El Tapiz Invisible de Juan Antonio Fernández Madrigal

El Tapiz Invisible de Juan Antonio Fernández Madrigal

   Si la literatura permite a los escritores crear mundos maravillosos a través de las palabras, los autores de fantasía y ciencia ficción son los arquitectos de la ficción por excelencia, sobre todo si son capaces de levantar casi de la nada universos fantásticos, solventes y lógicos. No es por desmerecer el trabajo de autores como Balzac o Galdós, pero la realidad cotidiana les dio gran parte de la materia prima. Es lo que tiene reproducir ‒y a veces superar‒ la realidad: no tienen que inventar leyes para sus mundos. Frente a ellos, el autor de fantasía y ciencia ficción tiene que crear su propio mundo, su organización social, su cultura, su historia o su ciencia, sin dar de él más información de la necesaria, sin que sea más importante que la propia historia y sin caer en clichés. Dicho esto, y repito que sin menoscabo para Balzac ni Galdós, creo que Juan Antonio Fernández Madrigal lo ha conseguido en El Tapiz Invisible, novela que se publica en una magnífica edición de esas a las que nos tiene acostumbrados Ediciones El Transbordador.

   Si pienso en los grandes escritores de mundos complejos, en J.R.R. Tolkien, en C.S. Lewis, en J.K. Rowling o en George R.R. Martin, solo por mencionar algunos de los más conocidos, sus universos se desarrollan en sagas que se extienden a lo largo de cientos de páginas, por no decir miles, lo que les da la posibilidad de ir perfilando poco a poco hasta el más mínimo detalle ‒con el peligro que eso tiene para la coherencia narrativa‒. El Tapiz Invisible, en cambio, apenas llega a las 400 páginas, y eso se traduce en una condensación y una complejidad que en algunos momentos puede llegar a abrumar al lector. Se intuye una novela desarrollada en capas, como si fuera una cebolla, llena de interpretaciones, simbologías, dobles lecturas y una profundidad que muchas veces parece contener mucho más de lo que se lee. Es verdad que este título forma parte de una historia mucho más larga, Umma, pero se puede leer como relato independiente sin necesidad de conocer los antecedentes.

   Al principio hablaba de escritores de fantasía y de ciencia ficción como si fueran una misma cosa y estoy seguro de que más de un purista habrá sentido ganas de echarme las manos al cuello por insinuar semejante blasfemia. Pero es que la novela de Madrigal no se deja encajonar bien en uno u otro género. A pesar de que el autor es ingeniero informático, El Tapiz Invisible tiene más de fantasía que de ciencia ficción, muy en la línea de Ursula K. Le Guin. En las dos citas que abren la novela se dice que «cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia» y que «es invisible». Eso es lo que ocurre con la ciencia que aparece en la historia, que en manos de seres que no la comprenden adquiere tintes mágicos, se sitúa en un territorio que limita con la religión y los ritos ancestrales.

   El Tapiz Invisible es una narración coral, en la que se van alternando las voces de distintos personajes que comparten protagonismo, aunque casi podría decirse que hay dos de ellos que están por encima del resto, divididos en dos mundos completamente antagónicos. Por una parte encontramos un pueblo nómada, que vive en el desierto, que cada cierto tiempo se ven obligados a trasladarse por una mezcla de ritual y de necesidades básicas ‒ocurre cuando el agua empieza a escasear‒; por otra, hay una sociedad jerárquica y casi feudal dividida en dos castas, los uremos y los altenos, cuya diferencia se fundamenta en el collar que llevan, un ejemplo de esa tecnología mágica que permite a los primeros leer los pensamientos de los segundos y, por tanto, mantenerlos como esclavos. Los altenos no son, con todo, los únicos seres que viven en esa situación de servidumbre: cualquiera que se salga de los estrictos cánones jerárquicos de los dirigentes uremos están condenados a la sumisión.

   El contraste entre ambas sociedades no es casual: en la sociedad de los Hijos del Desierto, a pesar de regirse por ancestrales ritos, prevalece la libertad, la amplitud, como abierto es el páramo en el que habitan; en el mundo semifeudal, en cambio, se impone la cerrazón y la opresión, no solo del rígido sistema de castas, sino de la estructura natural misma, encerrados en sus ciudades, casi aisladas unas de otras por la venenosa hiema, y permanentemente controlados, en una especie de 1984 telepático. «Para cualquier alteno, la ciudad era su prisión. No, para un alteno, el mundo era la prisión», se dice en algún momento. Una mezcla que dará como resultado un universo que recuerda al Dune de Frank Herbert.

   En este contexto hay que introducir la historia de sus dos grandes protagonistas, dos jóvenes que tendrán que emprender un viaje épico en direcciones opuestas y que responde al esquema universal del viaje del héroe para, tras pasar por una serie de pruebas con alguna ayuda de por medio, madurar y volver al lugar de origen transformados en nuevos seres. Con la diferencia de que existe una especie de predestinación que dar pie a una interesante reflexión acerca del libre albedrío y de que al terminar su viaje ambos, y prácticamente todos los que les rodean, tendrán que enfrentarse a lo que eran antes, conscientes de que ya han dejado de serlo. Una aventura en la que estarán acompañados por distintos animales, que actúan a la manera de guías espirituales, en una especie de reminiscencia totémica.

   La estructura de la novela es uno de sus puntos más originales. En lugar de capítulos, la historia se divide en momentos claves del proceso de tejido de un tapiz, y dentro de estas grandes partes se van sucediendo pequeños fragmentos en los que se alternan distintos acontecimientos y personajes. La edición, fantástica como decía al comienzo, es también un aspecto muy positivo en el libro. Como en muchas de las novelas donde se crean mundos, en las primeras páginas hay un mapa que sirve para situarnos espacialmente, pero no es el típico mapa que podemos encontrar en este tipo de historias. Cada ciudad, además, se representa con un símbolo que más adelante nos iremos encontrando al principio de cada uno de sus apartados. La ilustración de la cubierta y de la contracubierta, son un complemento perfecto para la trama.

   «No es necesario saber tejer para leer este libro», concluye Gabriella Campbell en el prólogo. Pero yo diría que más que tejer hay que destejer el libro. Si cualquier novela está compuesta por una trama, entonces hay que reconocer que todo novelista tiene algo de tejedor, y que cualquier lector tiene que desenredar la urdimbre de palabras y significados que componen una historia. Incluso en historias como estas, en las que el tapiz es invisible.

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