No pocas veces en este blog se han mezclado, en ocasiones hasta el punto de parecer indistinguibles, literatura y tecnología. Y es que en cierta medida, la literatura es una tecnología. Una capaz de soportar el pensamiento. A medida que este se ha vuelto más accesible al mundo, la cantidad de información es tal que la literatura requiere de apoyos. Es el turno del big data, del filtrado, y de las listas.

Aunque nos parezca algo nuevo, lo cierto es que las listas de libros, escritores y literatura en general es de uso corriente desde el momento en que las grandes bibliotecas empezaron a hacer acopio de libros. Y un inventario de los que guardaban, o de los que aún no tenían. Así nacieron las primeras listas de escritores.

Listas sobre listas de escritores

Hoy día, sin embargo, ya no basta con un enorme compendio en una enorme base de datos (AUTOR / AÑO / EDITORIAL…). Vivimos en la era en la que la información es tanta que requiere un filtrado.

Siempre me pregunté qué hacía a un escritor pertenecer a aquella magnífica lista de la Generación del 27. ¿Qué pasa si alguien se dio a conocer un año antes o un año después? ¿Y qué hay con los que tenían una formación ligeramente distinta o rumbos paralelos pero no tocantes? ¿Por qué no la generación «de entre el 20 y el 30»?

Cuando era pequeño, eran este tipo de preguntas que siempre me sacaban de clase, y las que siguen haciendo que desee leer más.

Y es que todos los autores han sido catalogados con metadatos, hubiesen querido ellos o no. Los escritores azules, los rojos, los libertarios, los dictatoriales. Los que apoyan una economía u otra, y a los que eso de la economía como que les da igual. Pero no solo de ideas van las listas. También han sido catalogados por la cantidad de sus hojas, el número de libros, la densidad de sus textos, o incluso aquellos cuyas viviendas pueden ser alquiladas.

Vamos, que muchos escritores están en listas de las que en vida no podían ni imaginarse. Como aquellos escritores que tienen esculturas o cuadros póstumos, o esos cuyos nombres acompañan a una universidad o edificio. O incluso cráteres en otros planetas.

Parece ser que las listas son importantes para clasificar autores y escritos, incluso cuando un escrito no tiene autor (como los que escriben las máquinas) o los que tienen pero no se sabe quién fue. Hasta tal punto son relevantes que Umberto Eco encabeza la lista de escritores que piensan que las listas son importantes.

Últimamente vemos muchas listas orientadas al consumo de libros. Los libros más vendidos de…, los libros que más se compran en…, los autores que más venden… Incluso hay listas de listas: los autores latinoamericanos que más libros de finanzas (domésticas) venden en México, autores que se hicieron ricos tras veinte años de comerse los mocos en su casa.

Las listas nos ayudan a focalizar lo que buscamos (a veces también lo que no estamos buscando), como hacen páginas similares a GoodRead. En ellas, introduciendo los libros que hemos leído y la nota que les asignamos, aparecen nuevos títulos que podrían encajar con nuestros gustos (o no).

Yo hasta el momento no he localizado ninguno de esos libros que han hecho que me ilusione por la lectura a través de una lista, siempre ha sido vía recomendación de un librero.

Cierro, como no podía ser de otro modo, con una lista: escritores convertidos en estatuas (y sus estatuas).

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