En este blog nos hemos cuestionado a veces qué es lo que hace a un escritor ese escritor. Decir que una persona que escribe es más o menos conocida, importante o famosa por cómo escribe –a estas alturas de la vida– me parece un análisis infantil y simplista del panorama literario.

   Aún recuerdo el mosqueo que cogía cuando en clase de literatura no se hacía alusión a temas divertidos e importantes de verdad, como cuando dos escritores ahora famosos pero entonces meros chavales salieron de sus casas un día cualquiera para ir a emborracharse, se conocieron y fundaron tal o cuál sociedad.

   Por cierto, gran parte de las organizaciones que dieron lugar a “generaciones” de escritores, otros artistas y científicos empezaron de un modo muy parecido.

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   Muchos escritores son quienes son (y no quienes fueron) por amigos en común con gente importante, haber nacido en el momento preciso e incluso por el modo en que murieron, que los lanzó a la palestra. Hace poco oía en Todopoderosos que William Shakspeare (escríbase como a cada uno le dé la gana) tuvo la suerte de vivir en el Siglo del Teatro, y que de haber nacido 20 años antes o después le hubiese convertido en un don nadie. O quizá es quien es porque escribía fumado.

   El caso es que con bastante frecuencia nos preguntamos qué es lo que hace a un escritor un escritor de éxito. Y por contra de qué debemos huir al escribir. Hoy haré un repaso por las mascotas de los escritores. Fueron demasiadas, y demasiadas plumas, por lo que este no será un análisis, sino unos pocos retazos de curiosidades sesgadas.

Escritores y gatos

   Pertenecientes al club del enemigo del perro (porque para quien no lo sepa tú estás con el gato, y no al revés) están grandes escritores como André Gide, Yukio Mushima o William Burroughs. Autores que además de compartir mascota tienen en común que jamás los pronunciarás como se supone que suenan.

   En el ámbito hispanohablante, con una pronunciación más asequible a nuestras costumbres, se encuentran Borges (con un gato negro) y Cortázar (con uno atigrado), entre otros.

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   Todos estos autores americanos fueron poseedores de gatos en su momento: Bukowsky, Bradbury, Hemingway, T.S. Eliot, Twain, Truman Capote y Stephen King. A lo mejor eran la moda, o un talismán de poder. Quizá estos escritores consiguieron drenar una musa del gato, quién sabe. ¿Alguien conoce a algún escritor de éxito que tenga alergia a los gatos? Porque quizá algo así incapacite para escribir bien.

   Entre nuestros vecinos franceses encuentro que tanto Albert Camus como Perec eran poseedores de gatos oscuros.

   Dicen que las personas con gatos son más asociales, y poco me extrañaría meter a todos los escritores anteriores en una lista con ese título. Pero qué injusto que todos los que quedan en este artículo se pierdan sus propias posiciones en esa lista. Quizá los escritores fueron simplemente almas solitarias, y no hay mascota que solucione eso.

Escritores y perros

   Con los perros ocurre algo extraño. He encontrado que muchos más escritores hispanohablantes tienen perro en lugar de gato, además de muchas escritoras de todo el mundo. Quizá fuese algún tipo de tendencia: varones con el inglés como lengua, gato; mujeres de cualquier idioma y hombres hispanohablantes, perro. Habría que estudiarlo.

   Entre estos últimos encontramos grandes figuras como Galdós, Saramago, Onetti o Neruda, todos con entre uno y cuatro perros en algún momento de su vida.

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   Entre las escritoras entontamos a Sagan, Christie y Lispector, todas con perro, y a la pareja Toklas-Stein, que compartieron varios perros a lo largo de su perseguido romance.

   Tennesse Williams es uno de esos escritores (hay más, por supuesto) que escribían en inglés pero tuvieron perro. Aunque hay que admitir que Twain también tuvo alguno, incluso prefiriendo los gatos.

   Y surge una cuestión. ¿Eligieron todos estos escritores a sus mascotas o les vinieron impuestas? Quizá por parejas, amantes, familia o amigos. O quizá porque la sociedad los admitía mejor, o eran más o menos fáciles de cuidar. Quizá los gatos son la extensión natural de los escritores sin tiempo, o los perros el talismán de aquellos que sí disponen de él.

Mascotas de escritores que estaban como putas regaderas

   Dicho esto, ¿quién le dijo a Gérald de Nerval que comprase una langosta? ¿Fue fruto de su locura o el crustáceo fue el principio del fin de su mente? Imagino que por motivos similares Flannery O’Connor tuvo un pavo real y Virgilio (sí, ese Virgilio) enterró a una mosca. Si bien es cierto fue una estratagema por parte del autor para evitar perder su patrimonio.

mosca muerta

   Se sabe que Dorothy Parker tuvo dos cocodrilos (pero que le fueron regalados) que quizá influyesen en su humor negro, y que Lord Byron iba por ahí recogiendo todo lo que se encontraba, compraba o le regalaban. Entre otros, un mono, varios perros y gatos, un tejón, un águila, un halcón, una garza, una grulla, varias aves de corral de todas partes del mundo… la lista continúa, incluyendo un oso.

   Resulta evidente que historia pasada está sesgada en cuanto a datos por cuestiones de género, pero que a medida que entramos en el siglo XXI más y más mujeres completan nuestras bibliotecas acompañadas de sus mascotas, así como escritores de otras partes del mundo que poco a poco entran en este extraño juego.

   Por mi parte, espero que gracias a ello el Big Data me ayude pronto a encontrar el animal que me ayude a ser un escritor de éxito 😛

   Y tú, ¿tienes alguna anécdota de escritores y sus mascotas?

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