Goethe en Dachau de Nico Rost

Goethe en Dachau de Nico Rost

   El psiquiatra judío Viktor Frankl, que pasó por campos de concentración nazi, por Auschwitz, por Theresienstadt o por Dachau, entre otros, escribió en 1945 un libro titulado El hombre en busca del sentido, en el que describe la vida del prisionero de un campo de concentración desde el punto de vista de un psiquiatra. La conclusión a la que llega es que el hombre, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, puede encontrar una razón para vivir.Frankl, que sobrevivió al exterminio nazi, perdió en los campos de concentración a sus padres y a su esposa. Pero cuando parece que se le ha arrebatado todo al ser humano, afirma Frankl que hay una cosa que permanece intacta: su libertad interior, y por tanto, su dignidad.

   Eso es precisamente lo que vemos en los diarios que el periodista y traductor holandés Nico Rost escribió entre el 10 de junio de 1944 y el 30 de abril de 1945, durante su confinamiento en Dachau. Rost entró en Dachau con un absceso en la pierna, lo que hizo que fuera ingresado directamente en la enfermería, donde pudo quedarse a trabajar evitando así algunos de los trabajos más duros o extenuantes del campo. Eso no significa, sin embargo, que el intelectual no estuviera, como el resto de presos, condenado a la miseria, a la barbarie y a la incertidumbre de sobrevivir un día más.

   Lo que Theodor Adorno quería decir cuando escribió su conocido adagio de que «escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie» no es que no se pueda escribir poesía después de Auschwitz, sino que a partir de la brecha abierta por ese cataclismo no se debería escribir poesía de la misma manera, olvidando Auschwitz, como tampoco se puede reír o vivir de la misma forma. Primo Levi, judío y superviviente de la barbarie nazi, también reflexionó sobre esa idea, demostrando que no solo era posible escribir poesía tras Auschwitz sino incluso necesario. Pero esta cuestión se puede llevar incluso más lejos: ¿hasta qué punto se puede escribir ‒o leer‒ poesía, resguardarse en la cultura, disfrutar del arte, no ya después de Auschwitz sino en el propio Auschwitz, cuando la barbarie se está viviendo en carne propia? ¿Es posible para un intelectual sobrevivir en un campo de concentración estando sometido a maltratos, vejaciones y enfermedades?

   Esa es la grandeza del testimonio que Rost dejó en forma de diarios. Mientras se encontraba en Dachau no dejó de leer, muchas veces en medio de los bombardeos, a Goethe, a Schiller, a Herder, a Hölderlin, a Schopenhauer, a los hermanos von Schlegel, a Rousseau, a Racine, y prácticamente a todo cuanto cayó en sus manos, incluso aunque no le interesara de entrada; no dejó de mantener discusiones y reflexiones filosóficas, literarias o políticas con todo aquel que se cruzara por su camino; no dejó vencerse por la barbarie moral que le rodeaba ni dejó de creer en sus convicciones; no perdió un ápice de la generosidad sin límites hacia sus compañeros ni se dejó conquistar por prejuicios hacia los alemanes. Rost hizo uso de esa libertad interior de la que habló Frankl y no solo convirtió la cultura en uno de los pilares de su existencia sino que la transformó en su tabla de salvamento.

   En el prólogo de la edición de Contraescritura Marta Martínez rescata una cita de Ernst Wiechert de El bosque de los muertos: «Podrán condenarme a trabajos forzados cincuenta años si quieren, pero las cosas buenas sobrevivirán mientras yo o algún otro recuerde y cite un verso de Goethe». Rost, que no pudo haber conocido la cita de Wiechert antes de escribir su diario, afirma que Goethe le ayuda a mantener la esperanza y que por eso le está agradecido. La traumática experiencia le sirve para acercarse a la literatura con otros ojos. «Creo que fue necesario que yo entrara en Dachau para llegar a apreciar esta descripción», dice refiriéndose a uno de los pasajes de Goethe. Más adelante declara que la literatura es su estrategia para sobrevivir al holocausto: «Quien habla del hambre, acaba teniendo mucha hambre. Y los que hablan, más que de otro tema, de la muerte, son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones».

   Es estremecedor como a medida que van avanzando los meses y el final de la guerra se acerca y la atrocidad se agudiza, con cientos de muertos diarios, Rost busca cada vez más el consuelo en la literatura: «Lo que quiero es imponerme disciplina, que mis pensamientos lo controlen, que sean dueños por encima de toda la materia que hay en este lugar, es decir, la materia de las SS, una corteza de pan, la sopa aguada, los piojos y las pulgas…». Su testimonio eleva al género humano, dándote otro significado a las palabras de Adorno.

   El neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik, procedente de una familia de rusos judíos, también logró sobrevivir al Holocausto, aunque su familia fue exterminada. Consiguió en dos ocasiones evitar ser deportado y con seis años escapó de un campo de concentración, convirtiéndose en un niño huérfano que pasó por distintas casas de acogida. Años después Cyrulnik escribió un libro titulado Los patitos feos en el que desarrolla el concepto de resiliencia, una noción acuñada por la psicóloga norteamericana Emmy Werner en la década de los 60. La resilencia, como capacidad no solo para sobreponerse a acontecimientos dolorosos o traumáticos, sino, sobre todo, la aptitud para salir fortalecido de ellos, es precisamente lo que vemos en los diarios de Rost. Y es algo que consiguió gracias a la literatura, al arte, a la filosofía o a la historia. Es uno de los ejemplos más sublimes de que la cultura nos salvará.

   Un testimonio de esta magnitud no podía permanecer inédito. Es por eso que hay que agradecerle a Contraescritura que lo haya rescatado del olvido, teniendo en cuenta además el cúmulo de dificultades que obstaculizaban su publicación ‒que la editorial donde fuera publicado en 1946 ya no exista, que sus herederos estén dispersos por distintos países o que toda la documentación estuviera cedida a la Universidad de Leiden desde 1980‒. A pesar de todo, la editorial hizo todas las gestiones necesarias y no solo convirtió los diarios de Rost en una realidad palpable sino que lo hizo en una edición exquisita, con una traducción impecable y con profusa documentación extra en forma de notas y anexos. Además, un detalle que hace todavía más interesante este proyecto es que al comprar el libro el porcentaje equivalente a los derechos de autor son donados a la Fundación Internacional de Dachau. Poco más se puede añadir a todo lo dicho.

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