glifos, ahora jeroglíficos en la roca, a la flexibilidad de nuestras lenguas.

   Tiempo después de que Ra tomase la forma de un jeroglífico junto al Nilo, en los fiordos se daba forma a un nuevo panteón escrito en runas. Con cada nuevo modo de escritura, se desechaba el anterior como los hijos desechaban las creencias de los padres. Hoy día nadie usa runas, jeroglíficos, glifos o gruñidos. Ahora tenemos las eternas palabras.

   Porque las palabras son eternas, ¿no?

La muerte de las palabras

   No, me temo. Y sonrío por el mismo hecho que me entristece: porque estamos en un punto de inflexión en el que la ciencia ficción ha dejado de conformar una nebulosa alrededor de la tecnología, y esta casi avanza a la par de los conceptos más descabellados.

   El gruñido que escuchamos suave en nuestras bocas pronto será descartado por nuestros nietos, quienes no concebirán algo tan rudo como un sistema útil para comunicarse. Demasiado limitado, demasiado impreciso, runas de tinta sobre árboles muertos a lo largo de milenios. Desechable.

   Hace tiempo me dio por pensar en entornos de simulación, y esto dio lugar a la antología Simulados, cuando los programas tengan derechos. Y me ha dado de nuevo por pensar en una idea que, por descontado, no es mía: las palabras pronto dejarán de ser útiles.

la muerte de las palabras -2

   Una vez que podamos intercambiar pensamientos, ¿quién abrirá el teléfono para enviar un mensaje escrito? ¿Quién abrirá un libro pudiendo comprenderlo casi al instante? ¿Para qué ver una película con un obsoleto audio en palabras?

   No, pero eso no puede ser, pensarán muchos lectores, como yo enamorados de la palabra escrita. Y supongo que lo mismo pensaron los enamorados del cinematógrafo, de las tarjetas perforadas, de los glifos en las paredes. Todos, en su tiempo, debieron mirar a las ideas futuras y sonreírles con burla: No, eso no funcionará.

   Y, sin embargo, la idea no es nueva. Me atrevo a decir que transmitir información sin palabras es algo del pasado, porque ya existe. Desde 2004, Neil Harbisson dispone de una antena osteoimplantada que le permite recibir las llamadas telefónicas directamente en el cerebro. Sin vibraciones de sonido en la atmósfera. Sin letras serigrafiadas en libros.

   Oír, con la mente, la información transcrita otras personas. Y si bien es cierto que hasta la fecha no existe una tecnología de envío de esas señales sin palabras, sí que se ha conseguido recibir una transcripción de datos que nada tienen que ver con las mismas. Ceros y unos bailando en el cerebro. Difíciles de interpretar en los primeros meses, imposible vivir sin ellos durante el resto de una vida.

   Las palabras serán a la información lo que las antiguas cartas manuscritas en papel a la comunicación efectiva: un modo maravillosamente retro de contemplar el mundo. En una época postverbal, cuando las palabras no hagan falta, ¿quién se acordará de ellas?

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