Suena el despertador, y abre unos ojos hinchados y enrojecidos. Otra noche que no ha descansado. Otro día que se levanta cargado con el peso del mundo sobre sus hombros. Hombros aplastados a raíz del esfuerzo que supone llevarlos a cuestas cada día. Mira el reloj. No debería haberse concedido esos últimos minutos, ahora ya llega tarde.

   Consigue arrastrarse fuera de una cama sin luz que trata de retenerle dentro, y avanza con los pies entumecidos hasta la cocina en penumbra. Coloca la cafetera sobre el fuego de manera instintiva y lo enciende al máximo. Hace lo propio con las tostadas, y sale en busca del baño. Llega tarde, de modo que hoy no habrá ducha.

   Ayer tampoco, piensa mientras enciende la bombilla que sigue colgada de los dos cables. Aún no ha tenido tiempo de arreglarla. Quizá este fin de semana.

   Se echa agua en la cara y se observa. ¿Es ese el aspecto que presenta una vez sale de casa? ¿De verdad le ve así la gente que le mira? Menuda tragedia, suspira. ¿En qué momento surgieron todas esas bolsas bajo los ojos y la barba se convirtió en un borrón informe? ¿Hace cuánto tiempo que no me lavo los dientes?

el peso del mundo

   Interrumpe el pensamiento el vapor saliendo a presión de la cafetera, y aprovecha para mirar la hora. Va tarde, lo sabe. Retira la cafetera del fuego justo cuando una mancha de café aguado cae sobre la mancha del día anterior, y del otro. La mancha que ha cogido relieve y cruje cuando mueve la cafetera al rojo sobre ella, soltando un aroma inconfundible.

   Busca una taza en el fregadero y la limpia con un estropajo no menos sucio que los posos que quedaron del último café. Tengo que limpiar, piensa, plenamente consciente de que hoy llegará a casa agotado de nuevo, y de que se acostará sin hacer nada.

   Se gira y unta mecánicamente las tostadas con mermelada. Hace una semana que no tiene mantequilla, pero no ha tenido ocasión para bajar a la compra. La mermelada está oscura en la penumbra de una cocina que se alimenta de la luz que viene de fuera. No quiere encender la lámpara que pende sobre su cabeza porque no quiere ver el desastre en el que vive.

   Demasiado doloroso, otro nuevo peso sobre sus hombros. No, es mejor en penumbra, medita mientras sirve el café en la taza aclarada. Sin leche y sin azúcar, café con agua. Qué asco.

   Termina de comer y vuelve a mirar la hora. Con las prisas ha ganado un minuto, no los tres que los dentistas aconsejan para la higiene bucal. Se echa el cepillo al maletín y se miente: En cuanto llegue a la oficina. Luego se viste con los pantalones de toda la semana y huele la camisa de ayer. Tendrá que bastar, es la más limpia. Se la pone no sin cierto reparo, pensando en que en unos minutos desaparecerá la sensación de suciedad. Es cuestión de acostumbrarse.

   Se calza los zapatos y la chaqueta. Coge el maletín y avanza al baño. Lo deja en el suelo. Ahora toca el ritual de cada mañana. Llaves, teléfono móvil, cartera. Sí, está todo. Se mira en el espejo y se pregunta cuándo empezó a desaparecer el pelo de su cabeza, y de dónde vienen esas manchas que le cambian el tono de la piel por fragmentos. Apaga la luz, vuelve a coger el maletín y sale de casa.

   En la calle hay poca claridad, pero basta esta para molestar sus dañados ojos. Durante unos minutos los cierra cada pocos metros, hasta que se acostumbran. Los nota rojos y cansados.

   Avanza hacia el metro con los hombros caídos, soportando sobre ellos el peso del mundo. Baja al andén y espera pacientemente. Ya no mira el reloj. ¿Para qué? Ya no depende de él, si ahora llega tarde es por el transporte público. Ya no hay nada que pueda hacer.

   El vagón frena frente a él y se abren las puertas. Nadie baja. Nadie baja nunca aquí. En lugar de eso, varias personas le empujan para subir mientras él camina despacio hacia el vagón, reticente a encerrarse en el cilindro de metal. La gente tiene prisa por llegar al lugar donde trabaja, les guste o no ese lugar. Y no suele gustarles.

   La gente está mal de la puta cabeza. Trata de cerrar los ojos mientras se apoya en una pared, pero no descansa. Demasiado ruido. Los abre ocasionalmente, y de vez en cuando cree verse aquí o allá a lo largo del vagón.

   Encorvado, con poco pelo. Ropa no todo lo limpia que debería y un cuidado que levanta dudas. De vez en cuando esa sombra que en su momento fue otro hombre le mira con pena, reconociéndose a sí mismo, y cambia de postura para evitar ver el deterioro en que consiste su vida.

   Duele demasiado ver a otro como él, y hace lo propio. Mira al suelo, finge buscarse algo en los bolsillos o consulta la hora. Lo que sea para no contemplarse a sí mismo. Duele demasiado.

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