Mecanoscrito del segundo origen de Manuel de Pedrolo

Mecanoscrito del segundo origen de Manuel de Pedrolo

   La ficción post apocalíptica está más de moda que nunca, como consecuencia quizá de la incertidumbre de los tiempos que vivimos. Nada nuevo bajo el sol, sin embargo. El invento tiene ya sus buenas décadas. Sin ir más lejos, en 1974 Manuel de Pedrolo publica Mecanoscrito del segundo origen, una novela de ciencia ficción en la que, tras un ataque extraterrestre que extermina a casi la totalidad de los mamíferos, dos niños que viven en un pueblecito catalán, Alba de 14 años y Dídac de 9, tienen que sobrevivir en un nuevo mundo devastado. No, Manuel de Pedrolo no fue precisamente original ni mucho menos. El tema de la invasión extraterrestre que destruye a la raza humana se remonta, al menos, a 1898, cuando H.G. Wells escribe La guerra de los mundos, pero hay que admitir que en el Mecanoscrito del segundo origen se han reunido una serie de circunstancias que han hecho que el libro sea más singular.

   En el panorama hispánico el escenario post apocalíptico estaba menos explotado para la década de los setenta, y mucho menos en literatura catalana, idioma en el que originariamente se escribió la novela. Teniendo en cuenta la proyección que consiguió Pedrolo con este libro, traducido a más de una veintena de idiomas, algo que no repetiría con ninguna de sus otras obras, esto explica que se haya potenciado su lectura ‒sobre todo en institutos‒ y que se haya tratado de convertir en una de las novelas más representativas de la literatura catalana. Sucede además que la novela es única en la producción de Pedrolo, que tiende más a un fuerte realismo que a la ciencia ficción.

   Con todo, y admitiendo que para haber sido escrita en el contexto histórico en que se hizo presenta detalles muy originales, hay que decir que en la novela se presentan una gran cantidad de situaciones inverosímiles, empezando por la escasa emoción que transmiten los personajes ante un desastre de tal magnitud que ha supuesto que fin de la humanidad. El lector sí percibe ese sobrecogimiento, sí es capaz de captar la devastación humana, pero se consigue no a través de los personajes sino mediante la acumulación de descripciones que muestran un mundo desolado. No es que los personajes no sientan tristeza en ningún momento; la emotividad se busca en determinadas escenas, pero la falta de reacciones desgarradoras es poco creíble. No existe ni un ápice de añoranza del mundo perdido, solo hay una mirada proyectada hacia el futuro. Los dos personajes pecan de frialdad: Alba es demasiado pragmática y a sus 14 años es totalmente consciente de que su cometido es reconstruir la humanidad; Dídac, en cambio, es demasiado pequeño e inocente para llegar a comprender del todo qué es lo que ha ocurrido. Alba no solo carece de cualquier atisbo de inocencia sino que tiene unos conocimientos y una capacidad para evaluar las situaciones y planificar soluciones que ya querrían para sí cualquier personaje adulto en un entorno de supervivencia.

   Pedrolo ha querido acentuar de forma explícita el carácter simbólico del libro, algo que vemos en el nombre de los personajes. Alba representa el nuevo amanecer de la humanidad, mientras que Dídac es el aprendizaje, el ansia de conocimiento constante. Si hay algo que hacen de forma incansable los personajes en todos los tiempos muertos es aprender todo aquello que pueda ser de utilidad para sobrevivir, desde medicina hasta electricidad o mecánica, pasando por las técnicas para cultivar. La oposición entre la muerte y la vida, entre la destrucción y la construcción, está muy marcada a lo largo de toda la novela. Si bien en un primer momento se trata de sobrevivir, pronto los personajes pasarán a reconstruir. También hay simbolismo muy evidente en el nombre del hijo de los protagonistas, Mar. De estos nuevos Adán y Eva solo puede nacer un niño llamado Mar, porque del mar proviene toda la vida.

   Uno de los aspectos más destacados del libro es su defensa de la cultura y del arte como patrimonio de la humanidad, y de la transmisión del saber a través de los libros. Alba, consciente de ser la iniciadora de un nuevo mundo, no quiere hacerlo desde cero sino que trata de que exista una continuidad. De este modo, los dos niños se convierten en celosos guardianes de todo el antiguo conocimiento, una tarea que está condenada de antemano al fracaso porque dos personas solas no pueden abarcar ni una mínima parte del conocimiento que el hombre ha generado a lo largo de la historia. Sin embargo, da pie a interesantes reflexiones sobre el papel de los libros y del arte y a entrañables situaciones como el atesoramiento de la primera biblioteca del nuevo mundo. Alba, que sabe que todo va a comenzar de nuevo, es consciente de que tendrá que documentarlo para que futuras generaciones conozcan cómo empezó todo.

   Una curiosa técnica narrativa usada por Pedrolo es la del manuscrito encontrado, puesta de manifiesto en el apéndice de la novela. Miles de años después de lo ocurrido con Alba y Dídac la propia historia se presenta como un documento con posibilidades de ser seal, sobre el que se cuestiona su propia veracidad. Así consigue el autor dotar a su libro de una dimensión mítica, que casi convierte en libro en un texto sagrado.

   Volviendo de nuevo a los fallos del libro, el estilo deja que desear en algunos aspectos. La acción comienza con rapidez, casi con brusquedad se podría decir, lo cual es de agradecer, y la trama se va narrando en pequeños fragmentos, relativamente independientes, lo que hace que la lectura avance con rapidez. El lenguaje se ha intentado hacer infantil, con un vocabulario sencillo y un abuso del comienzo con la conjunción y, sin duda para reforzar la idea de que la historia ha sido escrita por un niño, algo que choca con el uso de determinadas técnicas narrativas más elaboradas, lo que crea incoherencias. El uso de la tercera persona omnisciente en el narrador ya es un desacierto, si es que en el apéndice se nos quiere hacer creer que el texto fue escrito en su día por los personajes. Está claro que se pretendía hacer algún tipo de juego narrativo, pero parece que Pedrolo no tenía del todo claro hacia dónde quería ir.

   A pesar de todo, Mecanoscrito del segundo origen es una lectura fundamental para todo amante de la ciencia ficción y de las historias desarrolladas en mundos post apocalípticos. Es cierto que es una obra irregular, que tiene abudantes incoherencias, pero también son numerosos sus aciertos. Tradicionalmente el libro se ha considerado literatura juvenil. El hecho de que los protagonistas sean niños y de que la trama nos muestre su proceso de maduración ha pesado mucho en la consideración de la edad de los lectores a quienes va dirigida la novela. Pero esa no era la intención original de Pedrolo y, de hecho, el libro puede ser leído tanto por jóvenes como por adultos. Quizá los lectores más exigentes del género se sientan un tanto decepcionados, pero es un libro que hay que leer, porque al fin y al cabo es un hito.

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