20 buenísimas razones para dejar de leer de Pierre Menard

20 buenísimas razones para dejar de leer de Pierre Ménard

   En La piedra de Sísifo hemos escrito infinidad de artículos para fomentar la lectura. De hecho, podría decirse que ese es uno de los propósitos de este medio. ¿Cómo es posible que hoy reseñe e invite a leer un libro que afirma ofrecer 20 razones, no ya buenas sino buenísimas, para dejar de leer? La idea de un libro en contra de los libros no deja de tener su gracia. Es como manifestarse para que prohíban las manifestaciones. No es, sin embargo, ninguna novedad. El 24 de marzo de 1564 el papa Pío IV promulgó a través del Concilio de Trento el Index librorum prohibitorum, que no es otra cosa sino un libro con una lista de libros prohibidos. Un libro al que por cierto le falta el humor que las 20 buenísimas razones derrocha en cada una de sus páginas.

   ¿Cómo, entonces, llego a un libro donde se justifica la no lectura? Lo cierto es que no sé si lo más atractivo de 20 buenísimas razones para dejar de leer es su título, directo al grano, las ilustraciones de Ana Flecha Marco para la edición de Los Libros del Lince o el nombre del autor, Pierre Ménard, que lejos de ser el trágico personaje borgiano que intenta reescribir el Quijote exactamente con las mismas palabras, es un joven de 24 años que compagina su dedicación a la economía con su pasión por la literatura. Sí, aquel que promete una veintena de buenas razones para dejar de leer es un lector irremediable. El autor, que confiesa leer varias horas al día, dice haber escrito este libro para liberarse «de la esclavitud que supone la lectura e impedir que otros caigan en ella». Como el bueno del Capitán Beatty en Fahrenheit 451, Ménard sabe que para poder atacar con efectividad al enemigo, los libros, hay que conocerlos e incluso amarlos profundamente. Una vez más, la ironía al acecho. Tal vez haya sido el cúmulo de todas estas circunstancias las que me han llevado de forma irremediable a leer el libro. Y, dicho sea de paso, a disfrutarlo.

   Por si acaso voy avisando desde ya que, teniendo en cuenta que es probable que cuantos se acerquen a este panfleto sean lectores contumaces, no existe garantía de que el libro cumpla con las expectativas que genera su título. Es más, ni siquiera el título es del todo correcto, ya que Ménard no ofrece veinte sino veintiséis razones, pero ha preferido redondear el número en el título, tal vez porque haya seis razones que no sean tan buenísimas, o porque de alguna manera se intenta apelar al valor mágico del veinte, número redondo.

   Cada una de esas veintiséis razones son píldoras de no más de tres o cuatro páginas en las que, además de los supuestos perjuicios de la lectura, Ménard va engarzando anécdotas y curiosidades referentes a libros, lectores y escritores. Entre las muchas razones que forman este revoltijo de libro se incluye que la lectura te hace feo, perezoso, snob o pedante, te vuelve loco, te hace estar triste, perjudica tu salud, te hace sentir elitista, te quita horas de sueño, te aísla del mundo, te mata, destruye el medio ambiente o directamente no sirve para nada. Como argumento estrella, «leer es cosa de mujeres». Sí que es verdad que en muchas ocasiones tiende a usar generalizaciones, dando por hecho que los escritores representan a la totalidad de los lectores, o argumentos a los que es fácil darles la vuelta, como decir que los lectores son reaccionarios porque prefieren el pasado, olvidando que en los lectores de ciencia ficción es precisamente al contrario. Pero este librito no pretende ser ni mucho menos un defensa sólida y pormenorizada de la no lectura sino más bien, y eso lo sospechamos antes incluso de empezar a leerlo, lo contrario.

   La ironía de Ménard permite, además, desmitificar la lectura, que es una actividad a la que falta le hace. Leer puede y debe ser también sinónimo de divertirse, pero para que eso sea así es necesario bajar a la literatura del pedestal en el que la han colocado críticos, historiadores y lectores eruditos en general. No sé si será por llevar la contraria, pero la sensación que se tiene al terminar 20 buenísimas razones para dejar de leer es la de tener más ganas de leer que nunca. Ya podrían haber escrito el Index con una pizquita del humor de Ménard.

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