Un día sin Teresa de Ricardo G. Manrique

Un día sin Teresa de Ricardo G. Manrique

   Son muchos los escritores que han contribuido de forma decisiva a crear el mito de Nueva York en el imaginario colectivo. Existen centenares de libros ambientados en «la ciudad que nunca duerme» y que dan como resultado una imagen poliédrica y heterogénea de la Gran Manzana. Desde novelas clásicas como El gran Gatsby, Manhattan Transfer o El guardián entre el centeno hasta otras más actuales como La hoguera de las vanidades, Trilogía de Nueva York o American psycho. Ahora Piel de Zapa publica un nuevo capítulo en la historia literaria de la metrópoli por excelencia con Un día sin teresa, debut novelístico de Ricardo G. Manrique.

   Aunque, la verdad sea dicha, Nueva York es en muchos momentos de la novela un pretexto para ambientar los intrincados itinerarios hasta lo más profundo del narrador protagonista, del que paradógicamente sabemos casi todo salvo su nombre. En varias ocasiones él mismo hace referencia a ese permanente estado de introspección y de ensoñación que parece aislarle del mundo exterior. En su Ulises James Joyce consigue desarrollar un período de 18 horas, poco menos de un día en la vida de Leopold Bloom y de Stephen Dedalus, a lo largo de unas 700 páginas. No es que G. Manrique desarrolle técnicas como las del monólogo interior o el libre fluir de la conciencia, pero el resultado de dilatar un breve espacio de tiempo a lo largo de cientos de páginas a través de la introspección, eliminando casi la totalidad de la acción, llevar a pensar en maestros del nuevo paradigma narrativo de principios del siglo XX como Joyce, Virginia Woolf o William Faulkner. El resultado es una novela que no se entrega al lector con mansedumbre.

   El argumento puede resumirse en unas pocas palabras sin que ello desluzca para nada su lectura. En vísperas del verano de 1994, el innombrable protagonista se encuentra disfrutando de una beca en Nueva York, mientras su novia, Teresa, se encuentra en París. Como en el famoso poema de John Donne «A Valediction: Forbidding Mourning», donde los amantes se separan, uno comprende que a pesar de la distancia que los separan nunca dejarán de estar juntos, como piezas de un mismo compás. Sin embargo, entre paseo y paseo por Manhattan, el narrador conoce a Irene y en su interior se activan resortes que pueden cambiarlo todo.

   Decir esto no es decir demasiado, porque esta circunstancia es solo el punto de inicio, casi una excusa para desarrollar toda la trayectoria sentimental del protagonista hasta la fecha. A lo largo de cientos de páginas hace un repaso y recuento de las mujeres que se han cruzado por su vida, de las ocasionales y casi desconocidas y de las que tienen nombre propio, de las que han formado una parte importante de su historia. Nathalie, Itziar, Teresa e Irene, cada una de ellas representa una etapa vital, un modo de entender el mundo. La libertad absoluta, el caos, la serenidad, lo inesperado. El amor, el sentimiento humano por excelencia, es el verdadero protagonista de la novela. Un amor arrebatadoramente pasional, casi adolescente podría decirse. «No hay otra Teresa, lo sé, porque Teresa es Dios y Dios es único, pero no verla y no tenerla es también la ruina, el frío y la oscuridad», dice el personaje en un fragmento en el que resuena el Calisto celestinesco. Y más adelante añade: «Tenía que ser ella y pensar en que podría no haber aparecido es lo mismo que pensar que el mundo pudo no haber existido».

   Con todo, la introspección da para mucho más que para limitarse a hablar de amor. Por Un día sin Teresa desfilan recuerdos de lo más variopintos: del atentado del World Trade Center, de festivales de la década de los ochenta y de música de los noventa ‒de hecho, existe una lista de reproducción‒, de objetos insignificantes como un zippo, de literatura o de, cómo no, Nueva York. «Es lo que más me sorprendió de esa ciudad, lo generosa que es para con el paseante, lo diversa, lo cambiante, lo asequible», dice sobre la Gran Manzana. Así mismo, una simple visita a Tiffany´s le sirve para desarrollar toda una teoría sobre la existencia de la democracia en Estados Unidos. La falta de acción y la tendencia a la introspección hacen que esta novela tienda en muchos momentos a lo filosófico ‒no es vano su autor es filósofo‒. «Con sus personajes y con sus historias, la Historia con mayúscula adquiere todo su brillo y su atractivo, y así se desvela su sentido», declara el narrador, al tiempo que se pregunta si las personas importantes de su vida son intercambiables o si alteraron su vida de un modo significativo y único, si su vida hubiera sido distinta de no haberlos conocido.

   Un día sin Teresa, repito, es una lectura ardua. Basta con hojear un poco el libro. La escritura, abigarrada y compacta, carece de diálogos y casi de párrafos. También se percibe al leer cualquiera de sus páginas al azar. El argumento se diversifica en infinidad de reminiscencias formando una especie de red de vasos capilares que, sin embargo, nunca pierden de vista la trama exterior, la que vive el protagonista en Nueva York con Irene. Una novela que abre un paréntesis en la acción y dedica una decena de páginas a hablar de un mechero zippo para después volver al punto de partida tiene que ser difícil a la fuerza. No es que llegue a la categoría de un ochomil ‒como sí podría serlo, por ejemplo, el Ulises de Joyce‒, pero en cualquier caso al terminarla uno siente la satisfacción de haber conquistado un pico inexpugnable.

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